Las ‘stablecoins’ prometen estabilidad, pero concentran poder privado, riesgo sistémico y una nueva geopolítica del dinero digital. Leer Las ‘stablecoins’ prometen estabilidad, pero concentran poder privado, riesgo sistémico y una nueva geopolítica del dinero digital. Leer
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Los monstruos más peligrosos no son los que rugen. Son los que sonríen, los que se presentan con modales impecables, los que dicen ser lo que no son y te devoran por dentro cuando estás ya entregado. Byung-Chul Han lo ha actualizado a la economía actual al señalar que el poder inteligente, amable, no opera frontalmente contra la voluntad de los sujetos sometidos, sino que dirige esa voluntad a su favor. Pues bien, hay 322.000 millones de dólares circulando por internet que se hacen llamar dólares y no lo son. Son promesas. Promesas digitales, lacradas en blockchain, que duermen en los teléfonos de millones de personas convencidas de que llevan moneda fuerte en el bolsillo.
Es el mercado de las llamadas stablecoins (monedas estables) y ha superado ya las reservas de divisas de 95 países, entre ellos Reino Unido y Canadá. Lo gestiona un puñado de empresas privadas que juran devolverte un dólar a cambio de su ficha cuando lo reclames, y la mayor parte del mundo financiero ha decidido tomarles la palabra como si fuera la de la Reserva Federal. No lo es.
La mecánica es vieja disfrazada de nueva. Una empresa privada –Tether, Circle, alguna otra-recibe tus dólares, te entrega a cambio una ficha que circula en una cadena pública, y se queda el dinero invertido en letras del Tesoro embolsándose los intereses. Tether ganó 1.040 millones de dólares solo en el primer trimestre de 2026 haciendo exactamente eso. Es uno de los negocios más rentables del planeta y prácticamente nadie lo regula como banco, aunque hace lo que hace un banco desde tiempos de los Médici: tomar pasivos a la vista, invertirlos a plazo, vivir del diferencial. Es el viejo sueño hayekiano de la banca libre vuelto a la vida con interfaz amable. Lo que tenemos, en realidad, es Tether: una empresa que en quince años jamás ha presentado una auditoría completa de una Big Four, registrada en El Salvador.
La narrativa oficial, que el secretario del Tesoro Scott Bessent repite con catequista devoción, es que las stablecoins refuerzan al dólar porque generan demanda de deuda americana y enganchan al ecosistema del dólar a millones de personas sin cuenta bancaria. Es cierto a corto plazo, y ahí donde termina la verdad empieza el vértigo. Tether es ya el decimoséptimo mayor tenedor de bonos del Tesoro del planeta, por delante de Corea del Sur. Esa cifra, presentada como triunfo, debería leerse como advertencia: una empresa privada sin auditar, sin ventanilla de descuento en la Fed, sin disciplina prudencial seria, sostiene más deuda soberana americana que casi todos los bancos centrales del mundo. ¿Qué ocurrirá el día que tenga que vender deprisa?
Lo sabemos, porque ya lo hemos visto. Cuando Silicon Valley Bank quebró en marzo de 2023, USDC perdió el dólar al descubrirse que tenía 3.300 millones atrapados allí, y solo la garantía federal salvó la cara. Cuando Terra se desplomó en mayo de 2022, cincuenta mil millones se evaporaron en una semana como si nunca hubieran existido. Todo instrumento que promete devolución a la par respaldado por activos imperfectamente líquidos termina sufriendo pánicos. Las stablecoins son su última encarnación.
Y hay dos consecuencias. Cada dólar que se desplaza de un depósito bancario a una stablecoin abandona el circuito del crédito -hipotecas, pymes, consumo- para refugiarse en uno que solo compra letras del Tesoro. Si crecen al ritmo proyectado, hasta dos o tres billones al final de la década, asistiremos a una contracción de la base de depósitos de la banca occidental que nadie ha auditado y de la que nadie se hará responsable. Y, sobre todo, en Argentina, Turquía, Nigeria o Venezuela, millones de personas abandonan la moneda nacional por dólares digitales privados emitidos en El Salvador. El Fondo Monetario lo llama criptodolarización. Cuando ocurre, el banco central pierde algo más que clientes, pierde la voz. Y esta vez la voz no la recoge la Reserva Federal, la recoge Tether.
El verdadero error de Washington es geopolítico. Cree que afianza al dólar y en realidad enseña a sus rivales cómo se construye dinero digital sin pedir permiso. Hong Kong concedió en abril sus dos primeras licencias. Rusia emitió en 2024 una stablecoin en rublos que en menos de un año movió 93.300 millones de dólares como carril de pagos para actores sancionados. China prohíbe las stablecoins privadas y despliega su yuan digital. La carrera por el dinero del siglo XXI no la está ganando el dólar: la está disputando, y bajo reglas que Washington ya no escribe solo.
Una regulación seria trataría a las stablecoins por lo que económicamente son: bancos estrechos. Reservas en el banco central, auditorías de verdad, límites de tenencia, equivalencia internacional vinculante. Mientras tanto, ahí duermen en los teléfonos, sonriendo porque tienen el control de tus ilusiones monetarias.
*Francisco Rodríguez es Catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.
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