Por historia, la preparación psicológica de un Barça-Madrid resulta más complicada para un culé que para un madridista. La aureola del Real Madrid se ha edificado sobre una supuesta superioridad contra la cual se da por sentado que ningún otro equipo puede competir. Por suerte, entre las convicciones y los hechos hay un abismo que ha permitido que equipos como el Ajax, el Manchester City, el Bayern o el Milan hayan desmentido este presunto derecho adquirido.
Por historia, la preparación psicológica de un Barça-Madrid resulta más complicada para un culé que para un madridista. La aureola del Real Madrid se ha edificado sobre una supuesta superioridad contra la cual se da por sentado que ningún otro equipo puede competir. Por suerte, entre las convicciones y los hechos hay un abismo que ha permitido que equipos como el Ajax, el Manchester City, el Bayern o el Milan hayan desmentido este presunto derecho adquirido.Seguir leyendo…
Por historia, la preparación psicológica de un Barça-Madrid resulta más complicada para un culé que para un madridista. La aureola del Real Madrid se ha edificado sobre una supuesta superioridad contra la cual se da por sentado que ningún otro equipo puede competir. Por suerte, entre las convicciones y los hechos hay un abismo que ha permitido que equipos como el Ajax, el Manchester City, el Bayern o el Milan hayan desmentido este presunto derecho adquirido.
Anoche, sin embargo, el equipo que más y mejor ha cuestionado esta autoproclamada supremacía –el Barça– no se pudo imponer al Madrid más ordenado, concentrado y eficaz de esta temporada. La madriditis crónica, que los culés habían convertido en un mal identitario y que se había transformado en barcelonitis madrileña, volvió a sobrevolar momentáneamente el Camp Nou.
Contra la euforia que vaticinaba goleadas, debemos asimilar la derrota con inteligencia
Leyendo y escuchando según qué, y sin dejar de disfrutar de la espléndida trayectoria del Barça de los últimos tiempos, a menudo parece que los culés estemos adoptando métodos psicológicos típicamente madridistas mientras que el madridismo se ha contagiado de nuestro victimismo y nuestra facilidad para buscar excusas (la más pertinaz: Negreira). Sin embargo, la estructura psicológica de los culés sigue siendo más enrevesada que la de los madridistas. En otras palabras: para ganar, el Barça (club y equipo) necesita hacer más cosas bien que el Madrid, que puede limitarse a concentrarse en el qué (la victoria) y desatender el cómo (el juego). Aquí, en cambio, convivimos con la exquisitez de un paladar agradecido y con tabúes inconfesables y hemos heredado un fatalismo que nuestros descendientes no solo no comparten sino que transforman en una autoestima que los veteranos interpretamos como mal augurio.
Cuando oímos comentarios como “les machacaremos” o “les meteremos cinco”, los culés más temerosos de Dios sufrimos, como con las almorranas, en silencio. Para nosotros, los 5-0 (o los 2-6) son leyendas mitológicas que refuerzan nuestro orgullo de pertenencia. Pero vivir en un 5-0 permanente es –hablo por mí– una aspiración pornográfica, mientras que prever accidentes (Bale desbordando a Bartra, Cunningham aplaudido por el Camp Nou, no tanto como señal de admiración sino como castigo a nuestro equipo, Raúl haciendo callar la grada, Mbappé justificando su letal eficacia…) forma parte de una identidad que necesita actuar con la madurez y la inteligencia con las que todos tendremos que digerir una derrota de alta densidad simbólica.
Son sentimientos que todavía no recoge el Oura Ring, el famoso anillo que mide el control del sueño (duración, fases, eficiencia), la frecuencia cardíaca, los niveles de estrés (físicos y psíquicos), la temperatura corporal y los niveles de oxígeno en sangre de los jugadores del primer equipo. Si, con un Oura Ring gigante, pudiéramos aplicarlo a todos los culés del mundo en una noche como la de ayer, reventaríamos todos los índices y nos acercaríamos a las cifras vergonzosamente estratosféricas de los precios de las entradas para socios no abonados.
Comparada con las expectativas previas de goleadas humillantes, la derrota de ayer puede parecernos un descalabro. Pero los culés más fatalistas podemos aportar la experiencia de valorar todo el trabajo hecho y el liderazgo, sabiendo que no dejarse vencer ni por las euforias ni por el desánimo también forma parte de la fuerza colectiva.
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