Grace, la madre de Mophethe, mi gran amigo en Sudáfrica, era una mujer de memoria portentosa y sopapo quirúrgico. Mophethe tenía 25 años, un medio trabajo y tres novias y, si su madre le pillaba haciéndoles la trece catorce, le seguía calzando una colleja como cuando era un crío y le dejaba temblando las orejas. La mujer siempre tenía razón porque su hijo, de memoria descalza, se hacía un lío tremendo con tanta mentirijilla para lidiar con sus queridas. Grace siempre cerraba el cachetazo con sabiduría popular africana “La mentira puede correr un año, pero la verdad para alcanzarle solo necesita un día”, decía. Y zas.
Grace, la madre de Mophethe, mi gran amigo en Sudáfrica, era una mujer de memoria portentosa y sopapo quirúrgico. Mophethe tenía 25 años, un medio trabajo y tres novias y, si su madre le pillaba haciéndoles la trece catorce, le seguía calzando una colleja como cuando era un crío y le dejaba temblando las orejas. La mujer siempre tenía razón porque su hijo, de memoria descalza, se hacía un lío tremendo con tanta mentirijilla para lidiar con sus queridas. Grace siempre cerraba el cachetazo con sabiduría popular africana “La mentira puede correr un año, pero la verdad para alcanzarle solo necesita un día”, decía. Y zas.Seguir leyendo…
Grace, la madre de Mophethe, mi gran amigo en Sudáfrica, era una mujer de memoria portentosa y sopapo quirúrgico. Mophethe tenía 25 años, un medio trabajo y tres novias y, si su madre le pillaba haciéndoles la trece catorce, le seguía calzando una colleja como cuando era un crío y le dejaba temblando las orejas. La mujer siempre tenía razón porque su hijo, de memoria descalza, se hacía un lío tremendo con tanta mentirijilla para lidiar con sus queridas. Grace siempre cerraba el cachetazo con sabiduría popular africana “La mentira puede correr un año, pero la verdad para alcanzarle solo necesita un día”, decía. Y zas.
La traducción es libre, que con tanto pescozón volando no estaba yo como para ensimismarme con exactitudes, que igual me iba a casa con el cuello caliente por ser el colega del Don Juan. Ayer el Barça envió una dura carta a quien mande para protestar por el desatino de los arbitrajes al equipo catalán que han acabado por desencajar incluso a Flick, que llegó a Barcelona siendo alemán y acabará marchándose siendo nigeriano. Esta semana, cuando Simeone corría por la banda del Metropolitano poseído, denunciando el robo del siglo mientras sus jugadores se ahorraban tarjetas, el bueno de Flick debió de alucinar al recordar como no hace tanto a él le cayeron dos partidos por un gesto fugaz, como de quien se tira sal por encima del hombro.
Gol al limbo por una línea hecha con el cartabón de la ESO y la reacción siete minutos en el cajón del frío
Desde que en Madrid riman cualquier verso con Negreira, la injusticia arbitral se vive en Can Barça con resignación rabiosa. Todos los culés sabemos que hay poco que hacer contra el relato de Madrid sobre unas supuestas ayudas arbitrales a favor del Barça, un sapo tan inverosímil que provocaría risa si no tuviera la piel de veneno. Es imposible que ni ellos mismos se lo crean, queremos pensar.
Y eso es lo de menos.
La fuerza del relato creado desde Madrid reside en el valor ignífugo de tanta mentira repetida, que permite mantener el incendio controlado cuando un árbitro prende fuego en Can Barça. Y van demasiados incendios.
Como las collejas de la madre de Mophethe, los escándalos contra el Barça son quirúrgicos. Por eso un taco o la punta de una bota son fueras de juego claros en Anoeta y el gol de Cubarsí en semis de la Copa se anula sin rubor mientras en la sala del VAR ven la quinta temporada entera de Stranger Things . Doble castigo: gol al limbo por una línea hecha con el cartabón de la ESO y la reacción siete minutos en el cajón del frío, no vaya a ser.
La carta del Barça servirá de poco, pero al culé medio le vale para decir que, a pesar de que lo intenten tapar con Negreiras, lo estamos viendo.
La mentira puede correr un año, pero la verdad para alcanzarle solo necesita siete minutos de VAR, un piscinazo de Mbappé o una plancha en el tobillo de Giulano Simeone.
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