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Audio generado con IA
¿Escribe y quiere ser leído? ¿Aspira a dejar algo que sea recordado? La IA puede acabar con su sueño o hacerlo irrelevante o poco creíble. La historia sobre trascendencia, cambio social y cultural y sus implicaciones económicas es ya muy larga. Con el miedo a que la IA nos destruya, estamos en un contexto de contaminación política en el que el nivel intelectual puede ser el que acabe con nosotros, y me acordaba del filósofo Hermann Broch. Me atrevo a pensar que vivió inquietudes similares. Señalaba que Virgilio, moribundo en Brindisi, pidió que quemaran la Eneida porque sospechaba que su obra más perfecta no servía a la vida. El pasado sábado, desde una página web de San Francisco, Dario Amodei, cofundador de Anthropic, pidió algo parecido sobre su propia criatura. Su ensayo, We Must Pace the Frontier, sostiene que la industria debe reducir deliberadamente la velocidad a la que sus modelos de IA ganan capacidades. De lo contrario, advierte, un enjambre de agentes autónomos podría adueñarse de internet en seis o doce meses. Sam Altman y Elon Musk le dieron la razón en cuestión de horas.
Tal vez nada de esto —ni la Eneida ni el debate sobre la IA— llegue realmente al debate público más profundo hasta que Nolan haga una película sobre ello. Pero estos miedos de los creadores sobre sus criaturas no son mera retórica de púlpito. En julio, durante una evaluación de seguridad, entre 700 y 1.200 programas autónomos de IA de OpenAI coordinaron ataques que nadie les había encargado e intentaron piratear al propio sistema que los calificaba. Días antes del ensayo, un investigador de Anthropic dimitió cifrando en un 10% la probabilidad de extinción humana en una década. Después de todo, parece que eso sí ha llegado al público porque sus mensajes apocalípticos rozan los cien millones de visualizaciones.
Nada de esto es del todo nuevo. En 2023, más de trescientos cincuenta investigadores y directivos firmaron que mitigar el riesgo de extinción era una prioridad global. Las bolsas han reaccionado mal, con las empresas tecnológicas cotizando en rojo. Por primera vez, la advertencia le ha costado dinero a quien la formula. Ahí empieza lo que a un economista le importa. Spence nos enseñó que una señal solo transmite información cuando resulta cara para quien la emite. Avisar gratis es publicidad; avisar arruinándose la cartera es información.
Conviene, aun así, el contrapunto. Jensen Huang (de Nvidia) despacha estos augurios como un disparate, y el Informe Internacional de Seguridad de la IA de 2026, con más de cien expertos detrás, concluye que los sistemas actuales no alcanzan aún capacidad real de pérdida de control ¿Alguien pulsará el botón de pausa? Me mojo y creo que la pausa no llegará. Es un dilema del prisionero porque Pekín no parará y los demás se verán obligados a seguir.
Con apocalipsis o sin él, una buena parte del futuro ya está comprometido. El empleo de los jóvenes de 22 a 25 años en ocupaciones muy expuestas a la IA se sitúa un 19% por debajo de su tendencia. Más que despidos, las puertas dejan de abrirse para los que llegan al mercado de trabajo. Los jóvenes y su futuro otra vez en el centro del problema.
La ley europea de inteligencia artificial iba a exigir controles desde agosto a programas de IA que deciden quién recibe un crédito o quién debe contratarse en una empresa. Bruselas los ha dejado para diciembre de 2027. Aplazamos las reglas del problema que ya sabemos medir mientras nos fascina el que nadie sabe medir todavía.
Esa es la trampa. Temer el desastre lejano sale barato y permite no tocar el daño que ya está ocurriendo. La inteligencia artificial no se va a ordenar con manifiestos ni con la
buena fe de quienes la fabrican. Se ordenará el día en que una empresa pague de su bolsillo lo que haga su máquina. Cambiemos augurios por responsabilidades.
Francisco Rodríguez Fernández es Catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.
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