Más de un millar de plazas MIR de Medicina de Familia y Comunitaria han quedado vacantes en los últimos 20 años. Los facultativos de las zonas rurales denominadas de «difícil cobertura» cuenta los obstáculos de su día a día Leer Más de un millar de plazas MIR de Medicina de Familia y Comunitaria han quedado vacantes en los últimos 20 años. Los facultativos de las zonas rurales denominadas de «difícil cobertura» cuenta los obstáculos de su día a día Leer España // elmundo
Tras una fase extraordinaria de adjudicación de plazas de Formación Sanitaria Especializada correspondientes a la convocatoria 2025/2026 han quedado 120 vacantes en Medicina de Familia y Comunitaria. Y de nuevo se pone la diana en por qué los estudiantes de Medicina no quieren ejercer donde la situación es compleja por la localización y los recursos.
Rafael Manuel Micó Pérez, vicepresidente de Semergen (Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria) y médico de familia en el Centro Fontanars dels Alforins (Valencia) lo resume contundente: «Se eligen las grandes ciudades porque la gente vive a su alrededor y luego tienen otras salidas laborales cercanas. Porque si te mandan a un pueblo perdido, aparte de que tienes que poner el coche y la comida, se paga menos. Además, se necesita conciliación familiar en una profesión cada vez más feminizada. Buscan algo más que un sueldo, un lugar donde desarrollarse».
Desde la Fundación de Estudios del Simeg, Vicente Matas explica que «aunque se adjudicaron todas las plazas, este año ha existido una nueva ronda extraordinaria de aquellas que quedaron vacantes por no tomar posesión o renuncia. En otros años estas plazas que quedaban vacantes por no tomar posesión o renuncia no se adjudicaban en otro proceso extraordinario y quedaban vacantes, aunque el Ministerio no daba datos en los últimos años».
Pese a ese esfuerzo, esas 120 renuncias muestran un problema ya enquistado: las dificultades para atraer el talento a las zonas de difícil cobertura en Atención Primaria. En los últimos 20 años, hay contabilizadas 1.123 vacantes en la especialidad formativa de Medicina de Familia y Comunitaria en la convocatoria ordinaria. Y, al contrario que este año, cuesta más conocer quiénes abandonan antes de empezar o durante la formación. Sin embargo, testimonios de médicos al pie del cañón dejan claro por qué: «Dispersión, sobrecarga, vulnerabilidad, envejecimiento, compromiso…». Así describen facultativos de zonas rurales de Extremadura, Aragón y Comunidad Valenciana su día a día.
Eva Trillo Calvo trabaja en un centro rural situado a aproximadamente 52 km de Zaragoza capital, Belchite. Su equipo presta asistencia a una población dispersa en varios municipios y consultorios. «Aragón presenta, además, una característica muy marcada: es una comunidad profundamente zaragozacéntrica. En torno al 80% de la población se concentra en la urbe y su área de influencia, y cada vez resulta más difícil cubrir plazas fuera de un radio aproximado de 15 o 20 kilómetros de la capital». En las convocatorias MIR de 2022, 2023 y 2024 esta región acumula 36 vacantes de formación. A la falta de captación de talento, se suma que la «cobertura se ha ido agravando en los últimos años», apunta Trillo que sostiene que llevan tiempo trabajando con dos personas menos.
La merma de personal supone doblar esfuerzos gracias a la «buena voluntad», pero esto «ha supuesto asumir dos e incluso tres guardias semanales, renunciar en ocasiones al descanso posterior a la guardia porque no habría médico para pasar consulta, realizar doblajes y hacer que un mismo profesional recorra cuatro o cinco pueblos», añade.
Su compañero de Extremadura, en concreto de Aldeanueva del Camino (Cáceres) también pone de manifiesto que la organización y la gestión recaen en ellos. Ignacio Araújo Ramos, que además es presidente de Semergen en la región, explica que a su zona de salud corresponden nueve municipios donde trabajan seis médicos en primaria (dos en activo tras su jubilación y uno es médico extracomunitario) y cuatro en atención continuada (centros sanitarios extrahospitalarios que ofrecen asistencia médica urgente). «Durante las vacaciones, cuando hay más gente que llega a los pueblos, solo tenemos un médico sustituto. En total, unos dos o tres… Una situación insostenible».
Micó comenta que «no es tanto el cupo en sí, como la dispersión de los pacientes, la atención domiciliaria y los cambios en los horarios que nos requieren las urgencias». En su centro solo están él y una enfermera, a lo que se suman profesionales intermitentes, «viene un compañero un par de horas unos días concretos de la semana y luego una matrona dos veces al mes».
Todo esto lleva a configurar los denominados desiertos médicos. Esas zonas de difícil cobertura se quedan sin profesionales.
Desde la Organización Médica Colegial (OMC), se ha puesto el foco en el problema. «Debemos implementar incentivos positivos y crear condiciones de trabajo atractivas que motiven a los médicos a trabajar voluntariamente en zonas de difícil cobertura», argumentaba Domingo A. Sánchez Martínez, uno de los autores de un informe analítico publicado hace ya tres años, Áreas de difícil cobertura en España. Desiertos médicos y perspectivas de los médicos jóvenes. Aunque el fenómeno no es nuevo, su impacto se ha vuelto más evidente en la última década. Las disparidades en la atención médica entre zonas urbanas y rurales, y entre diferentes regiones, son alarmantes, sostienen los médicos.
«Los estudiantes deberían conocer la Medicina de Familia desde la universidad. Y, aquí, en las zonas rurales, tenemos algo que no hay en el resto: la longitudinalidad. Esto es, la relación médico-paciente a largo plazo [el médico de cabecera de toda la vida] reduce la mortalidad un 30% y además, permite una atención mucho más personalizada», reclama Micó.
El vicepresidente de Semergen también subraya la calidad de la investigación que se hace en las consultas. «Hay pacientes que llegan y te preguntan: ‘¿Tienes algo a lo que me pueda apuntar para lo mío?’. Porque en primaria, también se investiga y con mucha calidad. Y esto se tiene que dar a conocer y promocionar más».
Sin embargo, lo que trasciende a los estudiantes es una realidad un tanto desoladora: momentos de soledad, suplencias, sobreesfuerzos sin incentivos y pocas salidas laborales.
Trillo valora mucho el café-reunión de primera hora con sus compañeros «es el momento que cohesiona al equipo, hace que surjan proyectos y resuelvan dudas», ya que una vez iniciada la jornada, «cada uno va a su consultorio». Ella echa de menos canales de consulta rápida y operativos con los especialistas de hospital. «Necesitamos sistemas ágiles de teleinterconsulta, acceso homogéneo a pruebas diagnósticas y una red de apoyo clínico para situaciones urgentes o de especial complejidad. No se trata de derivar, sino de atender con calidad desde primaria», recalca.
Araújo sostiene que ha habido mejoras, pero que se enfrentan a una «dolorosa paradoja»: «Tenemos tecnología puntera en las consultas, pero con la actual presión asistencial, las acumulaciones de los cupos de compañeros ausentes y la asfixiante burocracia, no nos queda tiempo real para usarlas».
Trillo recuerda algo tan básico en el siglo XXI como tener conectividad sin cortes, «todavía los sufrimos en algunos núcleos rurales». A lo que Araujo suma una buena infraestructura de comunicaciones terrestres: «Un facultativo joven que elige plaza MIR en el norte de Cáceres se encuentra con que es obligatorio tener coche propio y devorar kilómetros por carretera porque no existen trenes ni combinaciones de autobús dignas que conecten los pueblos con Plasencia o Cáceres ni con otras provincias».
Los tres médicos entrevistados insisten en que esa soledad se traduce en presión asistencial. «Aquí estamos solos y nuestras decisiones son las que impactan en la vida de los pacientes», subraya Micó, y añade que para los residentes, «esto puede ser un plus en su formación o un punto de estrés».
Trillo detalla más esta sensación cuando sabe que su recurso de soporte vital avanzado está a 40 minutos. «No es solo la carga de trabajo: es la sensación de estar lejos, asumir decisiones críticas con escaso apoyo inmediato y realizar largos trayectos diarios, con el coste económico, el cansancio y el riesgo en carretera que todo ello implica».
Muchos residentes de Medicina de Familia tan solo pasan unos meses de rotación en estas zonas. Trillo expone que en Aragón esto se ha ampliado recientemente a tres meses. Pero claro, «no es suficiente», lamentan todos.
Desde el terreno, los facultativos proponen soluciones para atraer «ese talento que se nos escapa», apunta Micó, que sostiene que ya hay propuestas europeas que han tenido éxito. «En las zonas nórdicas, imagínate las islas perdidas, esto lo han trabajado hace años y lo que han hecho es una discriminación positiva a la gente que se muda allí: se les buscan ayudas familiares, otorga tiempo para formación e investigación».
El presidente de Semergen Extremadura aborda el delicado asunto de las plazas de difícil cobertura: «Su definición choca contra una paradoja económica escandalosa fomentada por la propia administración», subraya, mientras concluye con la descripción de una situación que empieza a normalizarse: «Muchos graduados (comunitarios y extracomunitarios) que consiguen plaza MIR para hacer Medicina de Familia acaban renunciando antes de empezar porque las gerencias de salud -asfixiadas por la falta de personal- les permiten trabajar con contratos en precario sin especialidad médica, pagándoles el doble o el triple de lo que ganarían haciendo la residencia».


