Todos tenemos en determinados lugares de nuestras ciudades un sitio que abre dos o tres veces al año en el que se venden petardos, cohetes, luces de colores, pirotecnias mil. Todos hemos pensado a qué se dedican esos trabajadores cuando no hay verbenas o celebraciones. Qué hacen el resto del año o, como en una canción romántica chunga, ¿qué haces cuando no piensas en mí? Ampliar el negocio, a Halloween, vender disfraces o los mismos que en verano nos podían vender helados luego nos venderán boniatos y castañas. En fin, esas maneras de perder el tiempo con lugares y oficios que funcionaban a modo de sitios donde se celebraban rituales. Del mismo modo, hace años que incluso el fútbol quedaba en suspenso. Se acababan las competiciones, los jugadores se iban de vacaciones, las oficinas de los equipos cerraban. Ah, qué nostalgia sin remedio porque ese tiempo pasó y ya no volverá. Todo está y va a seguir abierto 24 horas al día. Estamos encerrados en un scroll infinito. Somos un capítulo aterrador de Black mirror.
Todos tenemos en determinados lugares de nuestras ciudades un sitio que abre dos o tres veces al año en el que se venden petardos, cohetes, luces de colores, pirotecnias mil. Todos hemos pensado a qué se dedican esos trabajadores cuando no hay verbenas o celebraciones. Qué hacen el resto del año o, como en una canción romántica chunga, ¿qué haces cuando no piensas en mí? Ampliar el negocio, a Halloween, vender disfraces o los mismos que en verano nos podían vender helados luego nos venderán boniatos y castañas. En fin, esas maneras de perder el tiempo con lugares y oficios que funcionaban a modo de sitios donde se celebraban rituales. Del mismo modo, hace años que incluso el fútbol quedaba en suspenso. Se acababan las competiciones, los jugadores se iban de vacaciones, las oficinas de los equipos cerraban. Ah, qué nostalgia sin remedio porque ese tiempo pasó y ya no volverá. Todo está y va a seguir abierto 24 horas al día. Estamos encerrados en un scroll infinito. Somos un capítulo aterrador de Black mirror.Seguir leyendo…
Todos tenemos en determinados lugares de nuestras ciudades un sitio que abre dos o tres veces al año en el que se venden petardos, cohetes, luces de colores, pirotecnias mil. Todos hemos pensado a qué se dedican esos trabajadores cuando no hay verbenas o celebraciones. Qué hacen el resto del año o, como en una canción romántica chunga, ¿qué haces cuando no piensas en mí? Ampliar el negocio, a Halloween, vender disfraces o los mismos que en verano nos podían vender helados luego nos venderán boniatos y castañas. En fin, esas maneras de perder el tiempo con lugares y oficios que funcionaban a modo de sitios donde se celebraban rituales. Del mismo modo, hace años que incluso el fútbol quedaba en suspenso. Se acababan las competiciones, los jugadores se iban de vacaciones, las oficinas de los equipos cerraban. Ah, qué nostalgia sin remedio porque ese tiempo pasó y ya no volverá. Todo está y va a seguir abierto 24 horas al día. Estamos encerrados en un scroll infinito. Somos un capítulo aterrador de Black mirror.
El sistema depredador hace que estemos ávidos de noticias y sucesos, y, no nos engañemos, tanto nos da que nos preocupemos del fenómeno de los ocupas, de Ceuta o del fichaje de Julián Álvarez. La cuestión, el tema, lo que se compra y vende, es nuestra atención. Al precio que sea. Aunque cada vez valga menos. El sistema solo cambiará –no seamos ingenuos: más bien mutará– cuando demos muestras de agotamiento. Cuando nos dé igual la bicicleta de Mbappé, el desplante de Cristiano Ronaldo, quién esponsorizaba los drones en el último partido de Messi con su selección o si a Ferran Torres se le ha pinchado la rueda al salir del entrenamiento. Cuando todo nos valga lo mismo y poco. Más aún que las camisetas de cada uno de los opinadores –también mutados a hooligans y luego personajes, carne de memes– ya se han adherido a sus cuerpos tanto que, muchos de ellos, olvidan que un día fueron periodistas y que, aunque la objetividad no existe, sí la pretensión de mirar, pensar y comunicar bien. Es obvio que el sistema ha de generar debate. Polémica. Enfadarnos, entusiasmarnos y entretenernos, pero habito la sensación de que ya nos empieza a dar todo igual. Estamos sentados a la mesa, a atracón diario, sin distinguir sabores y texturas, sin saber ya si esto es el desayuno, almuerzo, merienda o cena.
Un día, nuestros futbolistas y deportistas nos darán igual, lejos de lo que sepan hacer
No me parece mal, sino que hasta me regocijo un poco apagando la tele o el móvil a esas tertulias sin fin, hablando de lo mismo, tratando de molestar sobre las mismas cosas, viéndose todas las hechuras del poder que ya ni sabe, ni quiere ni puede disimular. Del mismo modo que llegó el día en que nos dio igual por qué se enfadaba Belén Esteban, qué presentaba Jorge Javier Vázquez, o en qué reality andaba el enésimo novio de la enésima hija o prima de la enésima estrella de la farándula, y acabó Sálvame y sucedáneos y empezamos a ver culebrones turcos, dramas de criadas, costureras y nobles y programas de noticias en los que las noticias se devoran a sí mismas, un día nuestros futbolistas y deportistas nos darán igual, lejos de lo que sepan hacer de maravilloso con una pelota, en una carrera o dentro de una piscina.
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