Nadie está obligado a rendir honores a un difunto. Tampoco existe una forma única de hacerlo que excluya a las demás. Se puede llorar la muerte de alguien y no ir a su funeral ni expresar apoyo a sus familiares. Pero la mayoría de la gente lo hace así, por convicción o convención, de ahí que enviemos mensajes de pésame o celebremos funerales, cada vez, por cierto, más amenos, musicalmente hablando.
Nadie está obligado a rendir honores a un difunto. Tampoco existe una forma única de hacerlo que excluya a las demás. Se puede llorar la muerte de alguien y no ir a su funeral ni expresar apoyo a sus familiares. Pero la mayoría de la gente lo hace así, por convicción o convención, de ahí que enviemos mensajes de pésame o celebremos funerales, cada vez, por cierto, más amenos, musicalmente hablando.Seguir leyendo…
Nadie está obligado a rendir honores a un difunto. Tampoco existe una forma única de hacerlo que excluya a las demás. Se puede llorar la muerte de alguien y no ir a su funeral ni expresar apoyo a sus familiares. Pero la mayoría de la gente lo hace así, por convicción o convención, de ahí que enviemos mensajes de pésame o celebremos funerales, cada vez, por cierto, más amenos, musicalmente hablando.
Soy de los espectadores que se emocionó al ver a Fabián Ruiz, jugador español del PSG, dedicar su primer gol mirando al cielo y señalando con los dedos el número de Jesús de Miguel. Quizás por eso, me hubiese gustado que Lamine Yamal hubiese recordado al jugador tinerfeño tras marcar, 420 segundos después del minuto de silencio observado en el Camp Nou. No fue así. Lástima…
Cada jugador celebra el gol como quiere; el martes bastaba un beso al cielo, de futbolista a futbolista
Lamine Yamal es la estrella del Barça, un club sensible a los valores sociales, y tiene 19 años, edad tan tierna que no le obliga a ejercer de modelo fuera del campo, allí dónde murió Jesús de Miguel, dejando viuda, niña huérfana y una consternación que tocó la fibra a todos los aficionados al fútbol, sin excepciones. Lamine optó por no sumarse públicamente al colectivo lo que no significa que la muerte de un futbolista jornalero le resultase indiferente. Fue el primero en reaccionar vía Instagram al anuncio del CD Tenerife. Pero a uno le hubiese gustado comulgar con todos los aficionados a ras de césped, como comulgamos con Fabián Ruiz, campeón del mundo y de Europa esta temporada, al ver su tributo al compañero caído.
Las emociones son más intensas compartidas con tú afición que en las redes, por eso hay gente que el martes se tragó una congestión notable en la Diagonal para llegar al estadio en lugar de ver el partido desde el sofá. A pesar de todos los obstáculos, muchos aficionados siguen prefiriendo el estadio bajo la lluvia al hogar por una razón: la intensidad de lo que alegra o deprime. La fuerza de la realidad, la libertad para elegir en lo que me fijo y en lo que no (esto de que las cámaras rehúyan las trifulcas entre banquillos es censura pura).
Las estrellas como Lamine Yamal o Fabián Ruiz se merecen lo que ganan. Son diferentes y es lógico que se sientan diferentes porque los aficionados les hacemos sentir así. En contrapartida, el aficionado confía y desea que esa admiración no les transforme en divos o malcriados. Que no pierdan de vista el mundo real y sus tragedias. Muchos goleadores –como Lamine Yamal– parecen dedicar tiempo a preparar sus celebraciones de gol con coreografías. La del martes era muy simple, demasiado simple: bastaba mirar al cielo y enviar un beso, de futbolista a futbolista.
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