La directora Annemarie Jacir recupera con pulcritud y nervio el origen de un acoso que no acaba Leer La directora Annemarie Jacir recupera con pulcritud y nervio el origen de un acoso que no acaba Leer
La legítima aspiración de cualquier película u obra de arte en general es vencer la prueba del tiempo. Eso se nos ha dicho siempre y nos repiten todos los días los museos. La idea es que la obra se mantenga viva, limpia y reluciente a pesar de las polvaredas que levantan los años, que de pronto son siglos. Ocurre, sin embargo, que ese mismo tiempo parece detenido con ese empeño triste de la Historia de decirse a sí misma que nada cambia. O, como imaginaba Kurt Vonnegut, «todos los momentos, pasados, presentes y futuros, han existido siempre y siempre existirán». Palestina 36 es algo así como un mensaje lanzado desde un rincón del pasado para confirmarnos que no nos hemos movido, que todo sigue igual, que todos los momentos han existido y, quizá lo peor, siempre existirán. Y eso, que sobre el papel puede parecer desolador, en verdad es tan relevante como revelador. De repente, conflictos que se dirían incompresibles por su irracional brutalidad se antojan la conclusión lógica de una ceguera compartida —además de irracional y brutal— para comprender el sentido mismo del tiempo.
La idea de la directora Annemarie Jacir es remontarse al origen de todo, al inicio del desastre que asola con tanta insistencia y puntualidad su país. Y hacerlo no solo para ofrecer un catálogo razonado de acontecimientos de entonces que dan pistas sobre los de ahora, sino, un paso más allá, bucear en las tragedias individuales; tragedias que siempre son las mismas. Da lo mismo el tiempo. La viveza a la hora de hacer coincidir la gran narración con la intimidad del sufrimiento –intransferible e universal a la vez– mantiene a salvo en todo momento una película sobre el pasado que también lo es sobre el presente. La frase completa de Vonnegut es: «Cuando una persona muere solo aparenta morir. Sigue viva en el pasado, así que es una tontería que la gente llore en su funeral. Todos los momentos, pasados, presentes y futuros, han existido siempre y siempre existirán». Pues eso.
Se narra la historia de dos familias en el momento, poco más del año del título, en que Palestina deja de ser colonia británica. De un lado, la familia que vive en un pueblo asiste entre atónita y solo impotente a la desposesión de sus tierras a medida que los colonos judíos huyen de la persecución y el antisemitismo europeo. Del otro, la familia que vive en la ciudad sueña con la posibilidad de un estado propio y hasta compartido ante la libertad que se acerca. La película se ordena (o desordena) alrededor de fragmentos de vidas de apariencia inconexos: una periodista idealista, un político tramposo, un chófer enamorado, un represor brutal… Y así hasta que, con cuidado, a distancia tanto del relato épico como del victimismo lastimero, todo coincide en un único instante; un instante de verdad y de sufrimiento. Mucho sufrimiento.
La directora se las arregla para confeccionar de este modo un fresco vívido, enérgico y de una intensidad incuestionable. Y ello pese a fragmentos tan discutibles como el encarnado por Robert Aramayo disfrazado de villano más allá de toda villanía. Sea como sea, Palestina 36 acierta a trazar líneas desde el pasado al presente con la mirada siempre puesta en el futuro hasta dar con algo así como el sentido (o sinsentido) mismo del tiempo. De nuestro tiempo.
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Directora: Annemarie Jacir. Intérpretes: Yasmine Al Massri, Karim Anaya, Robert Aramayo. Duración: 119 minutos. Nacionalidad: Palestina.
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