El organismo internacional celebra su semana grande entre guerras enquistadas, parálisis en el Consejo de Seguridad, falta de recursos y con la mirada puesta en un cambio de líder Leer El organismo internacional celebra su semana grande entre guerras enquistadas, parálisis en el Consejo de Seguridad, falta de recursos y con la mirada puesta en un cambio de líder Leer
La semana grande de la ONU, cada septiembre en Nueva York, es siempre un fenómeno monumental e imprevisible. Los grandes temas de actualidad (como ahora la elección del próximo secretario general, la guerra de Irán, Ucrania, Israel y Gaza, el medio ambiente y, sobre todo, la Inteligencia Artificial) suelen estar muy claros de antemano, pero cuando juntas a más de 140 jefes de Estado y de Gobierno y muchos cientos de ministros y diplomáticos en la ciudad que nunca duerme, siempre pasan cosas y hay sorpresas. Tantas que nunca caben en una sola crónica.
Bajo el lema Restaurar la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que cumplan para todos, en los próximos días habrá miles de reuniones bilaterales a todos los niveles, conferencias, debates, presentaciones y premios. Habrá negociaciones secretas para ir reduciendo el número de aspirantes a suceder al portugués António Guterres. Y manifestaciones y atascos bíblicos en las calles de Manhattan. Pero buena parte de la atención mediática la acaparará la cita de Donald Trump con la venezolana Delcy Rodríguez, que se verán por primera vez.
El norteamericano, que recibirá en la Casa Blanca el jueves a Xi Jinping, lleva meses elogiando a su elegida para suceder a Nicolás Maduro, frenando cualquier posibilidad de una transición a la democracia o la convocatoria de elecciones libres mientras llega a acuerdos para quedarse una parte importante del crudo venezolano. Y ahora le dará a Rodríguez un respaldo diplomático valiosísimo tras años de boicots internacionales y sanciones. «Puede que lo haga, ya tenemos el petróleo que implica miles de barriles al mes», respondió escuetamente el líder republicano a una pregunta en los últimos días sobre un cara a cara doloroso para la oposición. Poco después, su equipo confirmó que habrá un breve encuentro informal en los márgenes de la Asamblea.
El año pasado, el reconocimiento de Palestina y el recorte de fondos de la organización fueron los dos temas sobre los que orbitó todo. En 2026, la agenda de la semana engloba la preocupación sobre la (in)capacidad del sistema multilateral para responder a un mundo cada vez más fragmentado, desconfiado y descreído. Un mundo en el que las fuerzas centrífugas ganan elecciones, en el que la IA (el primer ejecutivo de OpenAI, Sam Altman, se dirigirá en privado al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas estos días) empieza a tener un rol crítico y que mete miedo, con guerras desestabilizadoras y cada vez más figuras disruptivas como el propio Trump, que el año pasado ya tomó la palabra protagonizando un show, con denuncias de unas escaleras mecánicas boicoteadas y un choque convertido en oportunidad con Lula da Silva.
El jueves, el saliente Guterres advirtió a los líderes de que el mundo afronta al menos tres problemas existenciales: una Inteligencia Artificial descontrolada, un cambio climático desbocado y una desigualdad creciente que alimenta la inestabilidad. Elementos adicionales a la «tormenta feroz» que describió el mismo día el canadiense Mark Carney desde el Parlamento Europeo.
Guterres también dijo que la división geopolítica y la parálisis del Consejo de Seguridad han creado un entorno de «impunidad». Puso como ejemplos la invasión rusa de Ucrania pero también los ataques de EEUU contra Irán. No tuvo que mencionar la amenaza de Washington a Groenlandia porque una de las mejores noticias para la comunidad internacional este año es el acuerdo entre el Gobierno danés, las autoridades locales y la administración Trump que debería, en teoría, detener ya definitivamente las elucubraciones sobre una posible anexión forzosa. La firma de ese Acuerdo sobre la Seguridad en el Ártico y el Atlántico Norte se espera precisamente para hoy o mañana aquí en Nueva York.
La ONU, a pesar de todas las burlas, las críticas, la estructura anquilosada, la lentitud en el proceso de toma de decisiones y las maniobras sucias e ideológicas en los pasillos, sigue siendo el único foro universal para la cooperación mundial en materia de guerra y paz en este orden internacional que se quiebra bajo una presión insoportable. Hasta el propio Trump, de forma sorprendente y aunque ha recortado drásticamente las aportaciones y retirado a su país de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y la Organización Mundial de la Salud, parece estar razonablemente cómodo con la idea de la ONU, al menos hasta cierto punto.
Pero por todo ello, la organización en vez de centrarse en lo que debería ser su razón de ser, como las misiones de paz o el estado de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que incluyen áreas como la salud, los derechos de las mujeres y la reducción de la pobreza, o la imperiosa reforma que necesita, usa sus energías para sobrevivir, evitar tantos recortes como pueda y pensar en un nuevo líder. Antes de la fecha límite de 2030, solo el 20% de esos Objetivos se están cumpliendo.
«Bajo la Administración Trump, Estados Unidos pasó de ser un defensor imperfecto del orden jurídico internacional a un infractor manifiesto. Si bien EEUU no ha repudiado el sistema multilateral liderado por la ONU, ha causado un gran daño a la organización, insistiendo en reducir las operaciones de paz multilaterales, ralentizando la financiación e intentando imponer su agenda ideológica (…) En lo que respecta a los desafíos más apremiantes para la paz y la seguridad en la actualidad -la guerra entre Estados Unidos e Israel e Irán, así como Ucrania y Sudán-, la ONU destaca principalmente por su estancamiento», resume el análisis del Internacional Crisis Group.
Ahora la «incertidumbre y desasosiego» se incrementan por la expectación que genera un cambio en la cúpula. El secretario general, António Guterres, finalizará su mandato a finales de diciembre, y al menos siete candidatos [la chilena Michel Bachelet renunció el sábado tras constatar que no tenía apoyos suficientes y sí el veto de Trump] están haciendo campañas más o menos abiertas para sucederlo. «Algunos esperan que el próximo secretario general pueda revitalizar la organización y, si Washington se muestra receptivo, recuperar cierta relevancia política y estabilidad financiera. Otros temen que EEUU, China y Rusia conspiren para elegir a un candidato débil y firmemente bajo su control, y que la Administración Trump obligue al próximo jefe de la ONU a realizar recortes aún más drásticos en toda la institución», apunta el think tank.
La organización atraviesa serias dificultades financieras que han llevado a miles de despidos y la suspensión de programas e iniciativas. Estados Unidos, principal contribuyente histórico, mantiene una relación muy tensa con los cuarteles generales. Washington acaba de realizar un pago de 827 millones de dólares pendientes de su contribución a los presupuestos ordinarios y de mantenimiento de la paz, evitando, por ahora, la pérdida de su derecho de voto, pero lo desembolsado es apenas una fracción de lo que EEUU adeudaba, casi 5.000 millones de dólares.
En una de sus últimas comparecencias, Guterres instó a los países a que «cumplan sus promesas en una era de profunda incertidumbre». Carney, en Estrasburgo, lo dijo de otra forma: «Un árbol solo sucumbe a una tormenta, los bosques, resisten».
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