El esperanzador avance no oculta el escepticismo por la desconfianza mutua de Hamas e Israel Leer El esperanzador avance no oculta el escepticismo por la desconfianza mutua de Hamas e Israel Leer
El anuncio del presidente estadounidense, Donald Trump, sobre el desarme de Hamas en la Franja de Gaza este viernes puso fin a meses de negociaciones, filtraciones, amenazas y presiones, pero no a la incertidumbre que acompaña desde octubre al frágil alto el fuego entre el grupo islamista e Israel.
Diseñada por Estados Unidos y apoyada por la resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU, la hoja de ruta para la tregua y la reconstrucción del devastado enclave palestino registra un enorme avance. Pero, como en muchos capítulos de este y otros conflictos, la gran incógnita es si los anuncios ante las cámaras o en las redes sociales acaban plasmándose en el terreno.
Muchas preguntas marcan el paso, aún pesimista, hacia la segunda fase del plan. ¿Hamas entregará todas sus armas antes de la retirada militar israelí? ¿O se limita a almacenarlas logrando proteger a sus decenas de miles de efectivos a la espera de una nueva escalada? ¿Israel se retirará del territorio ocupado durante su masiva ofensiva tres años después de que allí se lanzara el mayor ataque de su historia? ¿El Gobierno de Benjamin Netanyahu ordenará abandonar la Franja de Gaza sin acabar con Hamas como prometió y cuando las elecciones están a la vuelta de la esquina? ¿Los gazatíes podrán ver y sentir por fin de forma tangible la tregua y el inicio de la reconstrucción en una zona dominada por escombros? ¿El desarme es previo a la retirada o viceversa?
Las respuestas dependen sobre todo de las dos partes que creen que la otra echará por tierra el plan. De momento, sin embargo, el director general de la Junta de Paz, Nickolay Mladenov, puede expresar cierto alivio. «Hoy, se ha alcanzado un acuerdo sobre el desmantelamiento de armas y la transición civil en Gaza. Tomó meses de negociaciones muy difíciles llegar hasta aquí. Hubo varios momentos en los que no creí que lo lograríamos», afirmó el veterano diplomático búlgaro, igual de satisfecho que Trump, aunque quizá más realista al ser el encargado de convertir las palabras en hechos. «Lo que dice el acuerdo importa. Lo que sucede después importa aún más. La implementación y la verificación tienen que ser reales. La retirada debe avanzar al unísono con el desmantelamiento», avisó.
Con amplia experiencia en la región como coordinador especial de las Naciones Unidas para el Proceso de Paz entre 2015 y 2020, Mladenov mantuvo en los últimos meses negociaciones con Hamas de forma directa o través de los mediadores con capacidad de presionar -Egipto y dos países cercanos al grupo integrista, Qatar y Turquía-. Al mismo tiempo, se reunió con Netanyahu, consciente de que este no puede hacer concesiones ante Hamas pero tampoco irritar a Trump.
Los islamistas le acusaban de «ser proisraelí», mientras que Israel le avisaba de que «no se puede confiar en la palabra del grupo terrorista que promete otro ataque como el del 7-O».
Cuando el 21 de mayo Mladenov difundió los 15 puntos de su hoja de ruta para completar la implementación del plan de 20 puntos de Trump, muy pocos creían que había alguna posibilidad de éxito ni que Hamas aceptaría desarmarse, no sólo por su naturaleza como grupo, sino por las propias declaraciones de sus líderes. Ni tampoco que Israel fuera a retirarse completamente, al menos a medio plazo.
Mladenov lidió con la resistencia de Hamas a entregar las armas y con las reservas del Gobierno de Netanyahu, que condiciona cualquier avance del plan al desarme del grupo y la desmilitarización de Gaza. De hecho, Israel amplió su presencia militar en la Franja de Gaza hasta el 60%, cuando en el acuerdo de tregua de octubre y tras un repliegue, le fue designado el control del 53%, mientras que el resto del territorio, donde viven los habitantes, se encontraba bajo control de Hamas. En Israel creen que Hamas empezó a aceptar, aunque sea a nivel teórico, el desarme al ver que está perdiendo numerosos efectivos armados, entre ellos muchos de los que participaron en la infiltración armada del 7-O, en ataques israelíes en los últimos meses.
Netanyahu aprobó la entrada de la Junta de Paz de forma nada casual pocas horas antes de su viaje el pasado lunes a Washington para su deseada reunión con Trump. Es decir, el ingreso del Gobierno tecnócrata palestino (Comité Nacional para la Administración de Gaza) y de la Fuerza Internacional de Estabilización (ISF, por sus siglas en inglés).
El ejecutivo gestor encabezado por el palestino Ali Sha’ath y la ISF, de la mano del mayor general estadounidense Jasper Jeffers, son dos columnas fundamentales de la estructura creada con aroma empresarial en la Casa Blanca y encabezada por un Consejo Ejecutivo fundador, compuesto por varios dirigentes. En una capa inferior, se creó un ente formado, entre otros, por asesores cercanos de Trump y principales arquitectos de su plan, Steve Witkoff y Jared Kushner; el jefe del servicio de Inteligencia de Egipto, Hassan Rashad; el ministro de Exteriores turco, Hakan Fidan; y el ex primer ministro británico Tony Blair.
Bajo la batuta de Mladenov y el paraguas de Estados Unidos y Egipto, los 15 gestores palestinos administrarán una población con ingentes y urgentes necesidades. El desarme de Hamas es un reto tan colosal como la promesa de Sha’ath de «Una Autoridad, una Ley, un Arma». La nueva Policía palestina debe trabajar con la fuerza internacional.
Mladenov actúa como enlace sobre el terreno entre Sha’ath y el Consejo Ejecutivo de Gaza para apoyar la supervisión «en todos los aspectos de la gobernanza, la reconstrucción y el desarrollo de Gaza, garantizando al mismo tiempo la coordinación entre los pilares civil y de seguridad».
La primera fase de la tregua garantizó en octubre el canje de secuestrados aún en cautiverio por presos palestinos, un repliegue israelí y el ingreso de masiva ayuda humanitaria. La segunda etapa, que incluye el desarme de Hamas, la retirada, la nueva gestión y la reconstrucción en la Franja de Gaza, se pone a prueba. El anuncio de Trump no garantiza su éxito, pero sí su inicio. Al menos sobre el papel. O, en palabras del propio presidente: «Hemos logrado un progreso histórico y aún queda mucho trabajo por hacer».
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