El ciclismo antes era de sangre caliente, un deporte de pasiones, protagonizados por ciclistas excesivos. Ahora, hay veces que los ciclistas parecen robots. Todo tan mecanizado y medido. Por eso, cuando aparecen historias quijotescas son tan aplaudidas. Aunque no siempre acaben bien. Los pronósticos apuntaban a Vingegaard y el danés no perdona tras el Blockhaus. Los dos finales en alto llevan su nombre.
El danés gana su segunda etapa pese a la apuesta de Gall y la nostalgia de Ciccone
El ciclismo antes era de sangre caliente, un deporte de pasiones, protagonizados por ciclistas excesivos. Ahora, hay veces que los ciclistas parecen robots. Todo tan mecanizado y medido. Por eso, cuando aparecen historias quijotescas son tan aplaudidas. Aunque no siempre acaben bien. Los pronósticos apuntaban a Vingegaard y el danés no perdona tras el Blockhaus. Los dos finales en alto llevan su nombre.
Ahí está Afonso Eulálio, el portugués de rosa, que pelea contra su destino, que tiene todas las de perder pero que no se rinde, un loco que no entra en razón. El ciclista del Bahréin se multiplica, no es ortodoxo, sufre pero se sale con la suya. Llega líder al día de descanso.
Eulálio defenderá con uñas y dientes 2m21s en la contrarreloj individual del martes para conservar la maglia rosa
Pero no está solo. Giulio Ciccone se levanta en Cervia, mira el calendario y ve que es 17 de mayo del 2026. Exactamente una décadas después de su primera victoria en el Giro, en Sestola, cuando tenía 21 años. Y se lía la manta a la cabeza. Se va a por la victoria, que sería su cuarta, en Corno alla Scale.
Al austríaco Felix Gall le ha tocado el ingrato papel de rival de Vingegaard. Y se resiste a darse por vencido ya. El Decathlon, su equipo, trabaja todo el día, con ganas de endurecer y ambición por ganar. No quiere ser comparsa, sino protagonista. Y a 2,5 kilómetros de la cima de los Apeninos boloñeses, Gall ataca. Se atreve, nada de acompañar, hay que ser valiente y en nada alcanza a Ciccone.
El problema es que pegado a su rueda se lleva a Vingegaard, de azzurro, como rey de la montaña. El danés va soldado y prefiere no colaborar. Gall se gira y siempre se encuentra una negativa por respuesta. El del Visma va silbando, calculando su momento, preparando la estocada. Mientras Gall sigue tirando y gastando para alejar a Aresmann, Gee, Hindley o Pellizzari, el que peor lo pasa.
Hasta que cruzan la pancarta del último kilómetro y Vingegaard ya no se espera más. Cambia el ritmo y se marcha a por el triunfo. “Creía que era el lugar donde atacar y me he podido llevar la victoria”, dice el gran favorito. A Gall se le queda un palmo de narices. No por inesperado, no por ilógico. Se ha hecho siempre y siempre se hará. No hay espacio para el romanticismo en estos días. Lo aprenden Gall y Ciccone.
En cambio, Eulálio, que solo pierde 41 segundos, resiste. Es el último mosquetero que no quiere entregar las armas. Defenderá con uñas y dientes 2m21s en la contrarreloj individual del martes. Con muchos números de perder. Pero, ¿y si suena la flauta. Pues parece que a Vingegaard no le va importar demasiado. “Estamos donde queríamos estar, en una buena posición en la general y se ven bien las cosas desde aquí”. De momento, no hay prisa. Eso dice el plan.
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