Javier Giner debuta a la dirección con un drama doble tan delicadamente exhaustivo como arriesgado, intenso y hasta agotador, casi suicida Leer Javier Giner debuta a la dirección con un drama doble tan delicadamente exhaustivo como arriesgado, intenso y hasta agotador, casi suicida Leer
La lógica y el sentido común nos dicen que mucho más complicado y grave que un drama son dos dramas; que más arriesgado que un salto al vacío son dos, y que infinitamente más triste que una soledad son dos soledades. Aunque en verdad, la soledad solo es asumible e inteligible desde la tristura de lo que no admite ni duplicado ni compañía ni matrimonio. Mirado de cerca, de hecho, lo mismo ocurre con los dramas y con los saltos al vacío. Para ser de verdad, para que unos y otros duelan como merecen, hasta lo más hondo, solo pueden suceder una única vez. En soledad. En esta soledad.
En el que es su debut cinematográfico después de la serie Yo, adicto, Javier Giner se muestra de acuerdo. Pero no tanto. Para él, la soledad –esta es la tesis– es una, pero las formas de vivirla son esencialmente diferentes y hasta contradictorias. Esta soledad, de hecho, podría haberse titulado perfectamente Estas soledades. No en balde, se cuenta la historia de una pareja, de dos soledades, pero la narración discurre de manera magistral en paralelo, sin tocarse sobre la pantalla, por la vida de él (Oriol Pla) y por la vida de ella (Marina Salas). No hay planos compartidos, no hay piel en común, no hay más que una mirada que apenas es nada en un momento profundo e inolvidable. Unas cuantas llamadas no atendidas, un mensaje de voz y la presencia ausente, y en un bellísimo fuera de campo, de cinco años de vida conjunta que ya pasó.
Se cuenta la historia, decíamos, de una pareja rota. Él se ocupa de su padre enfermo y ella intenta ordenar su vida con la ayuda imposible de una madre que, definitivamente, está a otra cosa. Mientras, él, payaso de profesión y trompetista por gusto (o al revés), y ella, escritora vocacional, encadenan trabajos mal pagados, una crisis detrás de otra y mil maneras diferentes de definir el adjetivo precario. Cada uno, ya se ha dicho, por su lado, pero los dos perfectamente sincronizados en su fragilidad y en su hambre de abismo. A los dos les puede la sensación de llegar siempre tarde (y mal) a asuntos tales como la estabilidad, la madurez y, por qué no, una vivienda y una vida dignas. Y así.
Giner se las arregla para componer lo más intenso de su muy intensas historias al otro lado de la pantalla. Toda la película vive mucho más pendiente de los huecos que deja el drama a su paso, que de lo que se muestra de forma explícita, que es mucho. Las más que brillantes desgarradoras interpretaciones de Pla y Salas acompañan el discurrir de una película que busca el realismo no en la superficie siempre accidental de lo que enseña como en el envés desolador y esencial de lo que esconde. La idea no es tanto hacer coincidir los dos relatos como enfrentarlos, hacerlos chocar y, en la colisión, invitar al espectador al espectáculo de lo que refulge. Bien es cierto que en su empeño de buscar lo inaudito e inédito, por momentos Esta soledad se enreda en subtramas (la de la mujer presidiaria y la de la madre ausente) no exactamente increíbles, pero sí, en su radicalidad, algo innecesarias.
Sea como sea, lo que queda es una película que, sin duda, identifica una voz tan clara, definida y tensa que, quién sabe, puede que sean hasta dos voces.
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Director: Javier Giner. Intérpretes: Oriol Pla, Marina Salas, Gemma Martínez. Duración: 110 minutos. Nacionalidad: España.
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