Siempre he sido de Jordan. Lo confieso antes de empezar. Soy de aquella suspensión en el aire, de esa lengua fuera, del último tiro contra Utah y de una competitividad que convertía cualquier título en una afrenta personal. Pero, siendo de Jordan, no puedo más que rendirme ante lo que representa LeBron James dentro, pero, sobre todo, fuera de la pista. Un deportista que, en su evolución, me ha obligado a mutar mi parecer sobre el profesional, la persona y su aportación al mundo.
Siempre he sido de Jordan. Lo confieso antes de empezar. Soy de aquella suspensión en el aire, de esa lengua fuera, del último tiro contra Utah y de una competitividad que convertía cualquier título en una afrenta personal. Pero, siendo de Jordan, no puedo más que rendirme ante lo que representa LeBron James dentro, pero, sobre todo, fuera de la pista. Un deportista que, en su evolución, me ha obligado a mutar mi parecer sobre el profesional, la persona y su aportación al mundo.Seguir leyendo…
Siempre he sido de Jordan. Lo confieso antes de empezar. Soy de aquella suspensión en el aire, de esa lengua fuera, del último tiro contra Utah y de una competitividad que convertía cualquier título en una afrenta personal. Pero, siendo de Jordan, no puedo más que rendirme ante lo que representa LeBron James dentro, pero, sobre todo, fuera de la pista. Un deportista que, en su evolución, me ha obligado a mutar mi parecer sobre el profesional, la persona y su aportación al mundo.
Jordan fue una supernova. El héroe concebido para el momento perfecto. La belleza de una superioridad concentrada, mayúscula y casi imposible. Sus suspensiones paraban el tiempo, sus mates eran lienzos. Eligió una existencia breve convertida en leyenda, solo le interesó la gloria. Construyó su mito sobre la intensidad de unos años irrepetibles, sobre seis campeonatos, seis finales y una imagen de invulnerabilidad que el tiempo apenas ha conseguido erosionar. En su documental, sus desafiantes ojos rojizos aún demostraban el líder que lleva en su interior. Un semidiós.
LeBron, en cambio, es una estrella. Hoy ya no es el jugador todopoderoso que fue, sino el que sobrevive a todos sin poder ser superior como años ha. El que ha comprendido que cada etapa del viaje exige una virtud distinta y ha añadido humildad para reconocer que ya no es el número uno. Entender que no vence porque permanezca inalterable, sino porque sabe transformarse sin dejar de ser él.

Eso es lo verdaderamente extraordinario de LeBron James. No solamente cuánto ha jugado, sino cuántas veces ha sido capaz de reinventarse. Primero fue un fenómeno físico, después un rey absoluto, más tarde una inteligencia capaz de ordenar una franquicia desde dentro y fuera de la pista; incluso quiso ser el padre que arropara a su hijo en el seno de la NBA. Su cuerpo ha envejecido, pero su juego ha adquirido nuevas formas de autoridad. No ha derrotado al tiempo, ha aprendido a negociar con él.
Su carrera constituye una declaración de amor al baloncesto, pero sobre todo una defensa del trabajo y de la profesionalidad. LeBron hace muchos años que no necesita demostrar nada; tiene títulos, récords, fortuna, influencia y una posición asegurada en la historia del deporte. Su longevidad no es un accidente biológico, es una obra profesional. Está hecha de hábitos, renuncias, preparación y sacrificio; de miles de horas en gimnasios en los que nadie aplaude. Ahí reside su grandeza moral. Vivimos en una época fascinada por la apariencia del éxito y cada vez menos interesada en su construcción. Se desea la visibilidad sin aceptar la disciplina, se busca la admiración sin pagar el precio de la excelencia. LeBron lleva más de dos décadas regresando cada noche a una cancha, tras no cansarse de trabajar fuera de ella cada día.
Siempre he sido de Jordan, pero me rindo ante lo que representa LeBron James dentro y fuera de la pista
También más allá del deporte su figura propone un modelo diferente al de Jordan. Michael comprendió antes que nadie que un atleta podía convertirse en una industria. Su nombre trascendió el baloncesto hasta ser símbolo de consumo, deseo y estatus. Su marca deportiva multiplicó el mito y lo convirtió en una de las arquitecturas comerciales más extraordinarias de la cultura contemporánea. Su legado público se construyó solo desde el marketing.
LeBron no ha renunciado al negocio, pero ha entendido que una celebridad no solo posee privilegios: también acumula responsabilidades. Ha intervenido en debates sociales, ha defendido públicamente sus posiciones políticas y ha invertido en educación. Jordan pareció enseñarnos que el éxito permitía elevarse por encima del mundo. LeBron ha querido demostrar que le obliga a acercarse a él.

Quizá por eso, aunque Jordan siga siendo mi ídolo, LeBron se ha convertido en un referente que reconozco necesario en el mundo actual. Su última decisión, aceptar un salario pírrico para seguir en activo, eligiendo una franquicia con la que volver a aspirar al anillo, es admirable. Aunque puedan hacerse distintas lecturas, sigue retándose a sí mismo. Michael representa el instante de gloria que todos soñamos. Lebron, la constancia que, hoy, casi nadie está dispuesto a desarrollar. Es aquí donde deseo abandonar la discusión de quien es el GOAT para hablar de dos formas distintas y defendibles de construir una carrera.
En un mundo que confunde notoriedad con trascendencia, LeBron James recuerda que una vida ejemplar no se construye únicamente en el momento en que se levanta el trofeo. Se construye al día siguiente, cuando ya no queda nada que demostrar y, aun así, uno vuelve a desafiarse a sí mismo aceptando ganar menos y volviendo a empezar.
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