
Es curioso cómo nos acostumbramos a lo extraordinario. A principios de julio, dos naves espaciales han visitado dos asteroides nunca explorados, transmitiendo fotografías e información sobre lo que en esencia son dos nuevos pequeños mundos. Y la noticia, casi convertida en rutina, apenas ha llegado al gran público.
La nave china Tianwen 2 y la japonesa Hayabusa 2 han transmitido fotografías e información de estos pequeños mundos
Es curioso cómo nos acostumbramos a lo extraordinario. A principios de julio, dos naves espaciales han visitado dos asteroides nunca explorados, transmitiendo fotografías e información sobre lo que en esencia son dos nuevos pequeños mundos. Y la noticia, casi convertida en rutina, apenas ha llegado al gran público.
Hasta ahora, se han explorado de cerca (y transmitido las correspondientes imágenes) dos docenas de cuerpos menores del sistema solar. Seis son cometas; el resto, asteroides, incluyendo entre ellos al planeta enano Ceres. A ellos se suman ahora otros dos, que responden a los nombres de Kamoʻoalewa y Torifune.
Kamoʻoalewa ha recibido la visita de una sonda china, la Tianwen 2. Ese nombre se aplica a un programa genérico de exploración del sistema solar: la Tianwen 1 se lanzó hacia Marte en 2020 y constituyó un éxito espectacular. Fue la primera vez que se enviaron un orbitador, un aterrizador y un rover en el mismo vehículo. Los tres funcionaron perfectamente al primer intento. La agencia china también incluyó varias cámaras automáticas para fotografiar tanto a la nave en órbita alrededor de Marte como el rover y el aterrizador posados en la superficie en una famosa “selfi” que dio la vuelta al mundo.
Tianwen 2 es un vehículo de exploración y obtención de muestras de asteroides. Su objetivo fue un pequeño pedrusco que orbita cerca de la Tierra. Tanto que se considera un cuasisatélite nuestro. Como fue descubierto por un telescopio situado en Hawái, recibió nombre hawaiano, concretamente un verso de una canción tradicional de las islas.
El viaje hasta allí solo le tomó 400 días, muy corto para lo que suelen durar estas misiones. Y es que Kamoʻoalewa sigue una órbita alrededor del Sol muy parecida a la de la Tierra y casi con el mismo periodo: alrededor de 365 días. Por eso nunca se aleja mucho de nosotros.
Para llegar allí, la nave empleó un motor iónico de muy poco empuje pero capaz de funcionar durante días enteros; las maniobras de encuentro y entrada en órbita se hacen mediante reactores químicos, mucho más potentes.
Antes del lanzamiento, se le suponía un tamaño de alrededor de cien metros; las fotos transmitidas por la Tianwen 2 demuestran que es mucho menor: 30 metros escasos de lado a lado. Como la nave, con sus paneles solares extendidos, tiene una envergadura de 12 metros, una vez posada en la superficie, cubrirá literalmente medio mundo. Recuerda mucho a los brotes de baobabs que el Pequeño Príncipe de Saint-Exupéry debía arrancar cada día en su asteroide para evitar que las raíces lo perforasen.
Siendo un cuerpo tan diminuto, su gravedad es prácticamente nula. Eso hace muy complicado posarse allí. La sonda europea Philae lo intentó en el cometa Churyumov-Gerasimenko. Aunque llevaba arpones y taladros para aferrarse al suelo, no funcionaron y el vehículo rebotó en el impacto para ir a caer en una fisura del terreno.
Aprovechando esa experiencia, la nave china dispone de más sistemas de agarre: cuatro patas flexibles para reducir el impacto con el suelo y en las almohadillas de contacto, unas diminutas “garras” diseñadas para encajarse en las pequeñas grietas del regolito. Además, la base de las almohadillas va cubierta con un material sintético que se “pega” al suelo, como las patas de las lagartijas que les permiten subir por paredes verticales.
Para obtener las muestras, la Tianwen 2 utilizará taladros instalados en sus patas. No son brocas tradicionales accionadas por motor. Aparte de muy pesadas, al morder el suelo, harían que toda la nave saliese despedida hacia arriba por simple reacción. Además, el polvo del regolito podría obstruir las estrías de la broca.
Los técnicos chinos se han decantado por taladros ultrasónicos. Consisten en una barra que se apoya suavemente sobre el terreno, evitando así el efecto de rebote. A través de ella, unos cristales piezoeléctricos transmiten vibraciones de alta frecuencia, suficientes para pulverizar la roca. Algo parecido a los equipos de litotricia con los que se tratan ciertos cálculos renales.
Con este sistema, los técnicos chinos esperan recoger unos cien gramos de muestras y traerlas a la Tierra. Más o menos, la misma cantidad que obtuvo la NASA del asteroide Bennu en 2023. Y muchísimo más que lo que consiguieron los japoneses en sus dos misiones previas, en 2005 y 2018: menos de un miligramo en el primer intento y cinco modestos gramos en el segundo.
¿Y todo esto, para cuándo? Todas las operaciones en un entorno de baja gravedad son muy críticas. Cualquier error puede enviar a la nave otra vez hacia el espacio. Por ahora, la Tianwen 2 está en una órbita a 30 kilómetros de altura, desde donde ha obtenido las primeras fotos. En las próximas semanas irá descendiendo de nivel, primero hasta situarse a 3 kilómetros y luego hasta los 300 metros, desde donde confirmar los lugares más idóneos para posarse.
La aproximación final y muestreo se harán a principios del 2027. Hecho esto, en abril, encenderá sus motores químicos para romper órbita alrededor del asteroide y regresar a las proximidades de la Tierra para desprender la cápsula con el material recogido. Luego, aprovechará la atracción de nuestro planeta para acelerar rumbo a su próximo y más remoto objetivo: el cometa PanSTARRS, con el que tiene cita en enero de 2035.
China anunció su éxito el 5 de julio; al día siguiente, la agencia espacial japonesa (JAXA) lanzaba una noticia similar. Su nave Hayabusa 2, una sonda veterana con más de doce años a cuestas, acababa de visitar otro asteroide nunca visto de cerca. Tan desconocido que ni siquiera tenía nombre; solo un número: 98943.
A principios de 2023, la agencia japonesa convocó una campaña de votación pública para darle un nombre más adecuado. De entre más de 3000 propuestas, un jurado de nueve niños seleccionó “Torifune”, un barco mitológico “tan rápido como un pájaro y tan firme como una roca”.
Y sí que era rápido. La sonda pasó ante él como un relámpago, a una velocidad relativa de 18.000 kilómetros por hora. Y su trayectoria resultó, como su nombre, firme: el sobrevuelo se hizo a 800 metros del centro del asteroide, o sea apenas a 300 metros de su superficie. Nunca se había ejecutado un encuentro tan próximo.
En los escasos segundos que duró la maniobra final, las cámaras tuvieron tiempo justo para tomar una foto del asteroide. Y ahí saltó la sorpresa: Torifune tiene forma de cacahuete, casi un gemelo de Itokawa, el asteroide objetivo de la primera sonda Hayabusa en 2005.
Tanto Itokawa como Torifune son dos masas de escombros consolidados en un solo cuerpo por la acción de su propia gravedad. Probablemente son fragmentos producidos por un impacto ocurrido hace 4.500 millones de años, durante la formación del sistema solar. Se llaman “asteroides de contacto”.
Si el origen del material que los forma es el resultado de una violenta colisión, su formación -milenios más tarde- fue mucho más suave. Sus dos lóbulos, formados por acumulación de detritus, fueron aproximándose poco a poco por pura atracción gravitatoria. Empezaron a girar uno en torno al otro hasta que las fuerzas de marea y la pérdida de energía orbital los fueron aproximando hasta hacer contacto. Están unidos por su escasísima gravedad y la propia fricción de sus materiales.
Los asteroides de contacto parecen más comunes de lo que se suponía. Además de Itokawa y Torifune, el cometa Churyumov-Gerasimenko visitado por la sonda europea Rosetta también lo es: dos prominencias casi esféricas que lo asemejen (según el punto de vista) a un patito de goma. Y también Arrokoth, el objeto más lejano visto hasta ahora, más allá de Plutón. Lo fotografió la nave New Horizons en el 2019.
De todas formas, por frecuente que sea esa morfología, sorprende que Itokawa y Torifune parezcan casi idénticos tanto en forma como en tamaño (unos 500 metros de longitud). Resulta difícil distinguir uno de otro. Tal vez es una consecuencia fortuita del ángulo en que se registró la imagen.
El objetivo de la operación no era solo acercarse a Torifune para batir un récord de velocidad. Casi toda la aproximación se ha hecho mediante guiado autónomo. Han sido las cámaras de a bordo las que lo localizaron como un débil un punto de luz varias semanas atrás y los propulsores de la nave los que han ido ajustando la trayectoria con precisión milimétrica.
Esta capacidad de navegación autónoma será vital para establecer algún día un programa de protección planetaria contra impactos de meteoritos. Hace años, ya se ensayó un impacto directo contra una pequeña roca en órbita alrededor de otro asteroide. Se consiguió desplazarla apreciablemente de su trayectoria. La experiencia del Hayabusa 2 es un paso más hacia conseguir un sistema protector autónomo.
La misión de la sonda japonesa -al igual que la china- no termina aquí. Tiene por delante dos años más de navegación por el espacio, dos encuentros cercanos con la Tierra para ajustar su trayectoria y un nuevo encuentro con otro asteroide que por ahora no tiene otro nombre que 1998 KY26.
Es un blanco todavía más pequeño que Torifune: unos 10 metros de diámetro, o sea, como un autobús. El Hayabusa 2 intentará entrar en órbita a su alrededor -una verdadera hazaña de navegación ultraprecisa. Desde lo alto, investigará el último misterio: cómo es posible que la fuerza centrífuga no desintegre una roca que gira alocadamente sobre sí misma cada cinco minutos.
Y, si aún le queda combustible, quizá sea posible posar la nave sobre ese mundo en miniatura.
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