P ara los masái, uno de los pueblos más guerreros de África, la discreción y el silencio son inseparables del valor. Cuando los niños llevan a cabo el ritual de paso a la vida adulta, conviven juntos durante semanas en el bosque, donde deben demostrar que son capaces de sobrevivir y lidiar con las fieras salvajes. Cuando llega el día de la circuncisión, a navajazo limpio, quienes no gritan de dolor son reconocidos como hombres valientes. De adultos, los masáis rechazan la bravuconería: no dicen que son capaces de matar a un león; lo demuestran.
P ara los masái, uno de los pueblos más guerreros de África, la discreción y el silencio son inseparables del valor. Cuando los niños llevan a cabo el ritual de paso a la vida adulta, conviven juntos durante semanas en el bosque, donde deben demostrar que son capaces de sobrevivir y lidiar con las fieras salvajes. Cuando llega el día de la circuncisión, a navajazo limpio, quienes no gritan de dolor son reconocidos como hombres valientes. De adultos, los masáis rechazan la bravuconería: no dicen que son capaces de matar a un león; lo demuestran.Seguir leyendo…
P ara los masái, uno de los pueblos más guerreros de África, la discreción y el silencio son inseparables del valor. Cuando los niños llevan a cabo el ritual de paso a la vida adulta, conviven juntos durante semanas en el bosque, donde deben demostrar que son capaces de sobrevivir y lidiar con las fieras salvajes. Cuando llega el día de la circuncisión, a navajazo limpio, quienes no gritan de dolor son reconocidos como hombres valientes. De adultos, los masáis rechazan la bravuconería: no dicen que son capaces de matar a un león; lo demuestran.
A Mbappé no le iría mal una temporada en tierra masái. Esta semana, el francés hinchó el pecho en una entrevista a l’Équipe: “Ningún jugador fue mejor que yo la pasada temporada”. Días antes, se ofendió cuando un periodista comparó su escaso esfuerzo defensivo con el de Raphinha o Dembelé y respondió que él hacía más goles.
Las palabras de Mbappé definiéndose como el mejor riman con esa falta de humildad sonrojante
Ser de un equipo de fútbol o de otro también tiene que ver con esos detalles. Ningún equipo es infalible al ego de sus jugadores, pero en los últimos años el Madrid parece instalado en una obsesión enfermiza por el Balón de Oro, trofeo por excelencia a la individualidad en un deporte de equipo. Allanó el camino Cristiano Ronaldo, quien repetía constantemente que él era el mejor de la historia por encima de Messi. El argentino siguió a lo suyo: demostrándolo en el campo, agradecido por los galardones individuales, pero durmiendo tranquilo si algún año no tocaba.
El club blanco, alentado por un entorno de trinchera que ha convertido premios y pasillos al campeón en humillaciones al rival, se contagió de la paranoia a nivel institucional: la pataleta antideportiva cuando Vinícius perdió el Balón de Oro ante Rodri, boicoteando la ceremonia sin viajar a París, fue un ridículo internacional.
Las palabras de Mbappé definiéndose como el mejor riman con esa falta de humildad sonrojante.
A mí me da igual si merece el premio el madridista, o bien Kane u Olise por su gran año en el Bayern, o si debería ser para alguna estrella del PSG o reconocer a algún campeón del mundo como Lamine Yamal o Rodri.
Sí me parece importante el ejemplo. Por eso, como culé celebré que Yamal, quien a menudo despliega su chulería adolescente, encarara la cuestión con cierta indulgencia. “No voy a suplicar por el Balón de Oro”, dijo. También Deco, en su entrevista en Can Basté, evitó el ridículo de teatralizar indignación por las ausencias incomprensibles de Pedri o Raphinha. ¿Merecían estar?, quizás sí, pero los premios individuales son así, vino a decir.
¿Y si al final no gana Lamine Yamal? Que por favor aplauda, dé la mano al ganador y no haga el ridículo de decir que no hay nadie como él.
Que, en definitiva, salte al campo y vuelva a matar al león.
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