Hay algo extraordinario en ver a 17.000 personas cantar a pleno pulmón canciones interpretadas por personajes que, en realidad, nunca existieron. El Palau Sant Jordi estaba lleno hasta la última grada, pero no para ver a una superestrella del pop, ni a una banda icónica de los noventa. Lo que congregó allí a miles de personas fue una telenovela. O, mejor dicho, el extraño momento en que una serie de ficción deja de serlo. Mientras esperaba a que empezara el concierto, observé detenidamente a todos los asistentes. Había adolescentes, sí, pero también parejas de 50 años, grupos de amigas, familias enteras con todos sus hijos, e incluso padres que probablemente nunca habían escuchado reguetón antes de ver La reina del flow. Todos compartían un mismo deseo. Más que escuchar las canciones, habían ido a reencontrarse con aquellos personajes que, durante tantos años, dejaron entrar en sus casas.
Hay algo extraordinario en ver a 17.000 personas cantar a pleno pulmón canciones interpretadas por personajes que, en realidad, nunca existieron. El Palau Sant Jordi estaba lleno hasta la última grada, pero no para ver a una superestrella del pop, ni a una banda icónica de los noventa. Lo que congregó allí a miles de personas fue una telenovela. O, mejor dicho, el extraño momento en que una serie de ficción deja de serlo. Mientras esperaba a que empezara el concierto, observé detenidamente a todos los asistentes. Había adolescentes, sí, pero también parejas de 50 años, grupos de amigas, familias enteras con todos sus hijos, e incluso padres que probablemente nunca habían escuchado reguetón antes de ver La reina del flow. Todos compartían un mismo deseo. Más que escuchar las canciones, habían ido a reencontrarse con aquellos personajes que, durante tantos años, dejaron entrar en sus casas.Seguir leyendo…
Hay algo extraordinario en ver a 17.000 personas cantar a pleno pulmón canciones interpretadas por personajes que, en realidad, nunca existieron. El Palau Sant Jordi estaba lleno hasta la última grada, pero no para ver a una superestrella del pop, ni a una banda icónica de los noventa. Lo que congregó allí a miles de personas fue una telenovela. O, mejor dicho, el extraño momento en que una serie de ficción deja de serlo. Mientras esperaba a que empezara el concierto, observé detenidamente a todos los asistentes. Había adolescentes, sí, pero también parejas de 50 años, grupos de amigas, familias enteras con todos sus hijos, e incluso padres que probablemente nunca habían escuchado reguetón antes de ver La reina del flow. Todos compartían un mismo deseo. Más que escuchar las canciones, habían ido a reencontrarse con aquellos personajes que, durante tantos años, dejaron entrar en sus casas.
La serie colombiana traspasa la pantalla y convierte el Sant Jordi en un karaoke de 17.000 voces
Los estilismos de los asistentes también estuvieron a la altura de las circunstancias. Las fans replicaron los conjuntos que lucen los actores en la serie colombiana y las lentejuelas, los brillos metálicos y las camisetas de rejilla se hicieron notar al instante. Mención especial a las coronas como homenaje a Yeimy Montoya, que fue el accesorio más popular de la noche. Cuando se apagaron las luces, los primeros gritos fueron para los personajes de Charly Flow –interpretado por el actor Carlos Torres– y el Pez Koi –por Juan Manuel Restrepo–, cuyos nombres retumbaron por todo el Sant Jordi. El espectáculo arrancó con Colombian style , un himno que cantaron al unísono gran parte del elenco de actores: Kevin Bury, Jay Torres, Juan Palau y Juanma Restrepo. El Palau respondió desde el primer segundo. Después tomó el relevo la única mujer del grupo, María José Vargas, que rescató uno de los temas más icónicos de la primera temporada, Depredador . Pero el verdadero estallido de la noche se hizo esperar hasta la tercera canción. Entonces apareció Carlos Torres gritando: “¡Qué chimba, Barcelona!”, y desató la locura entre sus fans antes de dar paso a Perdóname , uno de los momentos más coreados del concierto. El espectáculo de los seis integrantes de la serie duró más de dos horas y terminó convirtiéndose en una mezcla entre un karaoke multitudinario y una reunión familiar entre amigos. Se percibía una euforia difícil de ver en otros espectáculos, porque cada uno de los 17000 asistentes se sabía, como poco, el estribillo de cada canción, y esto no es poca cosa. En un momento en el que el consumo de las series es cada vez más rápido, es llamativo que una telenovela que se estrenó en el 2018 supere las 120.000 entradas vendidas en su gira por España y consiga agotarlas en Barcelona y Madrid. Quizás porque La reina del flow nunca fue solo una serie; para miles de personas fue una compañía diaria. Y, anoche, la realidad superó la ficción.

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