SaludAunque la percepción social sobre el tabaco ha cambiado mucho en las últimas décadas, el tabaquismo sigue siendo uno de los principales problemas de salud pública: según la Organización Mundial de la Salud (OMS), causa la muerte de 8 millones de personas al año en el mundo. Lejos de ser un simple hábito, se considera una enfermedad crónica y adictiva, con componentes físicos, psicológicos y conductuales que dificultan el abandono incluso cuando la persona que fuma es consciente del daño que provoca.
La OMS considera persona fumadora a todo aquel que haya consumido por lo menos un cigarrillo al día durante el último mes
Aunque la percepción social sobre el tabaco ha cambiado mucho en las últimas décadas, el tabaquismo sigue siendo uno de los principales problemas de salud pública: según la Organización Mundial de la Salud (OMS), causa la muerte de 8 millones de personas al año en el mundo. Lejos de ser un simple hábito, se considera una enfermedad crónica y adictiva, con componentes físicos, psicológicos y conductuales que dificultan el abandono incluso cuando la persona que fuma es consciente del daño que provoca.
Según especialistas del Hospital Clínic Barcelona, se considera tabaquismo cualquier forma de consumir nicotina: cigarrillos, pipa, vapeo, calentadores de tabaco y cachimba. La Organización Mundial de la Salud define como fumadora a toda persona que haya consumido por lo menos un cigarrillo al día durante el último mes.
El tabaquismo es una enfermedad y un factor de riesgo a la vez
El componente más conocido del tabaco es la nicotina, responsable de la adicción. Sin embargo, el humo contiene otras 7.000 sustancias químicas –muchas cancerígenas–, entre ellas plomo, arsénico, amoníaco, benceno y monóxido de carbono. Esta mezcla tóxica puede afectar negativamente a la salud incluso habiendo fumado un único cigarrillo.
Los efectos negativos del tabaco sobre el organismo son diversos. Fumar afecta especialmente al sistema respiratorio y se asocia a enfermedades como el cáncer de pulmón, la bronquitis crónica o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC). También incrementa el riesgo de infartos, hipertensión, osteoporosis, accidentes cerebrovasculares, y problemas digestivos, además de acelerar el envejecimiento de la piel y favorecer trastornos de salud mental como la depresión. Jacobo Sellarés, neumólogo del Hospital Clínic Barcelona, insiste en que “el tabaquismo es una enfermedad y un factor de riesgo a la vez”, ya que la propia enfermedad puede desencadenar otras complicaciones de salud.
A los 20 minutos de apagar el primer cigarrillo, el cuerpo ya empieza a notar los beneficios
Uno de los grandes problemas de la adicción al tabaco es que se consolida a edades muy tempranas. Además, la dependencia no es únicamente física: también tiene un componente psicológico y gestual, lo que dificulta todavía más abandonar el consumo. Según datos del Hospital Clínic Barcelona, más de un 70% de los pacientes tratados empezó a fumar antes de los 19 años y una cantidad significativa llevaba más de cuatro décadas fumando cuando decidió buscar ayuda médica. Aun así, dejar de fumar es posible, y quienes lo hacen perciben los beneficios con rapidez.
A los 20 minutos de apagar el último cigarrillo, el cuerpo ya empieza a notar el cambio: el ritmo cardíaco y la presión arterial comienzan a normalizarse. En los siguientes días, el monóxido de carbono y la nicotina desaparecen de los pulmones y la sangre, y mejoran la circulación sanguínea, el olfato y el gusto. En las semanas y meses posteriores, disminuye la dificultad respiratoria, se reducen la tos y la congestión nasal, se recupera parcialmente la función de limpieza de los bronquios y baja el riesgo de infecciones respiratorias y enfermedad cardiovascular.
Además, al año de haber dejado de fumar se reduce significativamente el riesgo de enfermedad coronaria, bajan los marcadores de inflamación y formación de coágulos en sangre y aumenta el colesterol bueno. La esperanza de vida del paciente puede aumentar hasta 10 años.
Para afrontar el proceso, los especialistas insisten en que abandonar el tabaco no depende únicamente de la fuerza de voluntad: la motivación del paciente, el acompañamiento médico y el apoyo psicológico son determinantes. Los tratamientos más eficaces combinan seguimiento profesional, estrategias conductuales y, en algunos casos, medicación para controlar la ansiedad y el síndrome de abstinencia. El porcentaje de abandono sin ayuda se sitúa entre el 5% y el 7%, mientras que los tratamientos especializados multiplican por cuatro las posibilidades de éxito.
Por otro lado, recuerdan que la recaída suele formar parte del proceso y no debe interpretarse como un fracaso definitivo. La dependencia de la nicotina genera un fuerte vínculo, tanto emocional como conductual, por lo que abandonar el tabaco implica también cambiar rutinas y afrontar momentos de ansiedad o estrés sin recurrir al cigarrillo.
Por último, los especialistas advierten que, pese a que el número de fumadores en España se reduce progresivamente, el tabaquismo sigue estando demasiado normalizado, sobre todo entre los jóvenes. La prevención y la información son, por eso, herramientas clave para evitar que nuevas generaciones desarrollen esta dependencia.
