Con tres Oscar, uno de ellos honorífico, el Oso de Oro de Berlín y la Palma de Oro de Honor en Cannes, el estudio japonés responsable de obras maestras como La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro, Mi vecino Totoro o Ponyo en el acantilado ha transformado la animación hasta convertirse en referencia mundial a la altura de Disney Leer Con tres Oscar, uno de ellos honorífico, el Oso de Oro de Berlín y la Palma de Oro de Honor en Cannes, el estudio japonés responsable de obras maestras como La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro, Mi vecino Totoro o Ponyo en el acantilado ha transformado la animación hasta convertirse en referencia mundial a la altura de Disney Leer
«Mis días son una repetición de actividades. Paseo por el mismo sendero cada día, el paisaje puede parecer completamente distinto según los rayos de luz y el modo en el que sopla el viento. Siempre estoy descubriendo cosas nuevas». La frase es de Hayao Miyazaki y, por ósmosis o simple sentido común, se podría atribuir incluso al Studio Ghibli en su totalidad que él mismo fundó con Isao Takahata en 1985 tras el éxito de Nausicaä del Valle del Viento. El reconocimiento con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades a este estudio, a este hombre, se antoja un galardón no solo a su trabajo de sobra conocido como quizá también a una forma de mirar y estar en el mundo. Cuando la IA construye memes de manera impúdica manoseando el talento desbordante de otros, pararse un segundo e identificar al creador, o creadores, detenerse para señalar ese impulso original que tiene que ver con el talento, el tesón, el esfuerzo y la dedicación se hace más necesario que nunca. Y para nada redundante o vano por muy conocido y reconocido que ya esté el único estudio de animación del mundo a la altura de la mitología del propio Disney.
Studio Ghibli ha «transformado excepcionalmente la creatividad en conocimiento y comunicación», según el acta del jurado presidido por Miguel Falomir, director del Museo del Prado. «Mediante un proceso artesanal de gran imaginación, ha creado historias universales llenas de sensibilidad y de valores humanistas: la empatía, la tolerancia y la amistad, así como el respeto por las personas y la naturaleza», destaca también el jurado, que señala asimismo: «Sus películas trascienden generaciones y fronteras, y son un referente para los desafíos de la sociedad globalizada y la protección del medio ambiente. El cine de Studio Ghibli ensalza la belleza de lo cotidiano y convierte en parte esencial de sus narraciones los instantes de silencio y contemplación».
Desde su creación, Ghibli siempre de la mano de Miyazaki, ha construido un universo original, único e intransferible a partir de una estética que combina el hiperrealismo en los escenarios y el diseño de los personajes humanos con el derroche de imaginación de criaturas y seres fantásticos. «El animador debe crear una mentira que parezca real», dejó escrito el genio en 1979. Y desde ahí, a través de más de 20 películas (10 de ellas dirigidas personalmente por Miyazaki), el estudio se ha erigido en un reino de línea clara y colores puros por el que despuntan obras maestras como Mi vecino Totoro, La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro o Ponyo en el acantilado. Si se quieren cifras, hablamos de una factoría que ha recibido seis nominaciones a los Oscar ganándolo en dos ocasiones con El viaje de Chihiro y El chico y la garza. Premios a los que hay que sumar el Oso de Oro en 2002 también por El viaje de Chihiro y la Palma de Oro honorífica al estudio en su totalidad en 2024. Por primera vez no se entregó a una persona en concreto.
Se diría que, salvo excepciones de última hora con una ligera tendencia a la fuga ligeramente abstracta, el trabajo del estudio se ha mantenido casi inalterado a lo largo del tiempo. Ha evolucionado, sí, pero con sentido, con sentido del ritmo, de la claridad y siempre muy atento a dejarse seducir por historias delirantes muy lejos de cualquier tipo de convención o norma. En el libro Cómo piensan los niños y otros recuerdos de mi vida, Miyazaki hablaba de un método que dependía únicamente del flujo creativo. Siempre que ha decidido poner en marcha una película, sus bocetos han sido el punto de partida para el trabajo de un equipo que ha llegado a tener a 400 personas pendientes de sus indicaciones y su guion gráfico. «Requiere un gran esfuerzo… Es como verter agua limpia, gota a gota, en un flujo de agua turbia», dejó escrito como lema casi místico de su obra y de sí mismo.
En su última película, Miyazaki establecía el que era su segundo testamento. El chico y la garza se convirtió en la película justo después de la que se anunció como última, El viento se levanta (2013). En ésta dejaba un verso de Paul Valéry como testimonio a la vez de vida y de muerte. Y del arte incluso. «¡Hay que intentar vivir!» era la frase que cerraba la película y la otra mitad del verso extraído de El cementerio marino que arranca precisamente con «¡El viento se levanta!». De por medio, el espectador asistía a una película deslumbrante y de principio a fin deslumbrada por la luz del sol. Pero siempre consciente de las sombras que arrastra el devenir de la existencia, el paso del tiempo y las huellas de la enfermedad que de forma tan brillante representa el viento, el viento que se levanta.
El chico y la garza llegó a los cines ene 2023 sin publicidad, sin fragmentos promocionales, con apenas unas pocas fotos que, antes que anunciar el gran acontecimiento que es que Miyazaki volviera después de haberse ido, se antojaban antes un modo de ilustrar el perdón por volver. En realidad, el título correcto de la cinta debería haber sido ¿Cómo vives?, que es, en el juego de referencias cruzadas que tanto entretiene al cineasta, el título del libro de Genzaburo Yoshino que inspira de manera muy libre, pero muy íntima, la película. Y de hecho, como no podía ser de otro modo, tiene todo el sentido del mundo que el verbo «vivir» aparezca de nuevo. Del «Hay que intentar vivir» al «¿Cómo vives?» hay la misma distancia que media entre la formulación entusiasta del deseo en abstracto a la exigencia cierta y cercana de la materialización y concreción del ideal, del ansia, del simple anhelo. Y así, las dos películas acaban por formar un díptico perfecto desde la profunda resignación de una vida que se desmorona de la primera a la entusiasta reivindicación de la vida digna de ser vivida de la segunda. Se diría que El chico y la garza no hace sino cumplir de forma puntual la admonición con la que cerraba El viento se levanta: «¡Hay que intentar vivir!». Pero, definitivamente, no basta con intentarlo.
Y es ahí, en ese impulso por recibir la vida como un regalo desbordante donde todos los trabajos de Ghibli se han hecho grandes, plenos, de todos. Decía Hayao Miyazaki estar preocupado por todo lo que se perdía por ser precisamente Hayao Miyazaki. «Nacer en un sitio determinado te impide ser cualquier otra persona en cualquier otro momento». Quizá por eso dedicó su vida entera a soñar el mundo, y a él mismo, de todos los modos posibles. Incluidos dos o tres imposibles. Por eso, el premio Princesa de Asturias se antoja un premio a él y a todos sus espectadores, espectadores ya devotos de una religión de imaginación, fantasía, naturaleza, misterio y pura vida.
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