Hace 200 millones de años, algún huevo inició el tránsito hacia el interior del vientre materno, inaugurando el largo camino que daría lugar a los mamíferos y, más tarde, a los seres humanos. Ese viaje comienza casi al mismo tiempo que los dinosaurios, cuando nacieron los primeros animales ovíparos con características mamíferas.
No fue el pelo, las mamas o la sangre caliente. El desarrollo de una mandíbula sólida con una dentadura especializada fue una de las primeras características distintivas del grupo
Hace 200 millones de años, algún huevo inició el tránsito hacia el interior del vientre materno, inaugurando el largo camino que daría lugar a los mamíferos y, más tarde, a los seres humanos. Ese viaje comienza casi al mismo tiempo que los dinosaurios, cuando nacieron los primeros animales ovíparos con características mamíferas.
El interruptor clave del despegue se activó en la boca. Un único hueso dentario en la mandíbula inferior, conectado directamente con el cráneo, inició la lenta reacción en cadena que desplazó tres huesos maxilares al oído (el martillo, el yunque y el estribo) agudizando la escucha con un rango mayor de frecuencias y permitiendo captar sonidos a través del aire. Los reptiles, en cambio, tienen una mandíbula más fragmentada y oídos sin orejas, por lo que dependen más del suelo para percibir el sonido a través de la vibración.
La simplificación de la quijada fortaleció los músculos y robusteció la masticación. Esta es, de hecho, una capacidad eminentemente mamífera. El resto de los animales, simplemente tragan. Con encías bien irrigadas, el recambio dentario característico de los reptiles, ya no fue necesario. En lugar de eso, los dientes se especializaron por función (incisivos, caninos, premolares, molares) y la reposición se redujo a una sola vez en la vida para la mayoría de los mamíferos.
Con esa amplia variedad de utensilios dentales, cortar y moler alimentos variados se volvió sencillo. La dieta se amplió y alivió la digestión al procesar la comida primero en la boca, con el bolo alimenticio. El estómago, agradecido. La absorción de nutrientes y de energía empezó a ser, prácticamente, pan comido.
La razón por la que la distinción de los dientes es más reveladora que otras cualidades mamíferas (como la placenta o los pelos, por ejemplo) es la fosilización. Las partes blandas son las primeras en desintegrarse, pero los dientes perduran y pueden preservarse en buen estado durante millones de años.
Requisitos para ser un mamífero
Existen cuatro características excluyentes para ingresar al club más exitoso de la supervivencia animal. Según el paleontólogo Nicolás Chimento, experto en mamíferos e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET), los requisitos mínimos son: Tener la articulación dentario-escamosal (la unión de la mandíbula con el cráneo que permite abrir la boca), tres huesecillos en el oído medio (martillo, yunque y estribo), glándulas mamarias (no necesariamente mamas) y pelos. Aunque esto último podría acabar tachado de la lista.
“En algunos cinodontes ―un grupo ancestral originado en el período Pérmico superior, hace unos 260 millones de años― ya se han encontrado indicios de que habrían tenido algún tipo de pelaje primitivo. Según algunos hallazgos de los últimos años los pelos ya habrían existido antes de los primeros mamíferos. Por ende, si se comprueba eso, los pelos no serían algo único de nuestro grupo sino compartido con nuestros hermanos cinodontes”. En ese caso, la sangre caliente ―consecuencia del aislamiento del exterior que produce el pelaje— también podría haber aparecido al mismo tiempo que los dinosaurios.
Duros de extinguir
Unos 75 millones de años antes de los dinosaurios ―hacia el final del período Carbonífero, el anteúltimo de la era Paleozoica— un grupo de anfibios desarrolló una estrategia de supervivencia revolucionaria, que permitió la vida animal fuera del agua: el huevo amniota. Los embriones empezaron a desarrollarse dentro de un escudo ovalado que los nutrió y oxigenó a través de cuatro membranas. Los primeros en prosperar bajo ese superpoder fueron los sinápsidos —ancestros de los cinodontes, el pasado más directo de los mamíferos actuales— que dominaron el período Pérmico, el último de la era Paleozoica.
Los sinápsidos se adelantaron a los dinosaurios y a la moda hipster, incluso. Fueron los primeros en tener bigote —algo propio de los mamíferos y que contiene terminaciones nerviosas sensitivas— y, aunque todavía eran ovíparos, ya estaban súper diversificados cuando surgieron los saurópsidos, el gran grupo al que pertenecen los reptiles, las aves y los dinosaurios.
Solo la mayor extinción conocida del Planeta pudo derribar a los sinápsidos del trono. La Gran Mortandad de finales del Pérmico e inicios del Triásico acabó con el 90% de la vida terrestre, pero unos pocos de ellos (los más pequeños) sobrevivieron, aunque bajo el costo de delegar el poder a los saurópsidos que, tras proliferar, dieron lugar a los más afamados de su grupo; los dinosaurios.
Los pocos sinápsidos que sobrevivieron, siguieron diversificándose y haciendo lo que mejor sabían: sobrevivir. Pequeños, comiendo de todo y trepando árboles, se diversificaron y llevaron la vida amniota más allá. Cuando parecía que ya estaba todo inventado, surgieron los monotremas, hace 187 millones de años.
El ornitorrinco y el eBuenosquidna son sus únicos supervivientes en la actualidad y poseen características desconcertantes. Ambos ponen huevos, producen leche y se destacan por sus cualidades extravagantes. El primero parece el resultado de una tormenta de ideas evolutiva con un aspecto aleatorio, un colaje entre un pato y una nutria. El segundo, parece un pequeño oso hormiguero cubierto de púas (similar a un puercoespín) con un órgano reproductor de cuatro cabezas. Es que el equidna es todo: ovíparo, mamífero, cavernícola y con marsupio.
Justamente por sus características singulares, un equipo de científicos chinos secuenció sus genomas para comprender la transición del huevo al vientre, del oviparismo al viviparismo. Y comprobaron que su genética es un mosaico proveniente de reptiles, aves y mamíferos. Un buen ejemplo de lo que el paleontólogo Chimento llama “animales de transición”.
El estudio, publicado en 2021 en Nature, confirmó la importancia de los dientes en la identidad mamífera. Los genes de la leche evolucionaron a partir de otros originalmente relacionados con la dentadura, algo que los ancestros de los ornitorrincos y los equidnas tenían, pero actualmente perdieron.
Tal vez la experiencia traumática del Pérmico de sus ancestros, les legó a los mamíferos un aprendizaje. Como si supieran que una nueva extinción masiva se aproximaba, para finales del Cretácico ya habían replegado su tamaño y modificado sus estrategias reproductivas para cuidar a sus crías más de cerca y aumentar sus oportunidades de supervivencia.
Ser enorme y feroz fue inútil cuando cayó el meteorito que borró de la faz de la Tierra a los dinosaurios y acabó con el 75% de las especies. Pero no con los mamíferos. Al menos no con todos. La catástrofe les despejó el terreno para recuperar el reinado perdido en el Pérmico, pero también un ambiente hostil con un ecosistema en recuperación. La lección ya les había quedado clara. Proteger a las crías cuerpo a cuerpo. O, mejor, cuerpo adentro.
La gestación placentaria fue la estrategia de salvación definitiva para la mayoría de los mamíferos que dominan la Tierra hace 66 millones de años hasta hoy.
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