El primer aparcamiento de la gigantesca Valdebebas, en medio de una explanada y cruces de carreteras, un lugar idóneo para encontrar privacidad a escasos metros del futuro circuito de Fórmula 1, empezó a llenarse alrededor de las 17.00 horas. Los periodistas comenzaban sus directos, se formaron corrillos y se especulaba con qué sucedería a partir de las 18.00. La sensación general es que no iba a haber dimisión, sino que Florentino Pérez iba a “pasar balance”, “activar el 10% de cambio de propiedad del club” o “simplemente lanzar un mensajes de tranquilidad y confianza”.
El presidente del Real Madrid dejó atónitos a los periodistas presentes, que no daban crédito de lo que estaban presenciando con su discurso y su puesta en escena
El primer aparcamiento de la gigantesca Valdebebas, en medio de una explanada y cruces de carreteras, un lugar idóneo para encontrar privacidad a escasos metros del futuro circuito de Fórmula 1, empezó a llenarse alrededor de las 17.00 horas. Los periodistas comenzaban sus directos, se formaron corrillos y se especulaba con qué sucedería a partir de las 18.00. La sensación general es que no iba a haber dimisión, sino que Florentino Pérez iba a “pasar balance”, “activar el 10% de cambio de propiedad del club” o “simplemente lanzar un mensajes de tranquilidad y confianza”.
Un mini tren transportó a las 17.33 a los periodistas al edificio principal de la Ciudad Real Madrid. Un trayecto de cinco minutos de bromas y conversaciones banales, anécdotas como que antes había aves en los aledaños, en época de Carlos Queiroz, y ahora no quedan ya animales. Curiosamente, el técnico portugués fue el principio del fin de la primera etapa del dueño de ACS. No iba a haber después dimisión, pero sí una rueda de prensa que marca el futuro y la imagen del presidente.
Todo cambió de color desde la primera palabra de Florentino. Los textos escritos eran ya caducos. No servían para nada. El presidente, con voz temblorosa, se arrancó convocando elecciones y empezó una retahíla de acusaciones contra medios de comunicación que hizo entrever por dónde iba a ir todo. Fue un Florentino dubitativo, repetitivo, que se enzarzó con compañeros (Rubén Cañizares, de ABC), a quien se le escapó alguna frase inapropiada y machista. Todo ello mientras se le desorganizaban los papeles, el micrófono se le alejaba y miraba el teléfono con lentitud, como si el tiempo televisado se detuviese para comentar un chascarrillo. Su sonido cada vez era más débil. Lejos de transmitir autoridad, fue inquietante el fondo y la forma. ‘Out of context.
Fue ahí, en la primera pregunta cuando aclaró que no iba a hablar de asuntos deportivos, cuando la frase más repetida en la sala de prensa, repleta de periodistas de todos los medios nacionales e internacionales, fue la de “que se acabe ya…”. Nadie sabía dónde mirar ni dónde meterse, como contemplando a Gloria Swanson en Sunset Boulevard de Billy Wilder, en ese impecable film que explica la metáfora del crepúsculo de los Dioses, héroes del cine mudo caídos en desgracia con el color. No se ajusta a la realidad de un personaje cuya empresa factura 50.000 millones y sigue mandando en el club más laureado de la historia, el Real Madrid, pero se le vio en carne y hueso a sus 78 años, sin máscaras, por eso, quizás, llevaba 11 años sin aceptar preguntas y solo leyendo comunicados.
La mirada se dirigió a los intentos de los miembros de comunicación del club, que tuvieron que driblar de alguna manera al presidente tras tres intentos en vano de parar ya las preguntas, después de una hora de discurso revelador sobre su personalidad, como si todas las habladurías se convirtieran en una película pero basada en hechos reales. “Repite las cosas tres veces”, explicaban con anterioridad algunas fuentes que tratan con él. Un hecho que se constató.
Al irse el presidente, a paso lento, todo el mundo tragó saliva y se produjeron distintos comentarios sobre lo que se acababa de presenciar. Las radios iniciaron sus directos, y en minutos quedó la sala medio despoblada. “Qué triste”, “no sé lo que acabo de ver”, “no tenía que haber salido”… Comentarios de todo tipo acompañaron el camino a ese aparcamiento ya sin coches. Ni aves. “Yo soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas”, como se diría en Sunset Boulevard.
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