Hay un inmenso ecosistema microbiano en nuestro organismo que influye en la salud y la enfermedad. La comunidad científica todavía está tratando de descifrar exactamente su papel y comprender su comportamiento, pero ya se sabe que el microbioma humano, ese universo de bacterias, virus, hongos y arqueas que nos habita, puede hacer de barrera protectora contra patógenos externos, ayudar a metabolizar alimentos e, incluso, modular el sistema inmune. Sobre esa interacción con el ejército defensivo del organismo ha ahondado un estudio publicado este jueves en la revista Science: la investigación ha descubierto que el microbioma intestinal de una persona podría ayudar a determinar si va a desarrollar reacciones adversas, como fiebre, tras recibir una vacuna.
Un estudio revela que la composición del universo de bacterias, virus, hongos y arqueas que nos habita puede modular reacciones inflamatorias y síntomas de malestar después del pinchazo
Hay un inmenso ecosistema microbiano en nuestro organismo que influye en la salud y la enfermedad. La comunidad científica todavía está tratando de descifrar exactamente su papel y comprender su comportamiento, pero ya se sabe que el microbioma humano, ese universo de bacterias, virus, hongos y arqueas que nos habita, puede hacer de barrera protectora contra patógenos externos, ayudar a metabolizar alimentos e, incluso, modular el sistema inmune. Sobre esa interacción con el ejército defensivo del organismo ha ahondado un estudio publicado este jueves en la revista Science: la investigación ha descubierto que el microbioma intestinal de una persona podría ayudar a determinar si va a desarrollar reacciones adversas, como fiebre, tras recibir una vacuna.
“Antes de este estudio, ya existían indicios de que el microbioma intestinal puede influir en la respuesta a las vacunas, en particular en la producción de anticuerpos. Sin embargo, se comprendía mucho menos si el microbioma también influye en los efectos secundarios de las vacunas; por ejemplo, por qué una persona desarrolla fiebre y se siente mal, mientras que otra tiene muy poca reacción”, explica Ruth Ley, científica del Instituto Max Planck de Biología (Alemania) y autora del estudio.
Para resolver esta incógnita, los investigadores estudiaron a 171 adultos sanos que recibieron una vacuna de ARNm contra el SARS-CoV-2 y descubrieron que aquellos que experimentaron fiebre (un aumento de la temperatura de al menos 0,8ºC más) tenían unas características biológicas particulares: sufrían una inflamación intestinal de bajo grado y sus microbiomas digestivos eran ricos en bacterias de la familia Lachnospiraceae. Estos microbios producen flagelina, una sustancia capaz de activar vías inmunitarias inflamatorias e intensificar las reacciones asociadas a la vacuna.
Para ver si había causalidad en estas asociaciones que observaban, los autores hicieron varios experimentos: los microbiomas humanos asociados a la fiebre provocaron respuestas inflamatorias más intensas en organoides intestinales humanos y transfirieron una respuesta vacunal más fuerte a ratones libres de gérmenes. “Nuestros experimentos sugieren que esta flagelina microbiana contribuye a un estado de mayor predisposición inflamatoria. Cuando la vacunación proporciona un fuerte estímulo inmunitario, las personas que parten de un nivel basal de inflamación elevado pueden generar una respuesta sistémica más intensa”, expone Ley.
En una cohorte independiente de más de un millar de adultos que recibieron la vacuna, también encontraron que un tipo de bacterias de la familia Lachnospiraceae era más abundante en las personas que notificaron reacciones sistémicas, como fiebre, cefalea y dolor muscular. “Esto sugiere que el mecanismo podría extenderse más allá de la fiebre a reacciones sistémicas a las vacunas en general”, sopesa la autora del estudio.
Ley matiza, eso sí, que el microbioma no es la única explicación para los efectos adversos de las vacunas. “Muchos factores, como la edad, el sexo, la exposición previa al antígeno, el tipo de vacuna y el estado inmunitario subyacente de cada individuo, pueden influir en las reacciones a las vacunas. Incluso dentro del microbioma, es improbable que la flagelina sea el único mecanismo”, plantea.
La dieta
En todo caso, los científicos también vieron que la producción de flagelina microbiana podía modificarse mediante la dieta: en experimentos in vitro, observaron que ciertos aditivos alimentarios aumentaron la producción de esta proteína y una dieta de estilo occidental exacerbó las reacciones a la vacuna en ratones. También se encontraron con que los participantes que seguían dietas vegetarianas o veganas tenían menos probabilidades de presentar fiebre, aunque esta observación se basó en datos autodeclarados de solo 46 participantes.
“No hemos demostrado que modificar la dieta de una persona antes de la vacunación prevenga los efectos secundarios”, adelanta Ley. Por ahora, solo encontraron una asociación entre la dieta habitual y la aparición de fiebre en las personas y, mediante estudios experimentales, demostraron que la dieta puede alterar la producción de flagelina microbiana y la inflamación asociada a la vacuna. “Esto convierte a la dieta en un factor interesante para futuros estudios de intervención, pero el siguiente paso consiste en comprobarlo adecuadamente en seres humanos”, señala la autora.
La vacunación es una estrategia de salud pública de éxito, que ha evitado la muerte de más de 154 millones de personas en el mundo en medio siglo. Pero el temor a los efectos secundarios de los pinchazos sigue siendo un elemento fundamental sobre el que se cimenta la reticencia a las vacunas, un fenómeno que, en los últimos años, está ganando peso en buena parte de Occidente y al que la Organización Mundial de la Salud ya cataloga como uno de los 10 principales riesgos para la salud mundial. Los investigadores sostienen que la capacidad de predecir y controlar el riesgo de reacciones adversas es clave para combatir las reticencias y creen que sus descubrimientos pueden abrir la puerta, precisamente, a “estrategias dirigidas al microbioma para mitigar el riesgo de efectos secundarios de las vacunas”.
Yvelise Barrios, del grupo de Vacunas de la Sociedad Española de Inmunología, aplaude la investigación y considera que los hallazgos “podrían formar parte de la explicación, aunque no sea el cuadro completo” de por qué en algunos casos surgen reacciones locales a la vacunas. Ahora bien, la inmunóloga plantea sus dudas sobre la repercusión real de estos hallazgos y que, como sugieren los autores, cambiando la dieta se puedan prevenir efectos secundarios y combatir así las reticencias a las vacunas: “Desde la realidad del día a día, dudo que esto sea un antes y un después”.
Protección del pinchazo
Barrios también hace un apunte respecto a la interpretación de los efectos adversos y la protección de la vacuna. “No porque alguien tenga fiebre significa que ha respondido mejor a la vacuna. No se puede usar la fiebre como medida de protección de la vacuna”, dice.
Ley coincide en que, aunque “estudios previos han demostrado que el microbioma puede influir en la respuesta de anticuerpos a las vacunas en ciertos contextos”, no fue el efecto que ellos encontraron en su estudio. En su investigación, la naturaleza del microbioma se asoció más con la fiebre que con la respuesta a anticuerpos. “No debemos asumir que tener fiebre más alta implica una mejor protección vacunal, ni que reducir esta respuesta inflamatoria necesariamente disminuiría la protección. Tampoco estudiamos la protección a largo plazo, por lo que nuestro estudio no puede determinar si estas diferencias en el microbioma influyen en la duración de la inmunidad vacunal”, apunta.
Explica el inmunólogo Bali Pulendran en un artículo adjunto que la vacunación puede desencadenar una especie de “Big Bang inmunológico”, una cascada de procesos moleculares que culminan en la creación de un ejército de linfocitos de memoria capaces de identificar y atacar un patógeno determinado. Y siguiendo con la analogía astronómica, el científico apunta que, igual que los cosmólogos llevan mucho tiempo preguntándose qué existía antes de Big Bang que creó el universo —si es que existía algo—, los inmunólogos también quieren saber qué pasa en los momentos previos a ese big bang inmunológico que ocurre con una vacuna o una infección. “El estado inmunitario basal refleja toda una vida de interacciones con microbios y vacunas, y está influido además por la edad, la genética, el metabolismo, las exposiciones ambientales y las señales provenientes del microbioma intestinal. Este estado inmunitario preexistente puede predecir la magnitud de la respuesta inmunitaria a la vacunación”, reflexiona.
Los resultados de esta investigación ponen el foco de atención, dice Pulendran, sobre ese “ estado basal —que incluye el microbioma, la inflamación basal y el metabolismo— existente antes de la vacunación”. “Comprender las interacciones entre estos factores podría permitir, con el tiempo, que los clínicos predigan no solo qué tan bien responderá una persona a una vacuna, sino también cómo se sentirá después de recibirla”, plantea.
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