Joan Maria Pou (RAC1), Bernat Soler (Catalunya Ràdio) y Lluís Flaquer (cadena Ser) glosan la figura del periodista Joaquim Maria Puyal, pionero y referente de las transmisiones radiofónicas del Barça en catalán, que cumplen 50 años.
Joan Maria Pou (RAC1), Bernat Soler (Catalunya Ràdio) y Lluís Flaquer (cadena Ser) glosan la figura del periodista Joaquim Maria Puyal, pionero y referente de las transmisiones radiofónicas del Barça en catalán, que cumplen 50 años
Joan Maria Pou (RAC1), Bernat Soler (Catalunya Ràdio) y Lluís Flaquer (cadena Ser) glosan la figura del periodista Joaquim Maria Puyal, pionero y referente de las transmisiones radiofónicas del Barça en catalán, que cumplen 50 años.
Joan Maria Pou
De Puyal a Quim
En octubre del 2002 el Barça jugaba en Brujas un partido de la Liga de Campeones. Unos cuantos periodistas coincidimos en un vuelo Barcelona-Bruselas. Al aterrizar fuimos a la estación de tren para llegar hasta la ciudad donde se jugaba el partido. No tengo claro cómo fui a parar junto a Puyal pero en cuanto me vio me preguntó si, mientras esperábamos, me apetecía beber algo. Ya nos habíamos saludado alguna vez, habíamos tenido alguna conversación corta en algún aeropuerto pero aquella invitación me sorprendió. Y me encantó, claro está.
Yo hacía justo un par de años que había empezado a narrar los partidos del Barça en RAC1 y él ya hacía mucho que era el Johan Cruyff de las narraciones en catalán, la persona que lo cambió todo, el punto de inflexión. Yo me notaba inquieto, expectante y afortunado, Puyal me trataba de tú a tú, como un compañero de profesión.
Y en aquel momento llegó la primera lección: hizo el pedido en inglés y cuando se giró me preguntó si sabía por qué había utilizado el inglés y no el francés. Me quedé mudo porque no tenía ni idea y no quería hacer el ridículo. Me explicó que todos los carteles de aquel negocio estaban en flamenco y por lo tanto hacer el pedido en francés habría podido generar una cierta antipatía en su interlocutor.
Desde un punto de vista comunicativo, puestos a escoger, hacerla en inglés tenía mucho más sentido. Chapeau.
Después compartimos todo el viaje en tren, una hora entera. Estábamos sentados cara a cara y durante todo el recorrido charlamos sobre nuestra lengua, sobre cómo cuidarla y defenderla, también de radio, por supuesto, e incluso de política y cultura y de cómo veíamos a nuestro país. Yo levitaba, me sentía un privilegiado, tenía todos los sentidos activados, no quería perderme ningún detalle de todo lo que me estaba pasando.
Fue una conversación que no olvidaré nunca: por el tono, por la generosidad, por la riqueza y la solidez de los argumentos, por la sabiduría que rebosaba por todas partes y por la manera en la que aquel referente indiscutible me escuchaba cuándo era yo quien se atrevía a usar mi turno.
Durante aquel Bruselas-Brujas en tren, Puyal, la voz que me había acompañado durante tantas horas de la infancia y la adolescencia, el narrador que me permitía ver los partidos del Barça a través de la radio, el comunicador gracias al cual me di cuenta de que yo también amaba a Urruti, el presentador que me había deslumbrado con programas de televisión densos e interesantes, el conferenciante que llenó hasta los topes un aula de mi facultad y nos regaló una charla de bandera, la persona que había recuperado un universo de palabras y expresiones para poder explicar un partido de fútbol en catalán, se transformó en Quim
Bernat Soler
Querido Quim
Antes que nada me gustaría saber cómo está Puyal. Si lo ves, por favor, dale recuerdos, que le quiero mucho. Tú ya sé que estás en plena forma, viviendo a tu peculiar manera que, no nos engañamos, es como querríamos vivir la mayoría de nosotros.
No sé si Puyal te lo explicó alguna vez pero cuando yo era un chaval que empezaba en esto de las transmisiones deportivas, aprovechando un viaje a A Coruña para jugar contra el Deportivo, me llevó a comer al restaurante donde hacían la mejor tortilla de patatas de España, o como mínimo eso decían ellos.
No me invitó a incorporarme a comer con su equipo, no, fuimos él y yo solos. Por cierto, anécdota: aquel día yo iba engalanado, con americana y camisa, una imagen muy poco habitual para ir a cubrir un partido para la radio en Galicia. El motivo de aquella extraña elegancia estaba relacionada con el hecho de que cuando acabara el partido y volviera a Barcelona, aquella misma noche tenía que pasar por la boda de un amigo. Puyal quizá pensó que me había trajeado para ir a comer con él pero como dirían los italianos “si non è vero, è ben trovato”.
De la comida recuerdo poca cosa, a duras penas para confirmar que la tortilla era buena, pero sí me quedó bien grabada la sensación que me transmitió: que ya éramos colegas de profesión. El niño que había crecido escuchando los goles de Puyal en la radio ahora era compañero suyo, viajaba con él, cantaba goles en la cabina de al lado e incluso compartía tortilla de patatas.
Esta virtud, la de hacerte sentir próximo cuando eres la figura mayor de la comunicación de tu país, no la conoce mucha gente. Confieso que yo nunca he llevado a comer a ningún periodista joven y él, que era el Mestre, dedicaba el rato de comida de un día de partido a un crío que intentaba disimular con la mayor dignidad posible el impacto que le provocaba aquel encuentro.
Con los años, y mientras Messi iba marcando goles con el Barça, compartimos estadios y aeropuertos. Un día pensé que sería una buena idea hacer un documental para explicar quién era Puyal y le trasladé la propuesta. Nunca existirá nadie con tanta clase para decir que no. No hice el documental pero me regaló uno de sus libros con una dedicatoria donde explicaba por qué me daba calabazas. Un crack.
Quim, soy un privilegiado: tengo un trabajo maravilloso, lo comparto con gente muy buena y he podido seguir los pasos de mi ídolo profesional, primero en Ràdio Barcelona y después en Catalunya Ràdio. ¡Ahora ya me puedo morir!
Quizá piensas que todo esto se lo tendría que explicar a Puyal, que tú tienes otras cosas que hacer, pero en realidad creo que es importante que lo sepas tú, Quim. Porque a Puyal lo han conocido y admirado muchos, pero a ti, Quim, solo unos pocos elegidos hemos tenido la suerte de tenerte cerca. Él, si quiere, que viva retirado que yo sé que tú no lo dejarás nunca.
Bueno, te mando un abrazo o mejor dos, uno para ti y otro para Puyal.
Lluís Flaquer
Aquella fotografía con el maestro
Disfruta, no siempre es así…”. La frase acompañaba uno de los momentos más emotivos de una de las noches más emocionantes de mi vida. Embelesado, yo sonreía mientras cumplía otro de mis deseos. Hacía un rato, había narrado para Ràdio Barcelona la segunda Champions de la historia del club. Antes de marcharse del estadio de Saint Denis, le pregunté a Puyal, con toda la vergüenza y respeto del mundo, si podía tener un recuerdo más de aquella velada memorable. Mi primer año cubriendo el Barça en la radio acababa con la transmisión del Barça campeón de Europa y con una fotografía siempre deseada. Pasados los años, cada vez que repaso aquella imagen, me viene a la cabeza aquella frase. “Disfruta, no siempre es así…”.
Personalmente, tuve el placer de conocerle aquel año. Pero nuestra relación, aunque él no lo supiera, venía ya de mucho antes. Me explicaba mi abuelo Bernardí, con quien fui por primera vez al Camp Nou, que una de las primeras cosas que le pregunté cuando nos sentamos en nuestro asiento en el lateral del estadio fue qué eran aquellos vitrales que se veían en la parte alta de la tribuna. “Allí están las radios, allí narra Puyal”, aseguraba que me respondió provocándome una cara de no entender demasiado. Poco tiempo después, en el sofá de casa, el recuerdo del abrazo con mi padre para celebrar nuestra primera Liga juntos siempre irá ligado al inolvidable sonido del transistor. “Urruti t’estimo, Urruti t’estimo!”. Cuando alguno de mis hijos me preguntaba cómo ganó el Barça su primera Copa de Europa, me era imposible no explicarles que “tocarà Stoichkov, pararà Bakero i picarà Koeman”. Una noche de Copa, en el momento en que el Barça marcó el 5-4, subí el volumen de la radio para saber cómo lo cantaba Puyal. En medio de la locura del Camp Nou por la remontada, mientras todo el mundo saltaba y gritaba, yo sonreía apretando fuerte los auriculares a mis oídos para poder escuchar aquel “sos macanudo Pizzi, sos macanudo…”.
Mientras todos los amigos soñaban con ser Laudrup, Romário, Maradona o Rivaldo, yo aspiraba a hacer de Puyal. Él inspiró una vocación. En París, la gran mayoría pretendía una fotografía con Ronaldinho. Yo se la pedí al maestro. Y tal como empezó a hacer con tantas y tantas jugadas y goles, ahora hace cincuenta años, puso voz a lo que veía. Ante la inocencia de quien había tocado el cielo en su primera temporada explicando el Barça, el aviso de que disfrutara del momento por si, como le había pasado a él, pasaban años y años hasta poder narrar una nueva Champions blaugrana. Le hicimos caso. Fuera con títulos o sin ellos. Siempre hemos disfrutado y seguimos disfrutando de una vocación que nació y se hizo posible por lo que como oyente aprendí del maestro Puyal. El hombre capaz de encontrar siempre las palabras, el tono y la intensidad adecuadas para convertir su voz en la banda sonora de algunos de los mejores momentos de nuestra vida.
Deportes
