Las expresiones aparecen, triunfan y se mueren de tanto magreo. Ha llegado el día y la hora de dar sepultura a la expresión “la política se futboliza”, como si fuese un ámbito elevado y el fútbol un estercolero. ¡Qué más querrían hoy los partidos y los políticos españoles que parecerse a la selección nacional de fútbol!
Las expresiones aparecen, triunfan y se mueren de tanto magreo. Ha llegado el día y la hora de dar sepultura a la expresión “la política se futboliza”, como si fuese un ámbito elevado y el fútbol un estercolero. ¡Qué más querrían hoy los partidos y los políticos españoles que parecerse a la selección nacional de fútbol!Seguir leyendo…
Las expresiones aparecen, triunfan y se mueren de tanto magreo. Ha llegado el día y la hora de dar sepultura a la expresión “la política se futboliza”, como si fuese un ámbito elevado y el fútbol un estercolero. ¡Qué más querrían hoy los partidos y los políticos españoles que parecerse a la selección nacional de fútbol!
No deja de ser curioso lo mal que está el patio social y lo gratificante que resulta ver a la selección, un grupo que transmite todo aquello que se echa en falta en la vida pública.
Ver a la selección gratifica: un grupo que transmite todo aquello que se echa de menos en la política
La interpretación de que el futbol idiotiza a las masas fue muy popular entre el antifranquismo. Algo queda porque aún hay quien denuncia que ganan mucho dinero –hecho muy cierto– sin tener en cuenta el negocio que sustentan. Ciertamente, ninguno de los futbolistas de la selección tiene problemas de vivienda y es posible que haya quien invierta en pisos pensando en el día de mañana, como hacían los futbolistas inteligentes del siglo XX en lugar de montar un bar, un pub o un negocio del que solían salir trasquilados (le sucedió al mismísimo Johan Cruyff en su etapa de futbolista).
La actualidad de estos días no provoca euforia. Tiendas en Ceuta y tiendas en la Puerta del Sol, los que no tienen vivienda y los que viven en pisos de propiedad, todos contra todos en el Congreso. Y hasta en el Gobierno.
Los partidos de la selección en Londres y Sevilla han sido dos treguas muy de agradecer. No recuerdo semejante seguimiento en partidos de una competición menor –la UEFA Nations League, que tiene algo de la antediluviana Copa de Ferias– ni una identificación tan espontánea con la selección y su entrenador. ¡Si hasta Tomás Roncero –nieto adoptivo de Santiago Bernabéu– habla bien de jugadores del Barça!
A diferencia de otras épocas, la selección infunde un patriotismo de baja intensidad y se expresa con valores invisibles en el panorama político: todos cumplen con su deber, brillan las individualidades con fines colectivos y reina una naturalidad en la forma de jugar y de comportarse que parece imposible tratándose de un grupo de españoles.
Después de ganar un Mundial, lo preceptivo sería un descenso en implicación e intensidad. Al contrario: los futbolistas que tuvieron poco protagonismo en el Mundial se reivindican y los que lo tuvieron siguen esforzándose no por parecer los mejores sino por serlo. Sin que sirva de precedente y por una vez: preferiría que no hubiese límite de sustituciones.
Cuando la selección perdía –lo nuestro, lo de toda la vida hasta el 2008–, pensábamos que nos faltaban virtudes colectivas. Ahora lo que sobran son defectos políticos.
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