El cargo podría recaer por primera vez en la historia en una mujer y, además, de origen latinoamericano. Pero el proceso de sucesión no está exento de incertidumbre: Estados Unidos podría terminar bloqueando la elección Leer El cargo podría recaer por primera vez en la historia en una mujer y, además, de origen latinoamericano. Pero el proceso de sucesión no está exento de incertidumbre: Estados Unidos podría terminar bloqueando la elección Leer
«La ONU es el logro más extraordinario de la diplomacia», dijo Michelle Bachelet, una de los seis candidatos a la Secretaría General, en el debate celebrado la semana pasada en la Asamblea General. La pregunta es si el próximo secretario o secretaria general logrará que siga siéndolo, y sobre todo, si las grandes potencias lo permitirán.
Hoy, 30 de julio, arranca formalmente el proceso de selección: los 15 miembros del Consejo de Seguridad harán la primera votación, indicativa, anónima y a puerta cerrada. Se repetirá hasta reunir los nueve votos necesarios sin veto de los cinco miembros permanentes, según el artículo 97 de la Carta de la ONU. La Asamblea General nombrará a la persona elegida, que asumirá el cargo el 1 de enero de 2027, sucediendo a António Guterres.
Es un proceso condicionado por los equilibrios geopolíticos, entre seis candidatos de trayectoria relevante: Rebeca Grynspan (Costa Rica), ex vicepresidenta y secretaria general de la UNCTAD; Rafael Grossi (Argentina), director general del Organismo Internacional de Energía Atómica; Michelle Bachelet (Chile), ex presidenta, ex alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos y primera directora de ONU Mujeres; María Fernanda Espinosa (Ecuador), ex ministra de Exteriores y Defensa, expresidenta de la Asamblea General; Carolyn Rodrigues-Birkett (Guyana), representante permanente ante la ONU; y Macky Sall (Senegal), ex presidente del país y de la Unión Africana.
Cinco candidatos latinoamericanos y un africano, cuatro mujeres y dos hombres: no es casualidad. Según la norma no escrita de rotación geográfica, podría tocarle el turno a América Latina y, por primera vez en más de 80 años de historia, a una mujer.
En el debate, los seis coincidieron en reconstruir la confianza en la Organización, reformarla con agilidad, ganar relevancia en prevención de conflictos y responder a retos como la inteligencia artificial, el clima o la financiación. Pero sería ingenuo pensar que esos argumentos decidirán la elección: pesa más el equilibrio geopolítico entre los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido).
La historia demuestra que el secretario general nunca ha sido elegido únicamente por sus méritos. En 1996, Boutros Boutros-Ghali contaba con el apoyo de catorce de los quince miembros del Consejo de Seguridad para un segundo mandato. Bastó el veto de Estados Unidos para impedir su reelección y abrir paso a Kofi Annan.
El perfil ganador, para algunos desafortunadamente, será el de alguien que no incomode en derechos humanos y ofrezca un mínimo común denominador en un mundo multipolar.
Y esta vez el foco vuelve a situarse sobre Washington.
Algunos analistas consideran que Estados Unidos podría respaldar a Rafael Grossi, por afinidad con Milei y su gestión del expediente nuclear iraní. Otros creen que Rebeca Grynspan representa el perfil de consenso que facilitaría un acuerdo entre las grandes potencias.
Sin embargo, existe una tercera posibilidad que apenas se está discutiendo: que la Administración Trump no busque realmente un candidato, sino impedir que exista un consenso.
Los hechos podrían apuntar en esa dirección. Trump ha reducido y retrasado al límite su contribución, pese a que Estados Unidos era el mayor contribuyente al presupuesto ordinario (22%) y a las operaciones de paz (26%). Este año, además, retiró a su país de una treintena de agencias de la ONU (UNESCO, OMS y el Consejo de Derechos Humanos, entre ellas), por considerarlas superfluas o intrusivas. Las critica con dureza, aunque es el primero en ridiculizarlas: envió a Melania a presidir una reunión del Consejo de Seguridad sobre la infancia en la guerra, apenas conocida la muerte de decenas de niñas en un bombardeo estadounidense en Minab, sur de Irán; e impulsó una enmienda para restringir la definición de género a dos sexos biológicos en la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer.
Presiona así dos pilares de la Organización -derechos humanos y desarrollo- y, en el tercero, paz y seguridad, promueve un Consejo de Paz alternativo, la Junta de Paz, con cuota de entrada de 1.000 millones de dólares, para resolver crisis que, según él, la ONU no puede -o no le dejan- resolver. Lo último, según The New York Post, fue sugerir a Gianni Infantino, quien en diciembre creó el primer Premio de la Paz de la FIFA para dárselo a Trump.
Para Trump, los organismos de la ONU deben adaptarse, reducirse o morir; convertirla en una mesa de negociación entre estados sin obligaciones, algo que tampoco disgustaría a Rusia o China. Qué mejor secretario general, entonces, que ninguno: si Washington bloquea a todos, podrá cargar la culpa sobre la ineficacia de la propia Organización.
¿Y dónde está el interés de la opinión pública global en una elección tan relevante? Muchos países han adelantado sus cuotas, pero la presión y el interés está siendo escaso. Algunos dirigen sus reproches hacia quienes tienen más poder diplomático: la Unión Europea, volcada en Ucrania y en redefinir su propio lugar. Organizaciones civiles como Gender Women Leaders Voices han promovido debates y la iniciativa Madam Secretary-General para que el cargo lo ocupe una mujer. Pero falta el debate en la calle, en los medios, en la sociedad civil. Resulta sorprendente, al ser una decisión que marcará el futuro de la principal organización internacional del planeta.
Si la ONU ha sido el logro más extraordinario de la diplomacia -también el espacio para acordar los derechos humanos, la paz y el desarrollo-, hay quien tiene interés en que deje de serlo, y en que prevalezcan los intereses de unos pocos. La sociedad civil global, y en particular la europea, debe tomarse en serio este proceso. Es el momento de presionar; no cabe la indiferencia.
*Borja Santos Porras es decano asociado de la Escuela de Políticas, Economía y Asuntos Globales de la IE University.
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