A bordo del buque Sarmiento de Gamboa, el tiempo se fragmenta en turnos, madrugadas y en tubos que extraen sedimentos en zonas de hasta 5.000 metros de profundidad. En cada muestra se acumulan, como en un archivo, décadas de historia marina. Desde 2024, la embarcación recorre distintos puntos del Atlántico para seguir el rastro de los contaminantes emergentes como parte del ambicioso proyecto One Blue, liderado por las investigadoras españolas Marinella Farré y Marta Llorca, del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC). Más de un centenar de científicos de 11 países europeos se han dedicado a rastrear las huellas químicas que dejamos los humanos sin saberlo. Incluso en los lugares donde creemos no haber estado nunca.
Con un presupuesto de 6,2 millones de euros, la campaña oceanográfica One Blue analiza cómo compuestos de la vida cotidiana llegan a los ecosistemas marinos
A bordo del buque Sarmiento de Gamboa, el tiempo se fragmenta en turnos, madrugadas y en tubos que extraen sedimentos en zonas de hasta 5.000 metros de profundidad. En cada muestra se acumulan, como en un archivo, décadas de historia marina. Desde 2024, la embarcación recorre distintos puntos del Atlántico para seguir el rastro de los contaminantes emergentes como parte del ambicioso proyecto One Blue, liderado por las investigadoras españolas Marinella Farré y Marta Llorca, del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC). Más de un centenar de científicos de 11 países europeos se han dedicado a rastrear las huellas químicas que dejamos los humanos sin saberlo. Incluso en los lugares donde creemos no haber estado nunca.
Microplásticos, residuos farmacéuticos, antibióticos, productos de cuidado personal o aditivos industriales navegan con una discreción que los vuelve, no solo difíciles de detectar, sino también de entender. Poco se sabe sobre el alcance de su impacto en los ecosistemas marinos porque han quedado fuera de los programas de vigilancia y de los marcos regulatorios. En febrero, el Consejo de la Unión Europea actualizó la lista de contaminantes que afectan a las aguas superficiales y subterráneas, pero los países tendrán hasta 2039 para cumplir con lo pactado. “Hemos cogido muestras del océano profundo, pero esperamos encontrar poca cosa. Es lo que queremos”, admite Llorca, especializada en el desarrollo de metodologías químicas para el análisis de contaminantes legislados como aquellos que no están bajo el paraguas del marco jurídico ambiental.
El programa de investigación financiado por Horizon Europe con un presupuesto de 6,2 millones de euros no se limita a calcular la cantidad de cada elemento. Es también una cartografía del océano contemporáneo. IDAEA no está solo en esta tarea. A la coordinación general del programa se suman otros centros españoles como el Instituto de Ciencias Marinas y el Instituto de Tecnologías Físicas e Información, que se encarga del codiseño de sistemas de monitoreo en línea para identificar compuestos, integrando tecnologías de separación ultrasónica. Esto permite concentrar y aislar de forma automatizada las partículas presentes en el mar. “Nosotras vemos la parte de cuantificación química, otros la toxicología y los efectos de estas mezclas complejas”, explica Farré, una de las investigadoras de referencia en su campo.
Los científicos de One Blue se han dedicado a seguir el rastro de compuestos de origen antropogénico, pero también de sustancias que existen de forma natural en mar abierto y aguas profundas. Su presencia varía según la zona de muestreo. Mientras un equipo trabaja entre los hielos del Ártico, otro navega el Atlántico y el Mediterráneo. En cada campaña regresan con agua y sedimentos; ahora también con peces, porque quieren entender qué ocurre cuando esos compuestos dejan de estar suspendidos en el medio y empiezan a moverse por la cadena trófica, de un organismo a otro.
“Si no hay evidencia científica, no se puede regular, pero tampoco es legislar para prohibir. Lleva tiempo encontrar soluciones neutras”, insiste Farré. La ciencia avanza con cautela. Cada dato tiene que sostener al siguiente. El proyecto tiene como objetivo generar un gran volumen de información para establecer modelos más realistas sobre la presencia, los efectos y la dispersión de estos contaminantes en el mar abierto y zonas poco investigadas. Especialmente bajo la presión de la crisis climática.
El océano como archivo natural
En la embarcación, la ciencia se mezcla con la vida cotidiana. Los horarios son estrictos para comer, pero no para trabajar. Hay noches en vela y días que se confunden. En un laboratorio improvisado, cada gesto debe ser perfecto. “Igual estás muestreando a las 12 de la noche o a las tres de la madrugada”, cuenta Llorca.
Del fondo del mar extraen largas columnas de sedimento. Las llaman cores. Parecen cilindros de barro, pero son archivosy cada capa corresponde a un tiempo distinto. Se cortan, se datan y se analizan. En ellas pueden aparecer contaminantes que antes no existían, como las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS), conocidas como forever chemicals o químicos eternos. Durante décadas se incorporaron a sartenes, tejidos impermeables, espumas contra incendios y cientos de productos cotidianos. Como dice Farré, “el mar no olvida”, y esos estratos guardan la huella de cada compuesto que ha llegado hasta ellos.
Un estudio reciente en el que participó Marinella Farré, realizado en España y Reino Unido, confirmó la presencia generalizada de PFAS tanto en aguas como en peces destinados al consumo humano y mostró que algunos de estos compuestos pueden alcanzar concentraciones capaces de superar los niveles de exposición considerados seguros por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria. “Todos tenemos que ser conscientes de que las pequeñas cosas que podemos hacer en casa pueden tener efectos luego”, sostiene Llorca.
La misión también analiza la composición microbiológica del sedimento a lo largo del tiempo. Estas acumulaciones permiten identificar la huella de eventos específicos que dejaron una marca de contaminación, tales como la Primera Guerra Mundial o el hundimiento de un barco que vertió gasolina en una zona poco investigada. “Puedes ir viendo las diferentes edades del sedimento”, asegura Farré.
La química como vocación
Las dos coinciden en que su carrera es pura vocación. “Es una cuestión pasional”, dice Farré y añade: “Quería saber el porqué de las cosas”. Llorca lo describe igual. “Es muy vocacional, sobre todo la investigación medioambiental”, agrega. Para ambas, la química no fue una elección técnica, sino una forma de mirar el mundo. Una mezcla de curiosidad, paciencia y una susceptibilidad casi artesanal por aquello que no se ve a simple vista.
“Cuando haces un método analítico por primera vez, se tiene que desarrollar desde cero en concentraciones relativamente muy bajas, pero suficientemente altas como para tener un efecto en el medio ambiente”, dice Farré. Esa paciencia es parte de la vocación científica que comparten.
Los resultados del proyecto, que concluirá en 2027, se integrarán en una plataforma de acceso abierto, diseñada para facilitar la consulta y el intercambio de datos entre la comunidad científica internacional. Será un archivo vivo, un repositorio que permitirá seguir el rastro de los contaminantes emergentes. “Las nuevas tecnologías que estamos desarrollando facilitarán la obtención de datos sobre estos contaminantes en el medio marino”, concluye Farré.
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