El actor de rostro picassiano se convirtió por siempre en el Alonso Quijano de Orson Welles después de una larga carrera como el secundario imprescindible del cine mexicano Leer El actor de rostro picassiano se convirtió por siempre en el Alonso Quijano de Orson Welles después de una larga carrera como el secundario imprescindible del cine mexicano Leer
Fue seis veces mayordomo, otras tantas doctor, alguna menos agente funerario, en una ocasión Judas, en otra apache, un muy divertido don Guitarrón al lado de Viruta y Capulina, aliado de Buñuel en sus alardes más desmedidos y siempre, siempre, el Quijote de Orson Welles. Francisco Reiguera pertenece a esa estirpe de actores con modales y aspecto de arquetipo. Antes que un simple intérprete fue modelo, esquema, signo de exclamación y hasta emblema. Más allá del papel que le coronó para la eternidad como Alonso Quijano al lado del Sancho Panza que animaba el ruso Akim Tamiroff en una película que no fue terminada, que se montó años después tanto de su muerte como la de la del propio director, que finalmente se estrenó pero de muy mala manera y que ahora mismo vive su quizá definitiva resurrección por el empeño de varias filmotecas europeas; más allá de todo esto, decíamos, este actor exiliado dejó su nombre en el elenco de más de 150 películas (en 49 de ellas aparece sin acreditar, es decir, aparece sin aparecer), dirigió dos perfectamente olvidadas (Yo soy usted, 1943, y Ofrenda, 1953) y escribió otra más (El secreto de la solterona, de Miguel M. Delgado, en 1945) que nadie recuerda. Pero en verdad, y por contradictorio que resulte, más allá del Quijote, de su Quijote, del Quijote de Welles, no hay nada. Es más, por no haber, y dada la naturaleza esencialmente evanescente del Quijote de Welles, no hay ni película. Francisco Reiguera es así la más grande figura de una producción descomunal, pero inexistente. Francisco Reiguera es un actor español que, dando vida al más universal de los españoles, apenas pudo pisar España por su condición de exiliado en México desde 1940 y antes, desde el final de la Guerra Civil, en París.
Recapitulemos. En agosto de 1964, en una entrevista publicada en la revista Film ideal, Orson Welles confesaba ufano como era él que su Don Quijote, y el de Reiguera, estaba prácticamente terminado. «Sólo me faltan unas tres semanas de rodaje», decía entonces para sorpresa del entrevistador. Las palabras debieron de sonar ya entonces extrañas. Los orígenes de su adaptación de la obra de Cervantes se remontaban a los años 50. Ahora mismo, desde el siglo XXI, sin embargo, se antojan sencillamente delirantes. El director de Ciudadano Kane murió en 1985, 20 años después del anuncio del supuesto fin de rodaje, y la película quedó inacabada; necesariamente incompleta. Fue el proyecto de su vida; una especie de home movie en la que el actor y el director invertían todas sus energías y todo su capital. La explicación de este fracaso la daba el propio Welles: «Empecé haciendo un programa de televisión de media hora, para eso es para lo que tenía dinero, pero me enamoré tan profundamente del asunto que lo fui ampliando y he ido rodando a medida que tenía dinero. Más o menos me sucedió, como saben, lo mismo que a Cervantes, que empezó escribiendo una novela corta y acabó haciendo Don Quijote». Welles, en su fervor de genio, acabó por ser el mismo Quijote. O tal vez terminó convertido en Cervantes que previamente se había transformado en su personaje. Y Reiguera, exactamente lo mismo.
Uno y otro se encontraron por primera vez en 1957. El hombre que naciera en Madrid dos siglos atrás (en 1899, para ser precisos) y que se iniciara en su oficio desde muy temprano como niño actor vio en el proyecto del más grande de los directores la posibilidad de redención de una vida entera. Reiguera encaró esta nueva y última aventura no solo como el primer papel verdaderamente protagonista de una filmografía demasiado larga y demasiado anónima, sino que no es difícil imaginar lo que supuso para un exiliado la certeza de volver a su patria en la piel del mayor de los héroes dibujado por la imaginación del mayor de los creadores españoles. Un exiliado de una dictadura fascista daba vida a otro exiliado de otra dictadura, la cordura. En ese momento, Reiguera, lejos de simplemente interpretar un personaje, se transformó en él. Y lo hizo, como el propio Welles confesaba, de la misma manera que Alonso Quijano muda a Quijote. Fue el Quijote y lo fue hasta el último aliento. Desde que aceptó al trabajo hasta su muerte en 1969, con su rostro de lápiz, sus andares desacompasados y su perfil de navaja, Reiguera vivió literalmente en el sueño hecho realidad de ser plenamente sueño, de ser él gracias a la certeza de ser otro.
Se cuenta que ya, presintiendo en final de su vida, Reiguera pidió a Welles, imploró mejor, que terminara de rodar las secuencias en las que él aparecía por no sufrir la humillación de verse sustituido cuando apenas quedaba ya nada. No era fácil. En su condición de exiliado, sus entradas en España para rodar se tenían que hacer con cuidado, con respeto a la autoridad y por tiempo limitado. El director accedió a pesar de que su película y su guion cambiaban al ritmo que exige lo que no admite otra escritura que lo impredecible. Welles no buscaba una adaptación del texto en el sentido tradicional, sino que su Quijote es más bien una lectura o traducción empeñada en hacer saltar por los aires cualquier sentido de la medida o el límite. En la película de Welles y Reiguera, el pasado y el presenten se mezclan, discuten y se refutan. La España que se ve es la de hoy, la de ayer y la de siempre. Quijote y Sancho se baten contra un mundo contemporáneo plagado de caballos mecánicos y de artefactos milagrosos que reproducen la realidad en el interior de una sala de cine.
La película siguió su rodaje más allá de la muerte de su protagonista. Ni el actor ni el director llegaron a verla. Quizá estaba en su naturaleza no ser más que eso: una locura siempre en marcha, siempre en proceso, para combatir y hacer frente la locura misma de la realidad, la locura de una dictadura de 40 años. Mantiene Foucault en Las palabras y las cosas que el propio Quijote no es tanto carne enjuta sobre hueso largo, como signo. «Todo su ser no es otra cosa que lenguaje, texto, hojas impresas, historia ya transcrita. Está hecho de palabras entrecruzadas; pertenece a la escritura errante por el mundo», se lee. En efecto, La Mancha por la que mal galopa el hidalgo hace tiempo que ha abandonado «los juegos antiguos de las semejanzas». La realidad vive infectada de la ficción que le da cobijo, alas y finalmente sentido. Reiguera así lo creyó y quiso ser también él antes ficción real que realidad de mentira. «El libro», sigue Foucault en alusión a la novela de Cervantes, «es menos su existencia que su deber. [El Quijote] ha de consultarlo sin cesar a fin de saber qué hacer y qué decir y qué signos darse a sí mismo y a los otros para demostrar que tiene la misma naturaleza que el texto del que ha surgido». Y quién sabe si por azar o necesidad así lo hizo también Francisco Reiguera cuando aceptó el encargo de Welles como el destino de una vida entera. Reiguera, un hombre que fue Quijote, que fue exilio, que fue signo, palabra y símbolo.
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