No es frecuente que el Premio Nobel de Fisiología o Medicina reconozca de manera individual la trayectoria de un científico. Ese fue el caso de Susumu Tonegawa, recientemente fallecido y galardonado en 1987 por sus descubrimientos sobre los principios genéticos que permiten generar la extraordinaria diversidad de los anticuerpos. Tonegawa, fallecido el 11 de julio de 2026 a los 86 años, fue el primer japonés en recibir el Premio Nobel de Fisiología o Medicina.
El primer Nobel de Medicina japonés, fallecido en julio, fue excepcional no solo por la importancia de sus descubrimientos, sino también por su capacidad para cambiar los paradigmas científicos
No es frecuente que el Premio Nobel de Fisiología o Medicina reconozca de manera individual la trayectoria de un científico. Ese fue el caso de Susumu Tonegawa, recientemente fallecido y galardonado en 1987 por sus descubrimientos sobre los principios genéticos que permiten generar la extraordinaria diversidad de los anticuerpos. Tonegawa, fallecido el 11 de julio de 2026 a los 86 años, fue el primer japonés en recibir el Premio Nobel de Fisiología o Medicina.
Nacido y educado en Japón, Tonegawa amplió su formación en biología molecular, una disciplina entonces todavía incipiente que despertaba en él una profunda fascinación. Se trasladó a Estados Unidos, donde realizó su doctorado en la Universidad de California en San Diego y posteriormente trabajó en el Instituto Salk bajo la dirección de Renato Dulbecco, uno de los científicos fundadores de la biología molecular.
Más tarde se incorporó al Instituto de Inmunología de Basilea (Basel Institute for Immunology, BII), decidido a abordar uno de los grandes problemas científicos de la época: explicar cómo el sistema inmunitario, disponiendo de un número limitado de genes, es capaz de reconocer una diversidad prácticamente ilimitada de estructuras moleculares extrañas. Una capacidad que, por su extraordinaria complejidad, podría calificarse de prometeica.
El BII constituía un entorno científico excepcional. Financiado por Roche y dirigido por Niels Jerne, otro gran inmunólogo y premio Nobel, el instituto reunía a algunos de los investigadores más brillantes del momento. Jerne había desarrollado una concepción esencialmente darwinista del sistema inmunitario: los antígenos no inducen la formación de anticuerpos nuevos, sino que seleccionan aquellos anticuerpos ya preformados y codificados en el patrimonio genético de las células capaces de producirlos.
En aquel ambiente, y a pesar de no tener formación en inmunología, Tonegawa supo aplicar con extraordinaria creatividad sus conocimientos de biología molecular para enfrentarse a una de las preguntas fundamentales de la inmunología: ¿De dónde procede la inmensa diversidad del repertorio de anticuerpos?
La brillantez de sus experimentos y la solidez de la interpretación de sus resultados permitieron demostrar que esa diversidad es consecuencia de la reorganización de genes durante el desarrollo de los linfocitos B, las células productoras de los anticuerpos, mediante el proceso de recombinación V(D)J capaces de generar un enorme repertorio de genes de inmunoglobulinas. Este descubrimiento no solo resolvió uno de los grandes enigmas de la inmunología, sino que constituyó además una demostración decisiva de que el ADN puede reorganizarse durante el desarrollo celular y que los genes no constituían una estructura absolutamente estática, transformando nuestra concepción de la organización y funcionamiento del genoma. El impacto de aquellos descubrimientos trascendió la inmunología y abrió una nueva perspectiva sobre la relación entre información genética, desarrollo celular y diversidad biológica.
Una de las características que mejor definieron su personalidad científica fue precisamente su capacidad para formular nuevas preguntas y trasladar sus conocimientos a territorios científicos diferentes. Después de sus extraordinarios descubrimientos en inmunología, dirigió su atención hacia otro de los grandes problemas de la ciencia: el funcionamiento del cerebro y, en particular, los mecanismos de la memoria.
A su regreso a Estados Unidos, en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), inició sus trabajos en neurociencia y fue una figura fundamental en la creación y consolidación del Centro para el Aprendizaje y la Memoria, que posteriormente se convertiría en el Picower Institute for Learning and Memory. Allí, utilizando ratones genéticamente modificados y las nuevas herramientas de ingeniería genética, aporto información seminal sobre los mecanismos moleculares que permiten al cerebro formar y recuperar recuerdos. El propio MIT ha destacado que sus investigaciones sobre memoria constituyeron, junto con sus descubrimientos en inmunología, uno de los dos grandes pilares de su trayectoria científica.
Fue especialmente relevante su contribución al estudio del engrama de memoria, es decir, el conjunto de neuronas y modificaciones funcionales que participan en el almacenamiento y la recuperación de una experiencia. Mediante sofisticadas técnicas de ingeniería genética y optogenética, Tonegawa y sus colaboradores lograron identificar poblaciones neuronales activadas durante la formación de determinados recuerdos y manipular posteriormente su actividad. Estos experimentos mostraron que era posible activar artificialmente determinadas representaciones de memoria y modificar la expresión de recuerdos previamente adquiridos.
Sus trabajos transformaron nuestra concepción de la memoria. Lo que durante siglos había sido considerado un fenómeno intangible y difícil de localizar comenzó a poder estudiarse en términos de circuitos neuronales concretos. La memoria podía ser asociada a poblaciones específicas de neuronas, cuya actividad podía observarse, activarse o inhibirse mediante herramientas experimentales cada vez más precisas. Esta investigación abrió, además, preguntas de enorme alcance sobre la formación de recuerdos, su modificación y su relación con las respuestas emocionales y la conducta.
La trayectoria de Tonegawa es, por tanto, excepcional no solo por la importancia de sus descubrimientos, sino también por su capacidad para cambiar los paradigmas científicos. Pasó de resolver uno de los grandes enigmas de la inmunología a abordar algunas de las cuestiones más difíciles de la neurociencia. En ambos casos, su estrategia fue semejante: identificar una pregunta fundamental y buscar nuevas herramientas experimentales que permitieran convertirla en un problema científicamente abordable.
Son muchos los recuerdos con Susumu, pero evocamos dos que reflejan bien su personalidad. El primero tuvo lugar durante una rueda de prensa. Un periodista le preguntó qué había que hacer para conseguir un Premio Nobel. Su respuesta fue tan simple como rotunda: trabajar. Sorprendido por la aparente sencillez de la contestación, el periodista insistió: Pero también hay que ser imaginativo, creativo, brillante… Susumu repitió, sin añadir una palabra más:trabajar.
Aquella respuesta condensaba una de las características que mejor lo definían: su convicción de que los grandes descubrimientos son, ante todo, el resultado de un esfuerzo constante y perseverante. En una época en la que tendemos a asociar la excelencia científica con la genialidad individual, Tonegawa recordaba, con aquella respuesta aparentemente elemental, que detrás de un descubrimiento hay siempre años de trabajo, experimentos que no funcionan, preguntas reformuladas y una perseverancia casi silenciosa.
La segunda anécdota refleja otra de sus grandes cualidades: su extraordinaria modestia intelectual. Con motivo de una invitación que había recibido para impartir una conferencia a un grupo de monjes budistas, mantuvimos una larga conversación sobre la conveniencia de aceptar aquella propuesta, dado su declarado agnosticismo. En un momento de la conversación me dijo: sé quizás un poco de inmunología, pero frente a la inmensa mayoría de las cuestiones soy igual que cualquier otra persona. El Premio Nobel no te proporciona un saber universal. Aquella afirmación resumía perfectamente su actitud ante el conocimiento. En Susumu convivían, de una manera poco frecuente, la excelencia científica, la curiosidad intelectual y una profunda humildad ante la complejidad del mundo.
Su especial vinculación con España constituye también un capítulo significativo de su biografía. Tonegawa fue un profundo admirador del flamenco y fueron muchos los momentos que disfrutamos en su compañía, junto a su mujer, Mayumi, y sus hijos Hidde y Hanna.
Brillantez, sabiduría y humildad. Tres palabras que resumen, quizá, la personalidad científica y humana de Susumu Tonegawa. Su legado perdurará no solo como una de las contribuciones más influyentes de la biomedicina contemporánea, sino también como ejemplo de una forma de hacer ciencia basada en la curiosidad, el trabajo y el respeto ante la inmensidad de lo desconocido.
Rosario Moratalla, neurocientífica, y Carlos Martinez-A., inmunólogo, son profesores del CSIC
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