A raíz del terrible accidente ferroviario del miércoles, mucha gente dice que es intolerable que, en tiempos de la IA, todavía haya espacio para el error humano. Me ha llamado la atención porque es hacia esta misma paradoja que se apunta, a menudo cuando nos hacemos los sorprendidos, después de haber caminado sobre la Luna, por la persistencia de la calvicie, de los mosquitos o del resfriado común… También es lo que se dijo, más o menos, a propósito de los atentados del 11-S en Nueva York o, más recientemente, del 7 de octubre en Israel, que era imposible que países con los sistemas de seguridad más desarrollados del mundo pudieran sufrir atentados y desgracias.
A raíz del terrible accidente ferroviario del miércoles, mucha gente dice que es intolerable que, en tiempos de la IA, todavía haya espacio para el error humano. Me ha llamado la atención porque es hacia esta misma paradoja que se apunta, a menudo cuando nos hacemos los sorprendidos, después de haber caminado sobre la Luna, por la persistencia de la calvicie, de los mosquitos o del resfriado común… También es lo que se dijo, más o menos, a propósito de los atentados del 11-S en Nueva York o, más recientemente, del 7 de octubre en Israel, que era imposible que países con los sistemas de seguridad más desarrollados del mundo pudieran sufrir atentados y desgracias.Seguir leyendo…
A raíz del terrible accidente ferroviario del miércoles, mucha gente dice que es intolerable que, en tiempos de la IA, todavía haya espacio para el error humano. Me ha llamado la atención porque es hacia esta misma paradoja que se apunta, a menudo cuando nos hacemos los sorprendidos, después de haber caminado sobre la Luna, por la persistencia de la calvicie, de los mosquitos o del resfriado común… También es lo que se dijo, más o menos, a propósito de los atentados del 11-S en Nueva York o, más recientemente, del 7 de octubre en Israel, que era imposible que países con los sistemas de seguridad más desarrollados del mundo pudieran sufrir atentados y desgracias.
En todas estas reacciones, más allá del entrañable afán de decir alguna cosa que parezca sensata, ante el horror, ante la enésima manifestación del absurdo de la existencia, también hay una fe un poco forzada en el poder de las instituciones, en su infalibilidad, que solo se puede explicar por la loable voluntad de evitar el contagio del pánico y la desconfianza. Es muy difícil de aceptar que el ser humano sea capaz de crear ninguna obra, ninguna tecnología, ninguna forma de poder, absoluta en sus efectos y, además, eterna. Y aquí debe haber tantas cosas que lamentar como cosas que celebrar. ¿Quién quiere llegar al 2050 con 24 Ligas de Campeones más para el Real Madrid, por ejemplo?
Las inesperadas derrotas de grandes clubs contra clubs humildes son casi un subgénero del deporte de competición
El deporte, practicarlo, seguirlo como un aficionado, es una escuela magnífica en este sentido. Los clubs con las vitrinas más rebosantes de trofeos, los equipos más victoriosos, los deportistas más admirados, después de llegar a la cima, empezaron o empezarán a perder, a limitar sus aciertos y hacerlos más esporádicos, hasta caer en el olvido y en una cruel insignificancia. Quizá lo hagan, claro, para resurgir más adelante, porque, si no hay vencedores eternos, tampoco hay perdedores definitivos.
Las inesperadas derrotas de grandes clubs contra clubs humildes son casi un subgénero del deporte de competición. Muy probablemente, porque hacen evidente el absurdo de aquella fe de la que hablábamos al principio. ¿Cómo puede ser que un club con el prestigio y un presupuesto tan enorme como el Barça, el Madrid, el PSG o el City, –nos preguntamos retóricamente– caiga derrotado ante un equipo de tercera fila?
Aquí es donde se encuentra el sentido de todo: es precisamente porque puede ser que caiga, porque cabe la posibilidad de que eso suceda, que el partido se juega, que hay una competición y una industria de la atención, un espectáculo, construidos en torno al acontecimiento. Por mucho que nos lo desmientan, lo obvien o nos olvidemos, la posibilidad de que de un día para otro todo se vaya a la mierda siempre está. El afán es evitarlo.
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