Aún resuenan las críticas del nuevo líder al ‘Ducado-hucha’ del monarca; la incógnita es si entre los dos dirigentes se reeditará la relación que tuvieron Isabel II y Harold Wilson Leer Aún resuenan las críticas del nuevo líder al ‘Ducado-hucha’ del monarca; la incógnita es si entre los dos dirigentes se reeditará la relación que tuvieron Isabel II y Harold Wilson Leer
Con el encargo formal a Andy Burnham para formar Gobierno, Carlos III suma ya a su cuarto primer ministro en lo que lleva de reinado, menos de cuatro años aún. Liz Truss, la premier de los 45 días, fue nombrada por Isabel II dos días antes de su muerte. Y al nuevo rey apenas le dio tiempo de despachar con ella asuntos de Estado relacionados con los funerales, aunque sí se percibió la falta de sintonía por gestos como que Truss se atreviera a impedir al monarca acudir a la Cumbre del Clima. Con Rishi Sunak, Carlos III se asentó en el trono. Y ni fu ni fa entre ellos, se ayudaron mutuamente y poco más. En cambio, el rey y Keir Starmer formarían un tándem ciertamente provechoso.
¿Fluirán las cosas entre Buckingham y Downing Street en la era Burnham?
Por lo pronto, la llegada del flamante nuevo líder laborista a Palacio ayer se produjo rodeada del morbo que despertaban las críticas con las que el político se despachó a principios de año, cuando aún era alcalde del Gran Mánchester y nada le permitía pensar que en poco tiempo protagonizaría el golpe de gracia a lo Bruto a Starmer. Burnham se erigió en azote contra la Monarquía a cuenta del Ducado de Lancaster, el entramado de empresas y enormes extensiones de tierras -nada menos que 18.433 hectáreas en el noroeste de Inglaterra-, valorado en unos 730 millones de euros y con exagerados privilegios fiscales, que reporta al soberano británico sus principales ingresos privados -esto es así desde el siglo XIV, cuando el Ducado fue creado por Juan de Gante para garantizar la solvencia e independencia económica del monarca, igual que el Heredero cuenta con los rendimientos del Ducado de Cornualles-. Burnham recurrió al populismo facilón y agitó lo del medievalismo y las tradiciones arcaicas de la Corona cuando los noticieros informaron, como cada año, de que Carlos III arrancaba 2026 embolsándose de los «bienes vacantes», los activos y bienes de las personas fallecidas en el mencionado Ducado durante los 12 meses anteriores sin dejar testamento, conforme a la tradición que data de la Edad Media. El primer edil del Gran Mánchester aprovechó para reclamar que esos fondos pasaran a la Secretaría del Tesoro y se destinaran a fines sociales.
Y, poco antes, el alcalde había hecho dura campaña igualmente contra el Ducado por no asumir la responsabilidad financiera y de limpieza en un terreno contaminado de su propiedad cerca de Wigan. «No podemos tener un país donde a la gente de aquí se la trate como a ciudadanos de segunda clase», vociferó instalado en el mismo populismo que usan formaciones como Reform UK de Farage para engordar la saca de votos, pero en el caso del ya nuevo premier con banderas izquierdistas.
Aunque seguramente ni el rey ni su ya primer ministro abordaron la cuestión en la audiencia de investidura formal en la célebre Sala de 1844 de Buckingham. Flema no les falta. Y, además, ambos son viejos conocidos que tenían muchos otros temas que recordar para cumplimentar los minutos de cortesía.
La relación entre ambos, más allá de algún encuentro fortuito con la familia real, arrancó en mayo de 2006 cuando Burnham fue promovido por Blair a secretario de Estado -ministro- de Salud, cartera en la que repitió en 2009 con Gordon Brown. Carlos era entonces el eterno Heredero, con fama entre la élite política de príncipe metomentodo. Y, fiel a su estilo, el primogénito de Isabel II le escribió de inmediato una carta para felicitarle por su nuevo cargo y de paso sugerirle los beneficios que consideraba podían tener para el sistema nacional de salud incluir programas de medicina complementaria, tan del gusto del Heredero, como acupuntura, homeopatía, aromaterapia, etcétera. «Me encantaría reunirme con usted en Clarence House cuando le sea conveniente para hablar de éste y otros temas. Tengo el honor de seguir siendo, señor, el más humilde y obediente servidor de Su Alteza Real», parece que le respondió Burnham.
La muerte de Isabel II, el 8 de septiembre de 2022, le cogió al político al frente de la Alcaldía del Gran Mánchester. «En un mundo en constante cambio y muy volátil, ella brindó constancia y coherencia al pueblo británico (…), definió el carácter nacional«, destacó en homenaje a la soberana. Tampoco le faltaron palabras de aliento para celebrar la llegada de su sucesor al trono, de quien destacó «los fuertes lazos de amistad forjados con él durante años», destacando el orgullo que le producía haber trabajado en estrecha colaboración con el príncipe de Gales a través del Prince’s Trust, la entidad creada por Carlos para ayudar sobre todo a personas jóvenes a través de proyectos en diferentes zonas del país, muy en especial en ese noroeste de Inglaterra industrial y tan azotado por las reconversiones del que justamente procede el nuevo premier.
Vamos, que aunque llega Burnham a Downing Street con la aureola de ser exponente del ala más zurda del actual laborista, un izquierdismo blando en todo caso, por más que de pronto sus exégetas no se pongan de acuerdo en si ha hecho en tiempo récord el viaje hasta el posibilismo centrista, tampoco es ningún antimonárquico ni está en la corriente que en su día representó Corbyn. Lo único cierto es que el mandatario es un absoluto enigma.
Y en los aledaños de la institución se confía en que entre Burnham y Carlos III se repita lo que en su día fue la relación entre Isabel II y el dos veces primer ministro laborista Harold Wilson, quien también llegó al poder subido a la ola de un izquierdismo que poco a poco se vio obligado a limar. Aquel gobernante pragmático que trataba casi como a una igual a la soberana forjó con ella una relación sorprendentemente estrecha, que se evidenciaba en gestos como lo largas que eran las audiencias semanales. Se dice que para Isabel II Wilson fue casi un pigmalión en cuestiones obreristas y en abrirle los ojos respecto a la revolución social que estaba transformando el país.
Burnham y Carlos III comparten intereses, como la preocupación que ambos han mostrado hasta la fecha por el desarrollo de esa Inglaterra que empieza más allá del Gran Londres. Seguramente el monarca será un importante bastón para el premier en asuntos en los que no está nada ducho como la política exterior, pero importantes sectores del laborismo también confían en que el nuevo Gobierno obligue a Buckingham a seguir profundizando las reformas y modernización de la Corona. Quién sabe si en una próxima audiencia saldrá a relucir la regulación del Ducado de Lancaster. Por lo pronto, Carlos III se ha adelantado a la llegada del nuevo premier con un golpe de efecto nada desdeñable, como ha sido convertirse en el primer monarca británico en desvelar lo que ha pagado como rey en impuestos sobre la renta y ganancias de capital -35 millones de euros hasta ahora-. Una nueva era se abre paso, veremos hasta dónde llega.
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