Solo un equipo, Francia, ha rodado por el Mundial como una flecha. Ha mostrado todo lo que se suponía, un potencial incomparable de jugadores y alternativas. Sus clásicas figuras, Mbappé y Dembélé, se arropan con una generación deslumbrante de jóvenes delanteros: Olise, Barcola, Doué y Cherki, el último en aparecer.
Solo un equipo, Francia, ha rodado por el Mundial como una flecha. Ha mostrado todo lo que se suponía, un potencial incomparable de jugadores y alternativas. Sus clásicas figuras, Mbappé y Dembélé, se arropan con una generación deslumbrante de jóvenes delanteros: Olise, Barcola, Doué y Cherki, el último en aparecer.Seguir leyendo…
Solo un equipo, Francia, ha rodado por el Mundial como una flecha. Ha mostrado todo lo que se suponía, un potencial incomparable de jugadores y alternativas. Sus clásicas figuras, Mbappé y Dembélé, se arropan con una generación deslumbrante de jóvenes delanteros: Olise, Barcola, Doué y Cherki, el último en aparecer.
En la goleada a la segunda unidad noruega –no jugaron Haaland, Odegaard y compañía–, Cherki ingresó bien entrado el segundo tiempo. Fueron sus primeros minutos en el Mundial. Ninguna selección dispone de una baraja parecida. España, tampoco. Pero la realidad francesa no equivale al éxito por adelantado.
España ha entrado en el Mundial por la ruta bacheada, la más habitual en una competición que mide tanto la calidad de los equipos como su resistencia a las dificultades. La lista histórica de la Copa del Mundo está repleta de campeones sufrientes, en varios casos repelidos por la crítica en el comienzo de los torneos –Italia’82 es el ejemplo palmario– o sujetos a una angustia imprevista, caso de Argentina hace cuatro años. Perdió contra Arabia Saudí en el primer partido, superó a México entre rigores de parto, en los cuartos de final superó a Holanda en los penaltis y se proclamó campeón ante Francia de la misma manera.
España ganó el Mundial de 2010 en medio de un pedregal de partidos. La derrota inicial contra Suiza terminó por reivindicar la parte defensiva, la menos vistosa de un equipo con fama de virguero. La selección ganó los últimos cuatro partidos (Portugal, Paraguay, Alemania y Holanda) con el mismo resultado: 1-0. En total, ocho goles a favor y dos en contra. Nunca se han visto unos guarismos de ataque tan bajos en un campeón del mundo, ni una eficacia defensiva similar.

El Mundial mantiene a la selección entre las favoritas. Con la excepción de la final de la última Liga de las Naciones, donde Portugal se impuso en la tanda de penaltis, España no conoce la derrota desde hace tres años. Cuando juega bien, juega de maravilla. Cuando se le complican las cosas, es fiable. Sus jugadores conocen el oficio y se adaptan a las situaciones complejas, que en esta edición de la Copa del Mundo ya han sido numerosas. Es un equipo que no produce terror, como Francia, pero qué casualidad: los franceses tuvieron que comerse el sapo de la derrota contra España en las semifinales de la Eurocopa 2024 y un año después en la Liga de las Naciones.
A estas alturas del torneo, ya se sabe que el seleccionador tiene que manejar una plantilla con problemas de salud. Unos con severos problemas musculares –Lamine Yamaal, Nico Williams y Víctor Muñoz–, otros por cuestiones de precariedad física –Mikel Merino, Fabián– y el último, Yeremy Pino, por la rotura de clavícula que sufrió en el tenso enfrentamiento con Uruguay. Queda descartado para lo que resta del Mundial.
Hace dos años, en la Eurocopa, De la Fuente encontró la poción mágica en Lamine Yamal y Nico Williams, sus dos jóvenes extremos. Era un equipo de impecables centrocampistas y dos balas en los costados del campo. No es el caso en estos momentos. Solo resiste Lamine Yamal, que abandonó con síntomas de agotamiento el partido contra Uruguay, encuentro sin tregua, de pierna dura, típico en el modelo que propone Marcelo Bielsa.
España lo gestionó con más entereza que juego. Aprovechó un error bíblico del portero uruguayo y salió ganador del enfrentamiento, pero con malas noticias en la enfermería. Las lesiones de Pino y Nico Williams, más el temor a una recurrencia en los problemas musculares de Yamal, profundizan en la idea de una ruta incómoda, empedrada. Nada que ver con Francia, cuya autopista también propone un riesgo: salirse de la curva por desatención.
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