Acompañamos a la banda de rock madrileña en uno de sus conciertos del verano. Horas de furgoneta, comidas copiosas y mucho ‘troleo’ en este viaje. Leer Acompañamos a la banda de rock madrileña en uno de sus conciertos del verano. Horas de furgoneta, comidas copiosas y mucho ‘troleo’ en este viaje. Leer
Nalgas sobre blando en unos asientos acolchados y hace tiempo que aquí dentro nadie está pensando en el horror. Seis horas seguidas, o quizás ocho, metido en un cuarto, o quizás sea en una furgoneta, escuchando mi nueva canción y hablando de mí, que en este caso es hablando de ellos. La vida cañón. La vida cañ…
Eh, un momento. Ni esto empieza así ni tampoco es verdad todo. Como no lo serán otras tantas cosas que leerá a partir de ahora. Pero un fin de semana completo junto a Alcalá Norte deja secuelas.
Volvamos a intentarlo.
Son las siete de la mañana en un desértico San Blas, por el calor que ya aprieta en este barrio madrileño y por la escasa vida que se puede apreciar. Solo rompe con la quietud una enorme furgoneta negra atravesada en mitad de una hilera de aparcamientos, rodeada de estuches, fundas y bártulos de todo tipo que un grupo de personas intenta encajar en el maletero del vehículo con sorprendente éxito. «Por fin nos sirven de algo las horas de Tetris», dice Jose Gerpe, mánager de un grupo que explotó por sorpresa en abril de 2024 con la enajenación colectiva que trajo La vida cañón, que lleva un par de años en una gira permanente con más de 150 bolos, que en otoño saca su segundo disco –Dejémoslo como estaba– y que en febrero se lanzará a su primer Movistar Arena como inicio de una nueva gira.
Todos acaban de interrumpir sus vacaciones para pasar un fin de semana en Cádiz, tocando, y eso se nota. Laura de Diego, la teclista, está a punto de ver cómo su equipaje se va en el maletero de un Uber. Pablo Prieto, el bajo y encargado de las redes sociales, advierte a su llegada que se ha dejado los in-ears en casa. Jaime Barbosa, batería, lleva despierto desde las cinco y para remediarlo se ha metido un plato de espaguetis como desayuno. Carlos Elías, guitarra, ha tenido que rebajar su noche de verbena madrileña para llegar a la cita. Y Álvaro Rivas, cantante, aparece con la cara de quien no tenía intención alguna de levantarse tan temprano.
En unos minutos todo está cargado y la furgoneta, con una puntualidad británica, arranca a la hora prevista. Casi ocho horas de viaje por delante y un silencio sepulcral durante los primeros minutos. Hasta que Rivas lo rompe con unas frases en alemán mirando a la pantalla de su móvil. Está volviendo a reencontrarse con el idioma gracias al servicio premium de Duolingo, manteniendo una conversación con una asistente de IA. ¿Para qué? Básicamente para poder leer en su lengua original las refutaciones de Ernst Jünger -en un cuadernillo lleva fotocopiado Sobre la línea– y Martin Heidegger. «Ahora me interesa el nihilismo y toda la corriente política y social que sale de ahí», reconoce el cantante de Alcalá Norte tras una detallada disquisición sobre esa corriente de pensamiento aplicada al presente.
«Heidegger es uno más ya en nuestra furgoneta. Aquí te podemos hablar de Heidegger o de mierda. Son nuestros dos temas favoritos», resume Barbosa. Y algo de verdad hay, sin que la furgoneta haya salido apenas de la Comunidad de Madrid ya han aparecido los dos temas. El nihilismo alemán y lo escatológico entrelazados. «Este es el olor que a mí me gusta, a bicho», plantea Rivas a la altura de Madridejos. Y le da la réplica el batería: «Sí, así con un toque a estiércol, pero mezclado con ganado. A quien no le va a gustar». ¿Qué pensaría de esto Jünger? A quien demonios le importa.
La primera parada es en una gasolinera de Almuradiel, en Ciudad Real, donde unos toman un café, otros prueban un sándwich de salchichón y Rivas se pone a estirar en mitad de la tienda. «Luego, dirán que somos unos personajes, que quede claro que esa imagen es por su culpa», remarca Pablo, pero lo dice después de una hora dedicada a trolear a gente a través de la cuenta de X del grupo. «Ahora estamos bajos, la gente está tranquila de vacaciones. Yo estoy entrenando ya para el navajeo de septiembre».
Antes de llegar a Sevilla, la furgoneta está cubierta por una ligera bruma del vaper, los cigarros y algún porro; ha dado tiempo a reservar para comer 14 personas en una terraza de Los Palacios; a ver un vídeo de alguien desnudo que comparte melena y parecido con Carlos mientras este duerme, y ha habido que volver a parar para que varios miembros del grupo puedan mear. «Estaría guapo hacer un mapa de meaos como los de los restaurantes. Aquí se mea bien. Aquí hace mucho calor…», propone Barbosa. Y la cara de Laura, por sí misma, ya muestra que no es buena idea.
Es la una y media, con 35 grados en Los Palacios, dos mesas de siete personas se reparten en la terraza de Hermanos Hervás, con técnicos y miembros de la banda mezclados sin orden establecido. «Esto es Alcalá Norte, seríamos unos gilipollas si comiéramos nosotros por un lado y los técnicos por otro», explica Barbosa. ¿Qué se puede comer con este calor? Croquetas, solomillo, carrilleras… un menú ligero. «Joder, sino quien toca con hambre después», insiste el batería del grupo mientras a su alrededor se comenta algo sobre el terremoto que acaba de suceder en Granada, sobre los últimos detalles que dar al disco nuevo y sobre el futuro del Real Madrid. Solo falta una hora más de furgoneta para llegar a la prueba de sonido en el puerto de Cádiz, donde será el bolo dentro del festival No Sin Música.
En ese trayecto, un colega le manda un mensaje a Rivas, para recordarle que en la ciudad andaluza nació el primer pitagórico que dio la Península Ibérica, Moderato de Gades. Y él se encarga de transmitirle al resto de la banda que hoy hay que dedicarle el concierto a él y, sobre todo, la canción Los llamados pitagóricos, uno de sus últimos sencillos. Esa es una de las que ensayan en la prueba de sonido y el cantante se la dedica desde la distancia a un grupo de turistas que está abandonando el puerto de Cádiz en un inmenso crucero. Luego se tumba a esperar en el escenario, prepara la voz con un nebulizador, medita solo en una esquina.
Hasta unos segundos antes del concierto, sin contar con los viajes en furgoneta, los cinco integrantes permanentes del grupo no volverán a estar ni un segundo más juntos. Laura y Pablo se tumban en los sillones del camerino para charlar sobre música y sobre la vida con René, otro guitarrista que les acompaña hoy, frente a unos kitkats y un cuenco de gominolas. «Lo que molaría hacer una Velada como la de Ibai, pero de músicos. Tenemos que pensar bien con quién nos pegamos», suelta el bajo. Y sigue: «Me he cansado antes de otros temas que de La vida cañón. Esa la sigo tocando con ganas, pero quiero probar ya la música nueva». Laura aborda la gran pregunta que para muchos surge con Alcalá Norte: ¿cuánto se parecen a Carolina Durante? «Carolina es el want to be, la banda a la que todos aspiramos. Por concepto, por currar y por seguir haciendo música que está bien aunque lo estés petando», dice y todos los presentes asienten.
Fuera del camerino siguen fumando, como sucede desde el inicio del viaje, Barbosa y el mánager del grupo, sentados en unas sillas de plástico. «Alcalá Norte es una banda de nicho generalista. Tenemos una legión de fans muy fieles y le interesamos también a mucha gente, pero ni somos ni podemos ni queremos ser mainstream», define Jose Gerpe. Y, cómo no, el batería de Alcalá Norte va un paso más allá. «Nuestra máxima aspiración es seguir haciendo lo que nos salga de los huevos, la música que nos mola y que nadie nos diga nada», despacha mientras deja salir el humo del cigarro por su boca.
Es hora de ir al hotel, hacer un parón para la siesta y para el descanso.
Son las nueve y los cuatro integrantes masculinos del grupo esperan a su teclista a la puerta del hotel. Es la hora que han fijado para volver al recinto del festival y Laura no aparece. «Venga, que hoy igual paga alguien», comenta Carlos. El miembro de Alcalá Norte que llega cinco minutos tarde paga 50 euros de multa. Cuando pasan dos minutos de la hora, con el rímel en la mano, aparece Laura y la decepción se instala en el resto. No hay penalización por tres minutos. «Es la forma de que todos estén a su hora, que nadie se crea más que nadie y que sepan que todo un equipo depende de ellos», explicará más tarde su mánager, que les ha acompañado en todos los bolos que han hecho en estos dos años.
Falta una hora para el inicio del concierto y cada uno de los miembros de la banda anda a lo suyo. Carlos saluda al equipo de Love of Lesbian, que les seguirán en el escenario; Barbosa y Jose preparan la bota de vino que al principio del show acabará entre el público; Laura remata la sombra de ojos frente al espejo; Pablo sigue en el mismo sofá con su móvil, y Rivas, alejado del resto, mordisquea una manzana mientras sorbe una infusión con tres bolsas de jengibre. Hay algunas cervezas, vasos de kalimotxo, puritos, algún porrete y todo lo que se podría esperar de un sábado cualquiera de verano con colegas a la orilla del mar. Solo que aquí está a punto de empezar un espectáculo musical y tampoco importa.
Por primera vez, los integrantes de Alcalá Norte vuelven a juntarse en las escaleras que dan acceso al escenario. Faltan 30 segundos para salir al escenario y el silencio es absoluto. Solo se oyen los gritos de algunos fans y las caladas que da Barbosa. Y, de repente, todos están sobre el escenario. El batería, como en cada actuación, hace de maestro de ceremonias, arenga al público y manda la bota llena de tinto al centro de la pista donde solo se mueven por el momento un grupo de chavales con camisetas de la banda. Hay una cierta extrañeza entre un público que mayoritariamente ya ha entrado en los 50, pero, con el paso de las canciones, van entrando al juego que propone la banda madrileña.
Hay quienes saltan con El Rey de los Judíos, hay quien suelta una carcajada con la dedicatoria a Moderato de Gades antes del inicio de Los llamados pitagóricos y hay quien se entrega cuando ya en el final Rivas aparece en mitad del público para cantar Westminster y darse un baño de masas con su polo del Cádiz. Solo falta la traca final. La vida cañón, claro. Ahí no importa nada. Solo gritar más fuerte que el que está a tu lado eso de Seis horas seguidas metido en un cuarto / Escuchando mi nueva canción / Soñando vivir la vida cañón.
Y ahora todos estar nuevamente en el camerino. Llegan unos serranitos que nadie consigue comerse pese a las horas. Pablo rememora sus tiempos como bajista de Rigoberta Bandini. Moderato de Gades se pasa por allí a agradecer la dedicatoria, a charlar sobre filosofía griega y a tomarse una cerveza con Alcalá Norte. El humo ya cubre también la estancia como había hecho con la furgoneta. Barbosa hace por escurrir una camiseta en la que no cabe una gota más de sudor. El mánager cuenta cómo tuvieron que desatascar un baño en su viaje a Colombia con unos cartones de pizza. Y todo se resume en una frase que enuncia el batería: «Nosotros estamos contentos, vivimos de puta madre y hacemos lo que nos sale de los cojones. […] Los grupos que creen que vienen a salvar el rock son nuestra pornografia».
¿Aquí se acaba la vida cañón? En absoluto. Aún queda.
De vuelta al hotel, la mayoría del grupo se reúne en una de las terrazas de la piscina que dan directamente a la playa. Lo único que se oye es un ligero murmullo del paseo marítimo y el mecer de las olas. Se fuma y se bebe, casi a oscuras, sobre unas tumbonas de rayas azules y blancas hasta que el grupo va poco a poco disgregándose hacia las tres de la mañana rumbo a las habitaciones. En unas horas algunos estarán dando cuenta del bufet del desayuno y otros apurando unos minutos de sueño antes de volver a Madrid.
Son las 10 de la mañana y Gus, el conductor, tiene preparada música de Los Suaves para el viaje. En unos minutos, vuelve la neblina al interior de la furgoneta. Hay quien duerme, hay quien lee y hay quien revisita todos los memes que puede asumir internet.
-Ya que estamos, estaría bien algo del nuevo disco-, les pedimos.
-Joder, solo quería venirse con nosotros para sacarnos algo de lo nuevo, qué cabronazo-, bromean los miembros de la banda.
Después de una parada en un área de servicio a la altura de Valdepeñas (Ciudad Real), otro menú ligero a base de migas, carrillera y bocadillos de calamares y lomo, acceden y parece que, ahora sí, va a sonar uno de los singles que la banda sacará a la vuelta del verano como adelanto de su segundo álbum. «Ahí te va, escucha bien», advierte Pablo y rompen los primeros segundos de Superestrella de Aitana cantada por todos los presentes en el vehículo. Y, tras la carcajada, suena lo nuevo de Alcalá Norte.
Cuando apenas faltan unos minutos para llegar a Madrid, los miembros de la banda tienen una propuesta a la inversa. Es Rivas quien la lanza y el resto quienes asienten: «Molaría meter un par de cosas que no fueran reales en el texto y que la gente tenga que adivinar cuáles son. Para que quede más gracioso y todos sepan que a nosotros lo que nos gusta es trolear». Trato hecho. Ahora el juego es todo suyo y, ya saben, cualquier protesta o insulto siempre tienen abierta la cuenta de X de Alcalá Norte. Les pillarán de nuevo de vacaciones, pero el administrador siempre responde.
La auténtica vida cañón. Hasta lo más profundo.
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