El miedo a que la inteligencia artificial produzca un daño irreparable a la humanidad compite en tiempo con el temor a que no haya dinero suficiente para financiar su crecimiento. Las salidas a bolsa de Anthropic y de OpenAI pondrán a prueba ‘las costuras’ del mercado Leer El miedo a que la inteligencia artificial produzca un daño irreparable a la humanidad compite en tiempo con el temor a que no haya dinero suficiente para financiar su crecimiento. Las salidas a bolsa de Anthropic y de OpenAI pondrán a prueba ‘las costuras’ del mercado Leer
El ruido de tambores ya resuena en los pasillos de la Bolsa de Nueva York, que se prepara para recibir a la mayor salida a bolsa de la historia. Aunque su valoración no está asegurada. Dario y Daniela Amodei, cofundadores de Anthropic, deberían dar el toque de campana la segunda semana de noviembre en Wall Street. Aspiran a arrebatar al hombre más rico del mundo, Elon Musk, el honor de protagonizar el debut bursátil de mayor tamaño jamás contado. La velocidad es tal que el gigante de la IA confía en incrementar entre un 60% y un 100% su última valoración de mercado, que estaba en 965.000 millones de dólares, para estrenarse siendo una compañía billonaria. Se habla de una horquilla entre los 1,65 y 2 billones de dólares (1,5 y 1,8 billones de euros al cambio). Consecuentemente, sus necesidades de financiación irían a más, desde los 65.000 millones iniciales que planteaba recaudar entre los inversores que acudieran a la OPV a cifras sobre los 100.000 millones de dólares.
¿Se han perdido ya en este tornado de cifras? No es que no estemos preparados para la llegada de Anthropic a la esfera pública; es que la inteligencia artificial empieza a dar miedo. Lo reconocen sus propios creadores que dicen desconocer su alcance. Y lo dejan escrito negro sobre blanco públicamente para descargarse de culpa en el confesonario en el que se han convertido las redes sociales. Y se echan a un lado. No quieren ser quienes estén detrás del apocalipsis, como si alguien se fuera a acordar de aquello si alguna vez sucediera… Pero antes de que la IA provoque el fin del mundo, alguien debe financiarla y la gran pregunta que ronda el mercado desde hace meses es si hay dinero para todo y para todos.
La realidad es que el miedo es libre y da la sensación de que en los mercados de capitales corre más que en otros lugares. En las últimas semanas, el temor a que Anthropic acapare toda la inversión disponible en el mundo, ha provocado el retraso o la cancelación de salidas a bolsa de compañías vinculadas al sector de la IA. También que el otro gran actor del mercado, como es OpenAI (fundador de ChatGPT), se adelante al estreno para captar 30.000 millones de euros de financiación. En un wait and see de manual, Sam Altman decidió este verano retrasar su salida al Nasdaq para poder observar desde el sofá cómo le va a su competidor y no tensionar más al mercado, después del debut de SpaceX en el que captó 75.000 millones de dólares y donde dejó espacio para el pequeño inversor, quien gana un 9% desde su estreno.
Si se suman solo los tres grandes debuts de Wall Street, entre junio y marzo de 2027 los inversores habrán puesto sobre la mesa unos 275.000 millones de dólares para conformarse con una porción ínfima del capital de estas empresas, cuyos fundadores seguirán concentrando casi todo el control. A estas necesidades de financiación habría que sumar la de otros dos mundos. En el universo de quienes aspiran a cotizar y que han dejado el plantel desierto a la espera de Anthropic se cierne la crisis de los denominados neoclouds. Firmus Grid, una firma australiana de centros de datos respaldada por Nvidia, canceló su estreno bursátil previsto para este mes de octubre. Se hablaba de una valoración de unos 30.000 millones de dólares, y una captación en mercado de unos 5.000 millones, el 5% del capital aproximadamente. Nvidia entró en una ronda de financiación de la compañía la pasada primavera y tiene un acuerdo firmado a largo plazo para la colaboración entre ambas empresas. AirTrunk, propiedad de Blackstone, también retrasó la semana pasada el debut de su fondo inmobiliario para centros de datos en Singapur hasta 2027.
Nscale, británica y llamada a jugar un papel muy importante en la independencia estratégica de Europa, está ya en el disparadero para salir a cotizar. Especializada en infraestructuras de IA, aspiraba a una valoración de 30.000 millones de dólares, aunque los inversores parecen estar dispuestos a pagar no más de 19.000 millones.
En todo esto no ha ayudado el desplome del 32% que sufrió la empresa surcoreana Elice en su primer día como cotizada el pasado 20 de octubre. Los inversores lo han interpretado como una nueva señal de alarma sobre las valoraciones de las compañías de inteligencia artificial.
CoreWeave, una empresa dedicada a la computación en la nube y a centros de datos de muy alto nivel para el desarrollo de la IA (Nvidia es su principal cliente), acaba de sufrir la huida masiva de inversores de su deuda ante las dudas sobre su viabilidad. Esto disparó la rentabilidad de sus bonos del 9,7% al 15% en cuestión de horas, con vencimiento a 2032 y sus acciones se hunden un 27% en el último mes. En su contra juega la subida de tipos de interés de los bancos centrales y las tensiones en el mercado de bonos soberanos con rentabilidades históricas. ¿Para qué comprar deuda de un neocloud al 9% si EEUU me paga el 5% a diez años?
Y un dato más: el desplome de los semiconductores. El índice de Filadelfia sufrió ocho sesiones consecutivas de caída, en las que se evaporaron más de 1,8 billones de dólares de valoración. Solo en los últimos 15 días, Nvidia había caído un 10% y eso es mucho para la compañía por excelencia, con 5,2 billones de dólares de capitalización.
A la decepción de estrenos que no llegan, se añaden las necesidades de financiación de quienes ya cotizan. Elon Musk busca estos días cerrar otros 40.000 millones de dólares para el crecimiento de su proyecto espacial -que, por cierto, estaría estudiando fusionar con Tesla-. Cálculos de Bloomberg hablan de un gasto anual por parte de los hyperscalers cercano al billón de dólares hasta 2031. Solo el próximo año Alphabet invertirá cerca de 300.000 millones de dólares, una cifra similar a la de Amazon, y seguida de Microsoft y Meta con otros cerca de 200.000 millones . «La aparición de una nueva tecnología de propósito general genera grandes oportunidades económicas, pero, al mismo tiempo, hace que resulte excepcionalmente difícil determinar, en tiempo real, quiénes serán los ganadores y quiénes los perdedores», reconoce el Banco Central Europeo (BCE), en uno de los papers publicados en octubre sobre la magnitud de financiar la IA para los bancos europeos. Ahora bien, también advierte de que su difusión hará que se devalúen estos activos, como ha sucedido con todas las tecnologías llamadas a ser utilizadas a nivel global. Este temor es, en realidad, el que mece la cuna. No solo es difícil valorar una nueva forma de entender el mundo de la IA, sino que se da por hecho que el coste de utilizarlo tenderá a caer para los usuarios, lo que repercutirá en menores ingresos para sus compañías y menores márgenes. El problema es la velocidad y saber si hará caer todo el castillo de naipes. El mercado privado atesora ingentes cantidades de dinero invertido en carteras que son un totum revolutum de empresas vinculadas a la IA cuyas valoraciones penden de un hilo y podrían evaporarse en el momento en el que se demuestre que su modelo es mucho menos valioso de lo que se pensaba.
Y hay otro factor determinante que debería preocupar: la concentración histórica del mercado en EEUU y, por ende, en tecnología e IA. Un inversor que tenga una cartera global a través del índice más representativo de todos, el MSCI World, debe saber que en realidad está invertido en un 73% solo en EEUU, y una cuarta parte de todo lo representan solo Nvidia, Apple, Microsoft, Amazon, Alphabet, Meta y Tesla. Es más: la lección aprendida de la salida de SpaceX en junio era que Nasdaq estaba dispuesto a cambiar sus propias normas para que la firma entrara al índice en solo 15 días, lo que obligó a reponderar toda la industria de fondos indexados que existe en el mundo. S&P no tocó sus estatutos en cambio. Si la burbuja de la IA estallara (aunque no la haya según la inmensa mayoría de bancos de inversión, que son quienes financian también sus operaciones), arrasaría con buena parte del ahorro en el mundo al provocar una crisis mucho mayor.
Mientras la gente siga entretenida con la inteligencia artificial, que todo lo abarca, la realidad es que es una distracción sobre el resto de situaciones complejas que se están desarrollando en el mundo. Ahora bien, «si ese respaldo» deja de existir, aseguran desde Bank of America, «todos los demás riesgos podrían verse considerablemente amplificados»… como es el caso de los problemas de endeudamiento de países como Francia o EEUU; inflaciones por el precio de la energía disparadas o el menor crecimiento previsto.
Pero más allá de los mercados, el miedo que despierta la IA es tan hipnótico como popular. A principios de septiembre The Wall Street Journal llevaba a portada la salida de un investigador de Anthropic que aseguraba sucintamente que la IA podría acabar con todos nosotros antes de 2030. En verano, una de las inteligencias artificiales de OpenAI escapó de su control y atacó otra compañía, Hugging Face. Su CEO clamó en la reunión del pasado G20 por la necesidad de desarrollar mejores herramientas de ciberseguridad. El propio Amodei se sentó a la mesa a finales de septiembre con Donald Trump en la Casa Blanca para limar asperezas después de varios encontronazos en los que el fundador de Anthropic pidió echar el freno en el desarrollo de la IA y se negó a servir al Ejército de EEUU para el uso de armas autónomas o para vigilar a los estadounidenses. Todo esto al presidente de EEUU le parece perder la carrera frente a China y es quien está forzando acelerar los desarrollos en ese tsunami de la IA del que habla el CEO de Anthropic que ya entona un mea culpa preventivo. Ante su debut en Wall Street, su compañía creará un fondo solidario con el 5% de las acciones de la empresa que busca mitigar y compensar la destrucción de empleo que está por venir.
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