Hubo un tiempo en el que Juan Dávila (Madrid, 1978) recorría bares, bodas y pequeñas salas encadenando actuaciones ante una quincena de espectadores mientras intentaba abrirse camino como actor. Hoy sucede exactamente lo contrario. Las entradas para sus espectáculos se agotan en cuestión de minutos, supera los tres millones de seguidores en Instagram y ha convertido la improvisación en uno de los mayores fenómenos del entretenimiento en España. Sin guion y con un humor capaz de abordar el dolor, la enfermedad o la muerte sin perder la complicidad del público, el madrileño ha construido una trayectoria difícil de encasillar.
El humorista estrena una nueva película con la comedia satírica ‘El último mono’, dirigida por Joaquín Mazón, que llega este viernes a los cines
Hubo un tiempo en el que Juan Dávila (Madrid, 1978) recorría bares, bodas y pequeñas salas encadenando actuaciones ante una quincena de espectadores mientras intentaba abrirse camino como actor. Hoy sucede exactamente lo contrario. Las entradas para sus espectáculos se agotan en cuestión de minutos, supera los tres millones de seguidores en Instagram y ha convertido la improvisación en uno de los mayores fenómenos del entretenimiento en España. Sin guion y con un humor capaz de abordar el dolor, la enfermedad o la muerte sin perder la complicidad del público, el madrileño ha construido una trayectoria difícil de encasillar.
Antes de convertirse en uno de los cómicos más taquilleros del país también fue fisioterapeuta y policía local en Alcobendas durante seis años. En 2012 dejó el uniforme para dedicarse por completo a la interpretación y, desde entonces, ha alternado los escenarios con los rodajes.Ahora, Dávila afronta un nuevo reto profesional con El último mono, la comedia de Joaquín Mazón que se estrena hoy en cines y en la que comparte protagonismo con Susana Abaitua en una sátira hacia las masculinidades tóxicas.
Para el humorista, la cinta permite exagerar la realidad hasta hacer visibles sus contradicciones sin caer en el adoctrinamiento. “No pretende dar lecciones, sino mostrar lo ridículo de determinadas situaciones y reírse de ellas porque existen de verdad”, señala en conversación con La Vanguardia.

En su opinión, ese equilibrio era, precisamente, el mayor reto del proyecto. Alejado del sermón y del enfrentamiento ideológico, Dávila defiende que el humor es una herramienta mucho más eficaz para abordar debates sociales complejos. “En cuanto alguien intenta convencerte de algo, aparece automáticamente la parte rebelde. El humor entra por otro sitio”.
Una filosofía que lleva años aplicando también sobre el escenario, donde ha comprobado que incluso los temas más dolorosos pueden abordarse desde otros prismas más amables. “En mis espectáculos aparecen personas con enfermedades, amputaciones o situaciones muy duras. Nos reímos juntos del problema, nunca de la persona”.
Quizá sea esa una de las razones por las que sus shows, tan incómodos como provocadores, rara vez despiertan un rechazo generalizado. “Siempre intento hacerlo desde la empatía, desde la inclusión y desde la visibilidad. La diferencia está en que la persona que tengo delante también disfruta de la broma”, asegura.
Una forma de mirar al público que, en parte, atribuye a su pasado como policía local. “Estuve siete años observando a la gente. Ahora, cuando alguien sube al escenario conmigo, por cómo camina o cómo se mueve ya tengo pistas de por dónde puedo entrar”, reconoce.
“Lo complicado era actuar para quince personas y pensar cómo ibas a sobrevivir al día siguiente”
Sin embargo y pese a haberse convertido en uno de los cómicos más exitosos del país, el actor asegura que nunca soñó con dedicarse a este mundillo. Ni era el gracioso de la clase ni imaginaba un futuro sobre un escenario. Su vocación artística surgió casi por casualidad cuando estaba en la universidad y su carrera no dio el gran salto hasta que algunos vídeos de sus improvisaciones comenzaron a viralizarse en redes sociales. Lo que había construido durante más de una década actuando ante públicos reducidos explotó de la noche a la mañana.
“Lo complicado era actuar para quince personas y pensar cómo ibas a sobrevivir al día siguiente. Eso sí era difícil”, recuerda al evocar unos comienzos marcados especialmente por la incertidumbre.
El éxito, por el contrario, lo ha asumido con absoluta naturalidad. Quizá porque llegó cuando ya había superado los cuarenta, en un periodo vital muy distinto al de otros fenómenos virales. Esa madurez le ha permitido encajar la popularidad con los pies en la tierra y sin perder la perspectiva.

“No creo que ayer no fuera nadie ni que hoy lo sea todo. Soy exactamente el mismo; simplemente ahora viene mucha más gente a verme”, reflexiona. Aun así, reconoce que todavía hay momentos en los que le cuesta asimilar todo lo que ha vivido en los últimos años.
A pesar de sus logros, el cómico se considera, ante todo, un privilegiado por haber conseguido vivir de la profesión que le apasiona y, aunque disfruta de su incursión en la gran pantalla tiene claro que, al menos por ahora, su verdadera dimensión artística sigue estando sobre el escenario.“El cine llegará hasta donde tenga que llegar, pero siento que donde más valor aporto es en el directo”.
Es precisamente ese contacto directo con el público el que le ha regalado algunas de las experiencias más difíciles de olvidar. Hay una, en particular, que todavía recuerda con emoción: un hombre le escribió para contarle que su mujer, enferma de cáncer con metástasis, llevaba seis meses sin reír. Un día la escuchó hacerlo a carcajadas desde el baño y descubrió que estaba viendo vídeos del humorista. Quiso que no se marchara sin verle en directo y ambos acudieron a uno de sus espectáculos en Valencia. “Dos meses después falleció, pero él volvió a escribirme para decirme que había sido feliz. Esas experiencias son muy potentes”.
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