Hay más liquidez que nunca para invertir en las macrosalidas a bolsa que espera el mercado, pero la concentración tiene también peligros. Leer Hay más liquidez que nunca para invertir en las macrosalidas a bolsa que espera el mercado, pero la concentración tiene también peligros. Leer
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Son más felices las personas que viven en relaciones monogámicas tradicionales o las que viven en relaciones poliamorosas? Según un grupo de investigadores australianos (Anderson et al., 2025), no hay diferencia en los niveles de satisfacción, ya que ésta depende de otros factores como la calidad de la comunicación. Sin embargo, las relaciones abiertas se caracterizan por exigir una mayor cantidad de tiempo y energía para gestionar la mayor complejidad de las relaciones que incluye.
Curiosamente esa conclusión describe también la relación de las empresas con sus propietarios. ¿Lo hace mejor -en términos de rentabilidad- una empresa cotizada o una que está en manos privadas? La literatura no llega a una conclusión clara, pero de lo que no cabe ninguna duda es que estar en bolsa dispara la complejidad regulatoria y obliga a las empresas a operar en un entorno mucho más cortoplacista. Es decir, cotizar en bolsa es un verdadero dolor de cabeza para muchas empresas.
Ese es el principal motivo por el que se ha convertido en algo cada vez menos frecuente. El número de empresas cotizadas en EEUU, por ejemplo, ha caído un 50% desde su pico de 8.000 cotizadas en 1996. ¿Dónde están las desaparecidas? Algunas han muerto, pero la mayoría se marcharon a manos privadas (dos de cada cien, según la Federación Internacional de Operadores de Bolsa, unas 1.000 al año en la última década) abandonando la bolsa.
Esa sangría podría compensarse con nuevas salidas a bolsa, pero esa variable también falla. Solo hace falta mirar las noticias para ver el estrés que supone el escrutinio trimestral público. Mientras puedan financiar su crecimiento con un puñado de accionistas, es mejor usar la energía para crecer que para contentar a miles de analistas e inversores minoristas. Por eso las 300 empresas de cierto tamaño que salían a bolsa cada año antes del año 2000 se convirtieron en 100 en las dos décadas siguientes, y desde la pandemia no llegan a 50 anuales.
Con esta escasez estructural de cosas nuevas que comprar no debería sorprender a nadie el entusiasmo con el que el mercado recibió la salida a bolsa de SpaceX. El hecho de que dos de las tres piezas que componen la empresa pierden dinero, o que Musk decidiera usar SpaceX para colocar por la puerta de atrás su débil negocio de inteligencia artificial no ha asustado a los inversores. A pesar de ser la mayor salida a bolsa de la historia, triplicando la que hizo la petrolera saudí Aramco en 2019, la demanda fue cuatro veces superior a la oferta y las acciones subieron más de un 30% en la primera semana.
Pero, si la oferta es tan escasa y la demanda tan sólida, ¿qué es lo que mantiene a los analistas despiertos por las noches?
El primer miedo es que no queden ni entusiasmo ni dinero para las siguientes oleadas, que van a ser masivas. Por un lado, llegan Anthropic y OpenAI pasando el cazo por valor de 60.000 millones de euros. Pero la avalancha llegará de manera gradual a medida que los propietarios de estas empresas vayan liberándose de las restricciones que se les imponen para vender. Por ejemplo, los dueños de SpaceX podrán vender otro 20% del capital en cuanto se publique su primer informe trimestral en septiembre. En un par de años la mitad de su capital estará en bolsa (es decir, el equivalente a diez salidas a bolsa como la de junio) y así hasta superar el 85% que flotan, como mínimo, las grandes tecnológicas americanas.
El segundo miedo se refiere a los índices. Una cosa es un puñado de inversores ultra entusiasmados se hipotequen para invertir en IA, pero ¿qué pasará cuando los inversores de pantufla y peli, que invierten de manera aburrida en índices, se vean obligados a comprar a medida que estas empresas vayan siendo incluidas? Los proveedores de índices se frotan las manos, y están más que dispuestos a cambiar las reglas -recortando el número de días de espera, o aumentando el peso que les correspondería en el índice- para facilitar la llegada de estos nuevos gigantes. El miedo es que el dinero salga de vender otras empresas para entrar en las nuevas, un juego de suma cero.
Son miedos razonables. Una sobredosis de oferta puede hacer daño, obligar a inversores poco interesados a entrar a través de índices y podría dañar la financiación disponible para otras empresas. Pero frente a estos riesgos hay un dato difícil de ignorar: nunca ha habido tanto dinero esperando a ser invertido. Los fondos monetarios institucionales, que actúan como un gran aparcamiento de liquidez, se han duplicado desde la pandemia y se acercan a los 5 billones de dólares, en torno a un 7% del tamaño del S&P 500. En un mercado donde cada vez hay menos empresas cotizando y las recompras siguen reduciendo el free float, esa liquidez reduce mucho el riesgo de que estas salidas a bolsa hundan el mercado.
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