Ocho partidos son una gota en el océano de una temporada, excepto en el Mundial, que es una temporada por sí mismo, de consecuencias extraordinarias en ocasiones. A Ferran Torres, por ejemplo, le marcará la vida, pero no cambiará su magnitud como jugador, un delantero notable, competente, de cualidades tan verificadas como algunos de sus defectos. Su gol en la final contra Argentina le coloca en un lugar sagrado de la memoria del fútbol español. Un gol que le define: más fiable en los remates rotundos que en las selectivas finalizaciones que exigen delicadeza y paciencia. Si el reciente Mundial coloca a Ferran Torres en el lugar más amable del imaginario popular español, a Rodri le ha elevado al universal Olimpo de los elegidos.
Ocho partidos son una gota en el océano de una temporada, excepto en el Mundial, que es una temporada por sí mismo, de consecuencias extraordinarias en ocasiones. A Ferran Torres, por ejemplo, le marcará la vida, pero no cambiará su magnitud como jugador, un delantero notable, competente, de cualidades tan verificadas como algunos de sus defectos. Su gol en la final contra Argentina le coloca en un lugar sagrado de la memoria del fútbol español. Un gol que le define: más fiable en los remates rotundos que en las selectivas finalizaciones que exigen delicadeza y paciencia. Si el reciente Mundial coloca a Ferran Torres en el lugar más amable del imaginario popular español, a Rodri le ha elevado al universal Olimpo de los elegidos.Seguir leyendo…
Ocho partidos son una gota en el océano de una temporada, excepto en el Mundial, que es una temporada por sí mismo, de consecuencias extraordinarias en ocasiones. A Ferran Torres, por ejemplo, le marcará la vida, pero no cambiará su magnitud como jugador, un delantero notable, competente, de cualidades tan verificadas como algunos de sus defectos. Su gol en la final contra Argentina le coloca en un lugar sagrado de la memoria del fútbol español. Un gol que le define: más fiable en los remates rotundos que en las selectivas finalizaciones que exigen delicadeza y paciencia. Si el reciente Mundial coloca a Ferran Torres en el lugar más amable del imaginario popular español, a Rodri le ha elevado al universal Olimpo de los elegidos.
Solo hay un caso precedente al de Rodri en los Mundiales. En el 2002, Ronaldo regresó a la selección brasileña después de tres años de horribles lesiones. En las filas del Inter por aquellas fechas, jugó los 10 últimos partidos de Liga antes de comenzar el Mundial. Se aventuró un triste final a su carrera. En el mejor de los casos, se pronosticó una versión muy disminuida del más exuberante de los delanteros que ha visto el fútbol. Brasil ganó el Mundial de 2002 y Ronaldo fue la figura del equipo, no importa el costurón que llevase en su rodilla derecha. Le bastaron siete partidos y siete goles para erigirse en el futbolista del año, Balón de Oro incluido, y convertirse al instante en la obsesión de Florentino Pérez, que no descansó hasta lograr su fichaje en el último minuto del mercado de verano.
Rodri alcanzó el Mundial con más precariedad de la prevista. En octubre del 2024, apoyado en las muletas, recibió el Balón de Oro, entre las protestas y el boicot del Real Madrid, que no digirió la victoria en las votaciones del centrocampista español sobre Vinícius. Dos semanas antes, Rodri había sufrido la rotura del ligamento cruzado en su rodilla derecha. Atrás quedaba su formidable magisterio en el Manchester City, trasladado al equipo nacional como sucesor de Busquets, jugador referencial en una posición especialmente cultivada por el Barça y la selección española.
¿Qué versión de Rodri regresaría después de una lesión que, en términos reales, había tardado casi dos años en curarse? Sin su concurso, el City no había ganado las dos últimas ediciones de la Premier League, después de años de dominio aplastante. Alrededor de Rodri y su sabiduría, Pep Guardiola había construido un equipo de magnitud histórica. Poderoso, inteligente, astuto, perfecto lector del juego en el capítulo defensivo y en la trama ofensiva, ganador en los duelos individuales, magnífico rematador de media distancia, cabeceador de primera clase y dueño de un liderazgo natural, Rodri había marcado una época. Sin él, o con una edición disminuida de su rendimiento, podría sospecharse un periodo de desamparo tanto en el Manchester City como en la selección. Rodri llegó al Mundial sometido a un escrutinio bestial. Salió con la Copa del Mundo en sus manos, designado mejor jugador del torneo por aclamación y reiterando punto por punto todas las cualidades anteriores a su lesión, hasta cierto punto superándolas: imposible recordar un mediocentro tan influyente y categórico en este o en cualquier otro Mundial.
El éxito de Rodri y sus circunstancias en el Mundial solo tiene equivalente en el de Ronaldo hace 24 años. El Madrid y el Barça tomaron nota de lo que significa un jugador que no admite comparación en su puesto, con una ventaja del Barça en la posición de salida. Es el futbolista perfecto para el sistema y la singular cultura del equipo. El Barça lo intentó con De Jong, pero nunca ha demostrado la jerarquía de Busquets. Rodri supone la perfecta continuación de una estirpe esencialmente blaugrana, menos apreciada en el diseño mental y futbolístico de Florentino Pérez. Ni Rodri encontrará mejor destino que el Barça, ni el Barça mejor futbolista para subir un peldaño decisivo en su progresión.
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