Hubo un tiempo lejano en el que querer que al Real Madrid le fuera mal contra un equipo extranjero estaba muy mal visto. Los aficionados de la Lazio podían desear el mal a los de la Roma (y viceversa) las 24 horas del día en cualquier rincón del mundo; lo mismo les sucedía a los del Marsella respecto a los del PSG y por supuesto a las bancadas del Boca Juniors y el River Plate, cuyo odio recíproco era, es y será visceral. En aquella capital de España de viejas costumbres, sin embargo, consideraban que celebrar que el Real Madrid perdiera con el Aberdeen era poco menos que una traición a la patria.
Hubo un tiempo lejano en el que querer que al Real Madrid le fuera mal contra un equipo extranjero estaba muy mal visto. Los aficionados de la Lazio podían desear el mal a los de la Roma (y viceversa) las 24 horas del día en cualquier rincón del mundo; lo mismo les sucedía a los del Marsella respecto a los del PSG y por supuesto a las bancadas del Boca Juniors y el River Plate, cuyo odio recíproco era, es y será visceral. En aquella capital de España de viejas costumbres, sin embargo, consideraban que celebrar que el Real Madrid perdiera con el Aberdeen era poco menos que una traición a la patria.Seguir leyendo…
Hubo un tiempo lejano en el que querer que al Real Madrid le fuera mal contra un equipo extranjero estaba muy mal visto. Los aficionados de la Lazio podían desear el mal a los de la Roma (y viceversa) las 24 horas del día en cualquier rincón del mundo; lo mismo les sucedía a los del Marsella respecto a los del PSG y por supuesto a las bancadas del Boca Juniors y el River Plate, cuyo odio recíproco era, es y será visceral. En aquella capital de España de viejas costumbres, sin embargo, consideraban que celebrar que el Real Madrid perdiera con el Aberdeen era poco menos que una traición a la patria.

Aquellos días crían malvas y el patriotismo, pasado por el filtro del actual Madrid DF, ha sido reinventado y moldeado, entre otros, por los portadores de pulseras con la bandera de España (acompañadas de tantas otras que un día les quedará bloqueado el codo y tendrán que visitar la mutua), practicantes de un nacionalismo muy peculiar.
Abrió el camino Florentino Pérez, gran saboteador de los intereses de la selección española en repetidos episodios, y al sonido de su flauta le siguieron un ejército de acólitos desenmascarados. Ya no se trataba solo de festejar las derrotas internacionales del Barça (bienvenidos a una rivalidad normal) sino de boicotear el Balón de Oro de Rodri en favor de Vinícius y, llegados a la actualidad, de promover el voto a Mbappé por encima del de Lamine Yamal. Desde aquí no estamos a favor de decidir el voto solo en función del país o equipo que cada uno sienta como suyo (sería traicionar el sentido de este artículo) pero nos cuesta poco imaginar por quién votarían esas voces repentinamente internacionalistas si Lamine Yamal, viéndole jugar como los ángeles después de ganar el Mundial y la Liga, fuera futbolista del Real Madrid.
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