El rally de los pisos va más allá de la capital y pone en riesgo también al sector turístico Leer El rally de los pisos va más allá de la capital y pone en riesgo también al sector turístico Leer España // elmundo
A Claudia le caduca la visa (es mexicana) en un par de semanas y lleva otras tantas diciéndoles a los vecinos de Benarrabá que no quiere irse de este rincón de la Serranía de Ronda, en Málaga, en el que ha encontrado su paraíso particular.
Esta mañana (es martes) se ha levantado temprano y se ha ido, como todos los días desde que llegó, al gimnasio del pueblo a hacer abdominales «con los abuelos del pueblo». Después se ha duchado y se ha ido a la oficina, una antigua casa señorial del siglo XVIII rehabilitada donde enciende su ordenador portátil en un patio soleado de paredes encaladas o a la sombra de un limonero, según el día.
En Benarrabá, dice, no hay prisa ni estrés. Solo tiene que mirar el reloj si tiene un reunión on line o si tiene que pasarse por la tienda de comestibles antes de que cierre, a las dos, para preparar el almuerzo. «No me quiero ir», dice una y otra vez. Normal.
Claudia Irene Moreno, de 40 años, es una de los quince extranjeros que conviven cada día con el medio millar de habitantes de este minúsculo pueblo clavado en el Valle del Genal, rodeado de montañas y donde el verde del paisaje solo lo rompe el blanco inmaculado del caserío que se arracima en un laberinto de callejas empinadas.
Todos son nómadas digitales, esa tribu en auge de teletrabajadores que se pasean por el mundo con sus ordenadores a cuestas convirtiendo en busca de oficinas como la que tiene Claudia en Benarrabá.
Están perfectamente integrados en la vida del pueblo, como certifica Sebastiana Gómez, secretara del Juzgado de Paz y bibliotecaria municipal a la que todos conocen como Chachi. «No queremos que se vayan», afirma.
Los quince comparten, además del espacio de coworking que el avispado alcalde de Benarrabá, Silvestre Barroso, acondicionó poco antes de la pandemia del coronavirus (con indudable visión de futuro), cinco casas alquiladas por la plataforma Rooral, el proyecto que hace tres años situó al municipio en el mapa mundial del nomadismo digital.
Fue, una vez más, el alcalde el que vio en los nómadas digitales la oportunidad de sacarle provecho al caserón rehabilitado y a la red de fibra óptica que, mucho antes que otros pueblos de la zona, Benarrabá tendió por todo su casco urbano. Al bilbaíno Juan Barbed, el alma mater de Rooral, le conoció allá por 2019, cuando llegó al municipio con un proyecto europeo y una veintena de mujeres teletrabajadoras. Cuando el coworking estuvo listo, le llamó y, así, Benarrabá se convirtió en destino de nómadas de Estados Unidos, Canadá, Alemania, Israel, Corea, México…
¿Qué tiene de especial Benarrabá? Barbed lo tiene claro y, más allá de la conexión de fibra óptica -con la misma velocidad y mismas prestaciones que en una ciudad- habla de la acogida que los vecinos dan a sus huéspedes extranjeros. «El coliving es todo el pueblo», resume.
Y Claudia lo atestigua con su mantra de «no quiero irme». Lo mismo que la británica Ellie; la alemana Aylin; el italiano Iván, el alemán Florian o el israelí Ran.
Todos coinciden en que han encontrado aquí, en las callejuelas empedradas y llenas de geranios, un paraíso digital… y terrenal.
«Benarrabá es el modelo de pueblo del futuro», dice Barbed para explicar el éxito de su proyecto y del pueblo, que ha logrado atraer a trabajadores de gran cualificación que, hasta hace no demasiado se concentraban exclusivamente en la capital, el gran hub tecnológico andaluz, y las localidades próximas de la Costa del Sol.
Pero en el éxito de Málaga, que ya no se concentra únicamente en la capital, está también la principal amenaza a su crecimiento. Una sombra que se proyecta sobre su futuro inmediato y que crece al mismo ritmo que el precio del metro cuadrado. La vivienda, su escasez y el consiguiente rally de sus precios, es, hoy por hoy, el principal enemigo de la Málaga pujante, de la Málaga 5.0.
También es, en estos tiempos de campaña y promesas electorales, uno de los ejes en torno al cual gira el debate político. Si la vivienda ocupa un lugar central en los programas electorales desde la derecha a la izquierda en todo lugar y en todo tiempo, más aún en Málaga.
Aquí, la mayoría de las miradas (y de los ataques) se dirigen al Partido Popular, que domina casi sin contestación en toda la provincia, incluida la capital, y, por supuesto, en la Junta de Andalucía. No hay mitin del PSOE, Por Andalucía, Adelante Andalucía y hasta Vox en el que el problema de la vivienda no sea arma arrojadiza contra el PP y contra Juanma Moreno en particular.
En Málaga, donde el PP no puede permitirse retroceder en su hegemonía, el de la vivienda es el principal problema para casi la mitad de sus habitantes, según el último informe de la Fundación Madeca, con una puntuación de 8,41 sobre 10.
Incluso en Benarrabá, la vivienda, o mejor dicho la falta de ella, se ha convertido en motivo de preocupación. No al nivel de la capital, desde luego, donde el metro cuadrado roza los 3.800 metros cuadrados, un 37% más que la media nacional, pero suficiente como para ser inquietante.
Lo explica el alcalde con una sola frase: «Aquí es imposible alquilar». No tanto por el precio, que sigue siendo bastante razonable -alrededor de 400 euros al mes de media-, sino porque el escaso parque de viviendas ya se ha agotado. No solo con los nómadas digitales de Rooral, sino tambiém con algunas familias que en los últimos años se han mudado desde la capital o la costa, huyendo de la escalada del mercado.
En pocos años, la localidad ha conseguido revertir una tendencia demográfica a la baja que parecía inevitable y frenar la sangría de la población -a principios del siglo XX eran 2.000 habitantes-, hasta el punto de que ahora mismo su población estable asciende a los 510 habitantes «y no hay más porque no hay viviendas», dice Barroso.
Para los nómadas digitales, el Ayuntamiento está reformando un edificio próximo al espacio de coworking que permitirá acogerles todo el año y no solo por temporadas. Pero, admite el alcalde, poco más se puede hacer para atajar el problema de fondo.
Porque Benarrabá quiere crecer, quiere ser mayor y se está esforzando por ser un lugar atractivo, con iniciativas como una comunidad energética para producir, con energía solar, buena parte de la electricidad que consume. Pero tampoco buscan un crecimiento desordenado ni rápido.
Lo último que quieren los benarrabeños es malograr el paraíso que ha enamorado a la mexicana Claudia y a los demás miembros de su tribu digital.
A Benarrabá aún no la ha incluido Idealista en sus informes de precios del mercado de la vivienda, pero los de la capital dan escalofríos.
En el último año, la escalada ha sido del 12,1%, marcando en el mes de abril un máximo histórico nuevo, uno más. Todos los meses lo son, en realidad.
Aunque la media está en 3.720 euros el metro cuadrado, hay zonas, como el este, el centro o Teatinos, donde los precios rozan los 5.000 euros el metro cuadrado y no bajan de los 4.000. Lo más barato que se puede encontrar en el popular portal inmobiliario está en la zona conocida como Ciudad Jardín y allí el precio se ha disparado más de un 20% en el último año.
En la costa, los municipios próximos a la capital no están mucho mejor y, de hecho, entre abril de 2021 y febrero de 2026 los precios han alcanzado niveles estratosféricos incluso en puntos no tan habituales como Casares. En el litoral, el incremento ha sido del 121%, pasando de los 144.000 euros de media que costaba en 2021 comprar un piso a los 319.000 que cuesta ahora.
En buena medida, el imán para grandes empresas tecnológicas internacionales (como Google, Oracle, Vodafone…) en el que se ha convertido Málaga y las legiones de trabajadores cualificados (y muy bien pagados) que arrastran, explican que el mercado de la vivienda se haya tensionado de este modo. Pero el ritmo de las subidas y, sobre todo, la escasez de oferta empieza a ser una dificultad notable incluso para nuevos aterrizajes empresariales.
No es un problema solo para el sector tecnológico. Para la hostelería, los hoteles, el sector turístico en general es más grave aún. En la Costa del Sol especialmente hay dificultades severas para encontrar mano de obra para la temporada alta precisamente porque no hay vivienda y la que hay se come, literalmente, los sueldos. Ni siquiera la opción del piso compartido es viable, con precios de 500 euros al mes por una habitación, que suponen el 40% del sueldo medio, según datos de UGT, que asegura que tres de cada cuatro trabajadores que llegan de fuera no encuentran donde vivir.
A tal extremo ha llegado la situación que hay empresas que se están planteando ofrecer alojamiento junto al sueldo.
Un ejemplo paradigmático es el del hotel de lujo Puente Romano, en Marbella, que este año 2026 tiene previsto empezar a alojar a sus empleados en un edificio que ha adquirido expresamente para ello a diez minutos del establecimiento.
Otros colectivos profesionales, como los sanitarios, están en condiciones parecidas y ya se dan casos de rechazo a contratos en centros sanitarios malagueños por la imposibilidad de encontrar una vivienda. Hay hospitales, incluso, en los que a su alrededor han comenzado a proliferar parques de autocaravanas en los que viven sanitarios llegados de fuera.
Algunos colectivos especialmente vulnerables, entre ellos divorciados con bajos sueldos, también se han visto abocados a vivir en caravanas o furgonetas en zonas como Sacaba Beach, a apenas unos centenares de metros de rascacielos en construcción con áticos de lujo que se venden a diez millones de euros.
Con todo, la peor parte se la lleva la población autóctona malagueña, que en buena medida está siendo expulsada de los barrios en los que antes residía. No solo del centro de la capital, sino de los barrios más cercanos a medida que la presión va a aumentando. El Perchel, Pedregalejo o El Palo son algunos de ellos.
A dos horas y once minutos en coche, 126 kilómetros de carreteras secundarias y sinuosas, la amenaza es todavía pequeña e incipiente. En el paraíso digital de Benarrabá la vida tiene otro ritmo pero ni siquiera son inmunes a la gran amenaza que la vivienda supone para Málaga.


