El otoño nos ha caído a plomo.
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El otoño nos ha caído a plomo.
O a chorros.
Asomado a las vidrieras del diario, digiero la tormenta mientras agradezco las caricias de la brisa marina, pero también me añoro pues al fin y al cabo, el verano no ha estado tan mal.
Si el verano no ha estado tan mal, entre otros motivos, ha sido gracias a Carlos Miquel.
Bien, en realidad la vida no está tan mal gracias a Carlos Miquel.
Carlos Miquel es un amigo. Es ese amigo que apareció en el funeral de mi padre sin que nadie le hubiera avisado personalmente (como el gran Toni Benosa, como el gran Domingo Marchena) para darme el pésame y un abrazo de oso y luego ponerse a un lado, pues ya se sabe que en los funerales, el anfitrión es cualquier cosa excepto un buen anfitrión.
–¿Cuándo llegas al pueblo? –me preguntaba Carlos Miquel semanas antes del verano, antes de que el calor irrumpiera–. ¡Recuerda que cuando llegues tenemos que salir a correr!
Y así fue.
Aparecí en el pueblo a mediados de agosto y al día siguiente ya estábamos amaneciendo en la bahía, a las 8.45h, ni pronto ni tarde, para trotar por el paseo marítimo y las villas vecinas mientras hablábamos de la vida.
De nuestra juventud en la Facultad de Derecho. De su mujer y sus hijos. De mi mujer y mi hija. De mi padre y de mi madre, que ahora se ha quedado sin él, sin mi padre.
Ahí va el amigo fiable que escucha y no juzga, que no da titulares pero sostiene al grupo
–¿Aflojamos o vas bien? –le preguntaba yo al rato, cuando la zancada se iba abriendo y el cronómetro, dictatorial, ocupaba el centro de la escena.
–Voy bien, voy bien –me contestaba Carlos Miquel, neutro siempre, neutro y generoso pues igual no iba tan bien pero no me lo iba a decir, por aquello de no estropearme los parciales.
Y volvíamos a correr al día siguiente, otra vez a las 8.45h, ni pronto ni tarde. Y al otro, y al otro. Y yo le iba proponiendo entrenamientos. Hoy un fartlek. Hoy un rodaje progresivo. Hoy un simple trote, que hay que regenerar el cuerpo.
Y mientras corríamos, me daba por recordar al Carlos Miquel de nuestra adolescencia, aquel amigo fiable que escucha y no juzga, que no da titulares (bueno, no será así en esta ocasión: su nombre es el titular) pero sostiene al grupo, ese compañero que sigue siendo el mismo y por eso ahora, cuando el verano se ha diluido y el otoño se abre paso, sigue llamándome para recordarme que la semana que viene, o la otra, ha organizado una cena con el grupo de ex compañeros de la universidad, que me apunte la fecha y cuenta conmigo, y si fallo y no puedo ir porque estoy liado con un partido de Champions League, pues no importa.
Ya la próxima vez será. Y no me lo tendrá en cuenta ni se olvidará de mí.
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