Una final inédita decidirá hoy el campeón del mundo. Se miden Argentina y España, dos naciones apasionadas por el fútbol que hablan la misma lengua y mantienen desde hace décadas un sistema de vasos comunicantes sin parangón en el panorama internacional. El magisterio Di Stéfano, Kempes, Maradona y Messi, los grandes patriarcas argentinos, dejó una huella indeleble en nuestro fútbol, donde ese legado se aprecia con admiración. Y quizá en ningún otro lugar ha fascinado tanto el transformador modelo español como en Argentina, en cuyos cenáculos muy pronto se idealizó el Barça de Cruyff y, años después, el de Pep Guardiola, referentes indiscutibles de la elegante, eficiente y muy singular propuesta que ha caracterizado a la selección española en los últimos 20 años.
Una final inédita decidirá hoy el campeón del mundo. Se miden Argentina y España, dos naciones apasionadas por el fútbol que hablan la misma lengua y mantienen desde hace décadas un sistema de vasos comunicantes sin parangón en el panorama internacional. El magisterio Di Stéfano, Kempes, Maradona y Messi, los grandes patriarcas argentinos, dejó una huella indeleble en nuestro fútbol, donde ese legado se aprecia con admiración. Y quizá en ningún otro lugar ha fascinado tanto el transformador modelo español como en Argentina, en cuyos cenáculos muy pronto se idealizó el Barça de Cruyff y, años después, el de Pep Guardiola, referentes indiscutibles de la elegante, eficiente y muy singular propuesta que ha caracterizado a la selección española en los últimos 20 años.Seguir leyendo…
Una final inédita decidirá hoy el campeón del mundo. Se miden Argentina y España, dos naciones apasionadas por el fútbol que hablan la misma lengua y mantienen desde hace décadas un sistema de vasos comunicantes sin parangón en el panorama internacional. El magisterio Di Stéfano, Kempes, Maradona y Messi, los grandes patriarcas argentinos, dejó una huella indeleble en nuestro fútbol, donde ese legado se aprecia con admiración. Y quizá en ningún otro lugar ha fascinado tanto el transformador modelo español como en Argentina, en cuyos cenáculos muy pronto se idealizó el Barça de Cruyff y, años después, el de Pep Guardiola, referentes indiscutibles de la elegante, eficiente y muy singular propuesta que ha caracterizado a la selección española en los últimos 20 años.
Esa relación, sin embargo, apenas se ha concretado en 94 años de historia de la Copa del Mundo. España y Argentina sólo se han enfrentado una vez, hace 60 años, en el Mundial de Inglaterra 66, con alguna similitud a la actual. Dos años antes, la selección española ganó la Eurocopa, de la que ahora es vigente campeón. Era un excelente equipo –Iribar, Amancio, Luis Suárez, Peiró, Fusté…–, pero jugó mal. En la primera fase, perdió por dos goles a uno contra una acreditada edición de Argentina, dirigida por el fenomenal Ermindo Onega, al que acompañaban Perfumo, Marzolini, Rattin, Pinino Más y el cañonero Luis Artime.
Argentina y España mantienen una interrelación sin parangón
Ninguna de los dos equipos había ganado el Mundial hasta entonces. Se les tenía por equipos que se auto devaluaban en la competición. Décadas más tarde, resulta imposible atribuirles esa crítica. Argentina ha ganado tres Mundiales (1978, 1986 y 2022), fue subcampeona en 1990 y 2014 y de nuevo disputará la final. España ganó el Mundial del 2010 y en el Met Stadium de New Jersey buscará reeditar el título y completar cuatro años excepcionales. No pierde un partido oficial desde el 28 de marzo del 2023, fecha de la derrota con Escocia, en el segundo encuentro de Luis de la Fuente al frente de la selección. Es una racha de 37 partidos, que incluye la victoria en la Eurocopa 2024 y una edición de la Liga de las Naciones.
Si las dos selecciones venían precedidas por innumerables vínculos, la final los multiplica. El multiplicador es Leo Messi, cuyo impacto en los Mundiales ha sido vertical: en cada uno de ellos ha mejorado al anterior. Con 35 años ganó el de Qatar 2022, con 39 se le han dedicado más elogios que nunca. No es lo normal a esas edades, pero qué es normal en Messi. Atrás, muy atrás, quedan los días donde la hinchada del Barça y, en general, el fútbol español le rendían el culto que se debe a un genio entre los genios. Días en los que Messi tenía que hacer un esfuerzo titánico de argentinidad –rechazó jugar en la selección española– para merecer el afecto que tardaba en recibir.

“Cuando Messi se sube al avión en Barcelona, en Buenos Aires desembarca el hermano de Messi”, era una de las habituales cornadas que en forma de pésimo chiste le dedicaba un buen sector del periodismo argentino. Ahora ha convertido la trilogía Gardel-Evita-Maradona en una tetralogía. Messi es el cuarto vértice. Aprovecharlo es un asunto primordial en la selección argentina, a la que España ha respondido en este Mundial con un aprovechamiento sin igual de la idea colectiva del fútbol.
En este momento cenital del star system –nunca como en esta Copa del Mundo se ha hablado tanto de las estrellas, como se corresponde con la cultura estadounidense–, se ha minusvalorado a España por la presunta ausencia de estrellas. Hasta Lamine Yamal, que ha sido decisivo en el recorrido del equipo, ha sido víctima de recelos y críticas, incomprensibles a la vista de su perfecto encaje en el cartesiano modelo español.
Mientras crecía la espuma de elogios en otras cancillerías del Mundial, España pasó por debajo del radar hasta que devoró a Francia con una de las más sutiles exhibiciones que se recuerdan. No era la primera vez. Había ganado siete de los diez partidos anteriores, incluidas la última semifinal de la Eurocopa y las dos anteriores de la Liga de las Naciones.
A cinco días de la final, el mundo descubrió que la selección española es una máquina perfectamente engrasada que, detrás de su aparente delicadeza, esconde la firmeza del acero valyrio, resaltada por su entrenador, Luis de la Fuente, con la impecable dirección de un grupo excepcional de futbolistas, estrellas que hace tiempo aparcaron los problemas de ego en favor del trabajo bien hecho.
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