La dependencia tiene un coste; no aparece en la factura hasta que llega la crisis. El error no fue descarbonizar; fue confundir disponibilidad comercial con seguridad estratégica Leer La dependencia tiene un coste; no aparece en la factura hasta que llega la crisis. El error no fue descarbonizar; fue confundir disponibilidad comercial con seguridad estratégica Leer
He participado estos días en una cita internacional en París impulsada por actores económicos saudíes -llamada a tener continuidad el próximo año en España- y centrada en inversión y tecnologías que están definiendo las sociedades de mañana -ya hoy-, en particular la transición energética. De la agenda oficial, las intervenciones e intercambios, se desprende una mudanza emblemática: la creciente aspiración empresarial de proyectarse al mundo, diversificar lazos y emplear su fuelle financiero como instrumento de presencia global.
Ese empuje ayuda a calibrar una transformación de mayor alcance. Durante décadas, el poder saudí tuvo un fundamento dominante y excepcionalmente eficaz: el petróleo. Hoy el Reino no pretende renunciar a él; se propone añadir dimensiones de influencia. Esto es, a sus fuentes tradicionales, suma renovables, hidrógeno, nuclear, minerales críticos, tecnología, industria, capital e inversiones en el exterior. Lejos de abandonar su condición de potencia petrolera, Arabia Saudí parece decidida a erigirse en potencia de portafolio.
La expresión sirve para comprender este planteamiento. Riad no está sustituyendo a Estados Unidos por otro protector. Está multiplicando anclajes y ampliando margen de maniobra. Sus relaciones con Turquía y Pakistán, la conexión económica con China, el vínculo todavía esencial con Washington y la renovada consideración de Europa responden menos a una lógica de alineamiento alternativo que a una estrategia de acumulación de opciones.
La reciente visita de Mohamed bin Salmán a Francia proporcionó una buena muestra de ese movimiento. Los titulares se entretuvieron con el anuncio de unos enormes parques temáticos cerca de París. Pero, anécdota aparte, lo relevante es la envergadura de las iniciativas de Riad, no sólo como gran productor de energía, sino como potencial socio industrial y proveedor de capital a largo plazo en Europa. Energía, tecnología, infraestructuras, financiación e inversiones cruzadas tejen una misma conversación. El viejo esquema -Europa compra energía al Golfo y el Golfo compra tecnología a Europa- empieza a quedarse corto.
La energía vuelve a formar parte, así, de lo que en teoría política se denomina statecraft, concepto que en español carece de término equivalente exacto y que podríamos traducir, en este contexto, por capacidad estratégica del Estado: el acervo de medios y recursos con los que un país protege su soberanía, defiende sus intereses y preserva su libertad de acción.
Arabia Saudí lo sabe bien. Europa también lo supo. Francia ofrece el ejemplo más claro. El primer choque petrolero de 1973 puso al desnudo la vulnerabilidad creada por la dependencia de los hidrocarburos importados -especialmente de Oriente Medio- y condujo a la formidable aceleración de su programa nuclear civil. No se trataba sólo de electricidad; se trataba de reducir la exposición estratégica. Igualmente, los fundadores de la integración europea entendieron que carbón y acero, primero, y energía atómica con Euratom después, no eran asuntos sectoriales, eran piezas de poder.
Después, en la Unión Europea, esa intuición se fue desdibujando. La seguridad de suministro se dio durante demasiado tiempo por supuesta: mientras hubiera un vendedor y precios asequibles, el mercado garantizaría el abastecimiento. La política pública europea se concentró en la descarbonización, con el medio ambiente como bandera.
El error no fue la ambición de descarbonizar; fue confundir disponibilidad comercial con seguridad estratégica.
El gas ruso lo demostró con crudeza. Era barato, percibido como inagotable y económicamente atractivo. Pero una dependencia eficiente vista desde el mercado se tornó vulnerabilidad geopolítica cuando Moscú enarboló la energía como mecanismo de presión. Habíamos abordado la seguridad de suministro como un resultado del mercado, ignorando que pertenece a la capacidad estratégica del Estado.
A esta ecuación hay que añadir la resiliencia. Un sistema energético no debe funcionar sólo en condiciones ideales. Tiene que resistir guerras, interrupciones de suministro, olas de calor, fallos técnicos, picos de demanda o tensiones en la red. La redundancia, las interconexiones, la capacidad firme y las fuentes alternativas pueden parecer caras mientras todo funciona. Su valor se manifiesta cuando deja de hacerlo.
El apagón ibérico de abril de 2025 obliga a mirar el sistema críticamente, y deja una conclusión política: la transición energética no se mide sólo por la potencia renovable instalada, ha de juzgarse por la solidez del conjunto, en particular a la hora de absorber perturbaciones. España tiene una ventaja extraordinaria y también un riesgo. La ventaja es obvia, cuenta con recursos renovables desarrollados y cumple explotarlos al máximo. El riesgo aparece cuando esa fortaleza se convierte en monocultivo doctrinal y se presenta un sistema 100% renovable como destino cierto en 2050, de modo que se elude valorar otras fuentes por su contribución al sistema.
Almaraz introduce -a regañadientes, con «agostidad»- una nota de pragmatismo en ese relato. La prolongación de su funcionamiento hasta el 8 de junio de 2030 no equivale todavía a revisar el calendario de cierre nuclear, pero sí muestra cómo el peso de la realidad empieza a corregir una política construida sobre rígidos ideologemas. La cuestión no es nuclear contra renovables; esa oposición corresponde a otra época. La cuestión es qué combinación de tecnologías brinda electricidad abundante, competitiva, baja en carbono y fiable.
Hay además una contradicción difícil de soslayar. España quiere atraer centros de datos y participar en la economía de la inteligencia artificial, una actividad intensiva en electricidad que exige un suministro significativo, estable y competitivo. Sin embargo, el Gobierno ha sometido a audiencia pública un proyecto de real decreto orientado a que los nuevos centros de datos sujetos al régimen respalden, hora a hora, el 80% de su consumo con nueva generación renovable mientras ésta no supere el 90% del mix eléctrico. La propuesta reconoce al mismo tiempo que estos grandes usuarios incrementarán las necesidades de firmeza y de servicios de balance del sistema. No se trata de oponer sostenibilidad y digitalización, sino de decidir qué viene primero en el razonamiento: diseñar el sistema capaz de alimentar el naciente sector y descarbonizarlo con la mayor eficacia, o supeditar de entrada esa nueva demanda a una composición tecnológica previamente fijada.
Y tampoco conviene imaginar la transición como una despedida inmediata de los hidrocarburos. Arabia Saudí desde luego no lo hace y Europa tampoco puede hacerlo. Petróleo y gas seguirán formando parte durante años de nuestra seguridad energética porque amplios ámbitos de nuestra economía no son electrificables. El reto estratégico no radica en elegir entre hidrocarburos, renovables o nuclear, sino en impedir que cualquiera de ellos se convierta en una dependencia sin alternativa.
Arabia Saudí, sin abdicar del petróleo, ha entendido que el poder entraña por naturaleza acumular capacidades y opciones, adentrándose en territorios hasta ahora ajenos a la política del Reino. Europa debería extraer de ahí una lección metodológica, no un modelo. La autonomía estratégica no consiste en producirlo todo ni en eliminar cualquier dependencia. Consiste en evitar aquellas que puedan privarnos de elección. Eso es, en última instancia, lo que hace una potencia de portafolio: diversifica no sólo sus fuentes de energía, sino también sus palancas de poder.
Cuando el evento referido se celebre aquí el próximo año, sería deseable que hubiéramos abandonado la idea de la transición como simple sustitución de unas fuentes por otras y empezáramos a pensar de nuevo en términos de sistema, resiliencia y poder. Porque en el mundo que está configurando, la energía evidencia lo que nunca dejó de ser: una condición de la autonomía estratégica.
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