Ganó el premio a mejor actor en Cannes y el Globo de Oro, y es el primer actor brasileño candidato al Oscar. Todo gracias a ‘El agente secreto’, en la que interpreta un personaje muy parecido a él:una especie de héroe invisible Leer Ganó el premio a mejor actor en Cannes y el Globo de Oro, y es el primer actor brasileño candidato al Oscar. Todo gracias a ‘El agente secreto’, en la que interpreta un personaje muy parecido a él:una especie de héroe invisible Leer
En Hollywood nadie parece dispuesto a levantar la voz muy alta contra Trump y sus políticas racistas. ¿Nadie? Con uno de cada cuatro académicos con derecho a voto en los Oscar con residencia fuera de Estados Unidos, quizá la primera frase sea demasiado rigurosa. El actor Wagner Moura (Salvador de Bahía, 1976) reside en Los Ángeles, pero su ascendencia como duro fajador brasileño le hace tener claro de qué lado ponerse y cómo de alto subir el volumen de su protesta. Hasta en 11, que dirían en This is Spinal Tap. De momento, tras ganar el premio a mejor actor tanto en Cannes como en los Globos de Oro, pocos dudan de sus posibilidades (con el permiso de Timothée Chalamet) para lograr lo mismo en los Oscar. Su trabajo como héroe invisible y casi por accidente en El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, le habilita para dar la sorpresa. De lograrlo, no lo duden, su discurso de agradecimiento será el mejor.
- ¿Cómo está con todo lo que está pasando con El agente secreto, desde el doble premio en Cannes (la dirección y su actuación) a las cuatro nominaciones a los Oscar, incluida la suya?
- Es sin duda un momento muy especial. Trabajo en esto desde que tenía 15 años y sé perfectamente lo raro y difícil que es que suceda algo así. Estoy muy agradecido, y no es una frase hecha. De verdad.
- El que sea una película brasileña y no una producción internacional, imagino que añade más orgullo al propio orgullo…
- Sin duda. Desde mayo nos llevan haciendo caso. Son ya muchos meses. Además, no solo es esta película. Pienso en el año pasado con Aún estoy aquí, de Walter Salles. De repente, Brasil está en boca de todos durante dos años seguidos. Eso es muy especial. De repente, se contempla Brasil como un país de cine, y no solo de carnaval o fútbol.
- Acaba de mencionar la película de Salles, tanto ella como la que ahora le lleva a los Oscar hablan del pasado reciente, de la memoria, de las heridas sin cerrar de una dictadura, como todas, brutal.
- Son películas sobre la herencia del trauma entre generaciones. La memoria es un tema muy delicado, sobre todo en países en los que durante mucho tiempo, acabada ya la dictadura, aún se prohibía hablar de según qué cosas. Lo terrible en mi país fue la ley de amnistía de 1979, que esencialmente perdonaba a los torturadores que habían hecho cosas horribles contra civiles entre 1964 y 1985. La intención fue pasar página, pero la consecuencia real es la sensación de impunidad. Es un error no hacer justicia antes de perdonar nada. Un personaje como Bolsonaro no hubiera existido sin una ley tan nefasta como esa. Lo que consiguió la amnistía es que la gente se olvidara de lo nefasto que fue el régimen dictatorial. Es una auténtica perversión que, como no se ha explicado ni hablado nada de lo que verdaderamente sucedió, haya gente joven que crea que fue una era de progreso. Creo que este tipo de películas ayudan a pensar lo que no se pensó en su momento. Ahora finalmente hemos entrado en un periodo en el que mandamos a la cárcel a los que atentaron contra la democracia. Eso es lo sensato. Y ojalá a partir de ahora se recuerde y quede claro que Bolsonaro entró en la cárcel porque no respetó la democracia.
«Hace diez años no sabíamos que el gran proyecto tecnológico era también un proyecto autoritario. Ahora ya sí lo sabemos y hay que reaccionar»
- Le escucho y, además de ver paralelismos muy claros con otros países como España, sin ir más lejos, todo lo que dice apela directamente al presente, a lo que estamos viviendo ahora mismo en todo el mundo…
- No descubro nada si digo que el error es dar la democracia por sentada. Tendemos a despreciar a esos pocos que dicen barbaridades y que mienten. No les tenemos en cuenta porque no son creíbles. Pues bien, el error es ignorarles y no plantarles cara inmediatamente. De lo contrario, se crecen. Mira ahora lo que está pasando en Mineápolis: la resistencia, pese a la brutalidad del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) y Trump, ha dado resultado. Es importante lanzar el mensaje de que los autoritarios no pueden hacer lo que quieran.
- No sé si es consciente de que su toma de postura cada vez es más rara en Hollywood. Sus colegas parecen preferir guardar silencio.
- Yo tengo claro que el ciudadano está por encima del actor. Creo, sinceramente, y más si disfrutas de una exposición pública, que es un deber cívico. Pero entiéndase lo que digo. Tampoco me gusta la presión que se ejerce sobre los artistas para que opinen de todo. Todo el mundo debería poder decidir de manera libre si lo hace o no. Puede que uno no se sienta capacitado intelectualmente, o no le importe, o tema la reacción, que ahora mismo puede ser tremenda, muy dura. En mi caso, hablo por un motivo de bienestar. Quiero dormir tranquilo en cuanto me tumbo en la cama sin ningún problema de conciencia. Hay gente que no tiene ese problema y son, sin duda, grandes artistas.
- Su personaje en El agente secreto es un poco como usted por lo que dice, pero desde una postura mucho menos visible. Es una especie de héroe invisible. Como dice el poema, esos son los imprescindibles…
- Sin duda. Hace unos años dirigí una película que se llama Marighella. Básicamente es la historia de un revolucionario que sacrificó toda su vida por una causa justa: pelear contra la dictadura. Admiro a la gente como él. Sin embargo, las grandes víctimas de una dictadura no son estos tipos ejemplares y únicos. No, los sacrificados son siempre las personas comunes, las que no entran en los libros de historia. Es gente perseguida por el color de la piel, por sus ideas políticas o por su credo religioso. Sí, mi personaje aquí no es un héroe en sentido estricto. Es, simplemente, un hombre que no se doblega. De hecho, no hacen falta más héroes, hace falta gente que no se doblegue. Lo que nos enseñan múltiples ejemplos de desobediencia civil es que no hace falta ser un gran luchador por la libertad, basta mantenerse fiel a lo justo, a lo moral. Eso ya es un acto revolucionario en estos tiempos.
- Recuerdo que su primer papel relevante se vio en Berlín precisamente, en la película Tropa de Élite, de José Padilha, en 2007. Luego llegó Narcos, y ahora, todo esto. ¿El destino tiene un plan para usted?
- Nunca puede haber un plan, pero tampoco es todo cosa de la casualidad. Lo que me enorgullece es que, cuando miro atrás, noto que hay una coherencia. He elegido hacer lo que he hecho de acuerdo con los valores en los que creo. Haya salido mal o bien, nunca he hecho nada solo por dinero o por la fama o por nada de eso. Y aún sigo ahí. Lo que me decido a hacer es porque lo encuentro artística o políticamente interesante.
«Es importante lanzar el mensaje desde la resistencia de que los autoritarios no pueden hacer lo que quieran»
- Pero el dinero y la fama han llegado. ¿Cómo se gestiona que su cara ocupe una lona inmensa en el centro de una ciudad como Madrid?
- Sí, yo también vi esa publicidad. Me impresionó. Como digo, si las cosas surgen de manera natural no pasa nada. Ser famoso y que te reconozcan por un trabajo en el que crees es bonito. Te llena de orgullo. El problema es cuando te vuelves famoso porque sí. Hay gente ahora que solo es famosa, que no es famosa por haber hecho algo. Eso es lo raro e imagino que es complicado de manejar. A veces, lo pienso y me veo a mí mismo como uno de los últimos actores enteramente analógicos. No sé lo que son las redes sociales y el mundo digital me da aprensión.
- Procede de una zona de Brasil, el Noreste, víctima de muchos prejuicios y estereotipos y cuyo acento es muchas veces ridiculizado. ¿Cómo se pelea contra eso?
- El problema es que los estereotipos te los acabas creyendo. Yo estaba convencido de que solo podía hacer teatro, porque mi forma de hablar me impedía alcanzar el cine. Pero, al final, todo se resume en lo mismo: en ser fiel a lo que crees, en respetar lo que piensas y en no doblegarte ante los clichés. Y fue eso lo que me dio mucha fuerza y convicción cuando empecé a trabajar en Estados Unidos. Si ya fui capaz de hacer lo que nadie creía que podía hacer en Brasil, por qué no en otro país. Luego pasó que, como hice de Pablo Escobar en la serie Narcos, ya solo me llamaban para hacer el mismo papel de latino violento.
- Antes ha mencionado al ICE y ahora habla de estereotipos de latinos violentos. ¿Qué nos está pasando?
- Está jodido. Tengo amigos que viven aquí, en Los Ángeles, y que no se atreven a salir a la calle. Y yo mismo tengo miedo. Pero tengo miedo no tanto de esos cabrones como de mí. No sé cómo voy a reaccionar si me abordan y eso es un problema. Pero hay cosas que, de puro injustas, no se pueden soportar. Me sube la sangre y… Ten en cuenta que esos tipos te pueden matar en la calle. Es una nueva Gestapo racista con máscaras.
«Lo que se está imponiendo es un terror racista y supremacista igual que en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial. La diferencia es que ahora somos los latinos los señalados»
- Hay quien ve un paralelismo histórico muy evidente…
- No hace falta ser un experto para darse cuenta de que se repite el patrón, punto por punto. Lo que se está imponiendo es un terror racista y supremacista igual que en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial. La diferencia es que ahora somos los latinos los señalados, los deportados sin derechos y los finalmente asesinados. Los medios hablan de dos personas, de Renee Good y Alex Pretti, pero son muchos más de los que no sabemos sus nombres porque son emigrantes, porque no son blancos.
- Sea como sea, y volviendo a su país, uno piensa en el regreso de Lula, en el juicio a Bolsonaro, y parece que no todo está perdido.
- Es curioso porque hace diez años, los progresistas, la gente de izquierda, no creíamos que fuera a pasar nada ni que hubiera que luchar por nada urgente más allá de los conflictos ideológicos cotidianos. Ya no estamos ahí. La izquierda ha perdido. Eso hay que tenerlo claro. Pero eso no significa que no podamos hacer nada o que tengamos que resignarnos. Hay que seguir y pelear con otra perspectiva. Hace diez años no sabíamos nada de la conexión de los megarricos de Silicon Valley con la extrema derecha. No sabíamos que estaban preparando lo que ha pasado desde su absoluto control de las redes y la tecnología digital. No sabíamos que el gran proyecto tecnológico era también un proyecto autoritario. Ahora sabemos todo eso y hay que reaccionar. Suelo decir que soy muy pesimista con el presente, pero optimista con el futuro.
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