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  Nacional  Soledad, la madre a la que retiraron los niños por encerrarlos en una jaula para conejos: «¡Por Dios, eso es mentira!»
Nacional

Soledad, la madre a la que retiraron los niños por encerrarlos en una jaula para conejos: «¡Por Dios, eso es mentira!»

agosto 13, 2026
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El mítico semanario de sucesos ‘El Caso’ contaba en 1985 que ella y su marido trataban a sus tres hijos «como conejos». Cuatro décadas después, el mayor está en la cárcel y las dos pequeñas no han vuelto a tener contacto con su madre Leer El mítico semanario de sucesos ‘El Caso’ contaba en 1985 que ella y su marido trataban a sus tres hijos «como conejos». Cuatro décadas después, el mayor está en la cárcel y las dos pequeñas no han vuelto a tener contacto con su madre Leer  España // elmundo

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El niño que aparece en la portada de El Caso del 9 de marzo de 1985 se llama Jaime, tiene hoy 47 años y se encuentra preso en la cárcel de Mas D’Enric, en Tarragona. En la fotografía se ve cómo un bombero lo saca de una jaula para conejos. Él extiende los brazos hacia su madre, Soledad, quien trata de alcanzarlo pero no puede porque se lo impide el guardia urbano que la sujeta. De tener sonido la imagen, escucharían sus gritos. Un metro más atrás está el padre, Juan, con los brazos a la espalda, igualmente inmovilizado por otro agente.

«Encerraban a sus hijos en jaulas», sostiene el titular. «Jaime, de seis años, Ángeles, de cuatro, y Juan, de uno, vivían miserablemente, estaban desnutridos y sus padres les metían en conejeras durante su ausencia. La Guardia Urbana les ‘rescató'», ahonda el subtítulo, que contiene un error, ya que el tercer hijo no es Juan sino Juana.

A esta impactante imagen, que se tomó en Balaguer (Lleida) el 27 de febrero de 1985, le siguió la retirada a los padres de los tres niños, quienes fueron ingresados en un centro de menores. «Que le quiten un hijo a una madre… Para mí fue un trauma muy grande que no he superado, aún hoy me duele, no puedo ni pensar en ello», nos dirá con congoja pese al enorme tiempo transcurrido, la madre, Soledad, quien tiene 66 años en la actualidad y a quien visitamos en la localidad costera tarraconense en la que reside.

No esperábamos, sin embargo, contar también con el testimonio de Jaime, el hijo mayor, quien se pone en contacto con nosotros desde prisión al saber que estamos elaborando un reportaje sobre la historia familiar. «Yo también quiero hablar porque por culpa de aquello que pasó hace 40 años tiré por el mal camino y por eso estoy ahora en la cárcel», nos trasmite.

Con esta cruda historia iniciamos esta serie de reportajes sobre los casos de El Caso, el histórico semanario de sucesos que se publicó en España entre 1952 y 1997 -en 2016 resucitó en formato papel y digital-, donde trabajó la mítica Margarita Landi, por ejemplo, y que alcanzó tal popularidad que llegó a distribuir casi medio millón de ejemplares en los años 50. «El periódico de las porteras», lo llamaban. La colección de los ejemplares de El Caso se encuentra en la biblioteca del CEU San Pablo de Madrid, universidad a la que el fundador de la revista, Eugenio Suárez, donó el archivo.

«Si no recuerdo mal, ponían [en el artículo de El Caso] que mis padres nos encerraban en jaulas. Eso es incierto. Mi padre tenía una jaula con conejos, eso es verdad, y los conejos hicieron un agujero en la tela metálica. Mi padre era mayor y yo estaba ayudándole a coserla desde dentro: él me pasaba el alambre y yo se lo devolvía. En ese momento entraron lo guardias, mi padre se asustó y metió a mis hermanas en la jaula para protegerlas», comienza Jaime recordando el momento preciso en que las autoridades locales entraron en la casa.

«De allí nos llevaron a un centro y fuimos de centro en centro, hasta que nos adoptaron en unas familias de Mensajeros de la Paz en Barcelona. Un día me dieron a elegir entre volver con mi madre o quedarme con la familia adoptiva con la que estaba. Elegí irme con mi madre y su pareja y ahí empezó el infierno».

Para entonces, el padre de Jaime, Juan, ya había fallecido. Cuando aparecieron en la portada de El Caso, el hombre ya tenía 67 años -por los 25 de Soledad- y un corazón enfermo. Más adelante, contará la misma Soledad el porqué de aquel matrimonio de edad tan dispar. Al fallecer Juan, ella inició una relación con Frasco, con quien tuvo otros dos hijos. A ese hogar se incorporó Jaime por voluntad propia, según cuenta.

«Elegí irme con mi madre y su pareja y ahí comenzó el infierno», decía. «Agresiones físicas, con palos incluso, trabajar día y noche en granjas de cerdos… Yo me empecé a escapar de casa y las asistentes sociales me metieron en un centro, en el Garraf, en Sitges. Allí me hacían ducharme con agua fría, me ataban a una cama y me dejaban encerrado en una sala que se llamaba sala de contención. Con 14-15 años comencé a escaparme del centro hasta que me dieron por imposible y me soltaron. Como no tenía dónde ir, dormía en la calle, comía donde podía. Entonces comencé a trabajar en los coches de choques de las ferias y ya empecé robando motos, luego coches, atraco, robo con fuerza… y de ahí ya a lo grande, a tráfico de drogas», relata su vertiginosa caída en el mundo delincuencial.

«Entré por primera vez en la cárcel a los 17 años, en preventiva, por robo con intimidación en una joyería, así lo llaman los jueces, un atraco, vaya. De ahí pasé a la Trinidad -tenía 19 años y creía que me comía el mundo-, luego a La Modelo con 21-22 –allí conocí a El Vaquilla, que en paz descanse-, luego a Brians, luego a la cárcel de Lérida, de ahí a Cuatro Camins, a la Roca, donde participé en el motín de 2004«, enumera uno tras otro los centros penitenciarios por los que ha pasado.

-Y dice que comenzó a delinquir por culpa de aquella intervención de los servicios sociales hace 40 años.
-Sí, claro que sí. Le digo una cosa, la gente que ha estado en centros han acabado de delincuentes, de putas o de yonquis. Se lo digo porque he visto a muchos que estuvieron conmigo en centros -concluye.

FUSP-CEU
El suceso en la portada de ‘El Caso’.

Su madre, Soledad, nos ha citado en la puerta de un Carrefour ubicado a la entrada de la localidad en la que reside, cuyo nombre prefiere que no se desvele. Los vecinos desconocen su pasado y así quiere que siga siendo. Se trata de un lugar de la costa de Tarragona, como se ha dicho antes, donde vive tranquila y sola.

Ya sentada en un chiringuito de la playa, comenzamos preguntándole los datos básicos de su biografía: ¿cuándo nació?, ¿dónde?, ¿a qué se dedicaban sus padres? Y de primeras aflora la tormentosa infancia que vivió a principios de los años 60 en Lleida.

-¿Mis padres? No se dedicaban a nada, a emborracharse. Nosotros [ella era la mayor de seis hermanos] sí que estábamos abandonados. Se iban de borrachera y venían a los tres o cuatro días. No teníamos nada de comida y, pobres de nosotros, cogíamos los pollos y los conejos y, a nuestra manera, los matábamos y los freíamos. Un día, a mi hermano pequeño lo pusieron en una silla de esas que se balancean y se cayó al fuego. Nosotros lo cogimos de los pies y los sacamos a rastras. Se le quemó toda la cara. La gente dio dinero para que lo llevaran a operar a Madrid, pero no lo llevaron, se lo gastaron.

-Así vivían ustedes…

-Encerrados en una habitación en pleno invierno, durmiendo encima de un montón de paja y ellos de borrachera. Eso sí que tiene pena de muerte. ¿Esas garrafas de vino de antes? Una por la mañana y otra por la noche.

-¿Y de dónde conseguían sus padres el dinero?

-Mi padre trabajaba en el cementerio de Lérida. Iba por la noche y desenterraba a los difuntos y se llevaba las joyas. Nos enteramos porque pusieron vigilancia y lo vieron y le hicieron fotos sin que él se diera cuenta. Lo llamaron al juzgado y dijo que él no había sido y entonces le pusieron las fotos en una pantalla. No sé si tuvo que pagar o no…

-¿Usted fue al colegio?

-Sí, sí, iba al colegio.

-¿Tiene la EGB o similar?

-No, porque mi padre empezó a decir que mi madre estaba enferma y que tenía que cuidar a mis hermanos y me sacó.

No sabe precisar Soledad a qué edad, tras recibir una paliza en casa, acabó en el cuartel de la Guardia Civil y allí encontró una salida al infierno que relata.

-Mi padre me pegaba y un día me llevaron a la Guardia Civil. Dije que yo no quería ver a mi padre, que yo no quería ver a mi madre, que no quería estar con ellos. Me quedé en el cuartelillo hasta que vino la asistenta social. Y me llevaron a un centro en un pueblo de Almería. Yo estaba allí muy contenta, pero muy contenta. Me enseñaban de todo, peluquería, a coser y bordar, cocina… la cocina es lo mío. Hasta los 21 años, que era la mayoría de edad, estuve allí.

-Y al salir del centro, ¿qué hizo?

-Regresé con mis padres. Fui así de buena.

-¿Y cómo se casó con un hombre 42 años mayor que usted?

-Mi padre, me decía: «Cásate, cásate». «Que no, que soy muy joven, no». Él me lo presentó.

El matrimonio se instaló en el número 22 de la calle Urgell de Balaguer (Lleida). Según Soledad, pagaban 800 pesetas (4,8 euros al cambio actual) de alquiler. Así se describía la vivienda en El Caso: «En una de las calles más céntricas y modernas de Balaguer, población de dilatado abolengo histórico y gran fuerza económica en agricultura y ganadería, hay un gran edificio de cuatro plantas, con amplios patios y huerto y cobertizos en la parte posterior. Perteneció a dos ancianas señoras, solteras, una de las cuales falleció atropellada por un vehículo. La otra no tardó en seguirla a la tumba. El enorme edificio quedó deshabitado».

-En el artículo dice que había varios informes alertando de que los niños no estaban en buenas condiciones y que el día antes de que el Ayuntamiento interviniera habían provocado un incendio con unas cerillas estando solos en casa.

-Eso es mentira. Allí nunca se incendió nada.

-Que una vecina tuvo que rescatar a los niños del incendio…

-Mentira.

El suceso, en las paginas interiores de 'El Caso'.
El suceso, en las paginas interiores de ‘El Caso’.FUSP-CEU

-El artículo decía: «El género de vida que gustan de llevar estos dos cónyuges desentona fuertemente con el de los miles de vecinos de esta parte de la ciudad. De haberse instalado en una zona de barranquismo y cuevas, entre gente del mismo estilo de vida, posiblemente nadie se hubiera fijado en unos niños sucios, mal vestidos, mal cuidados y alimentados…».

-Eso es mentira. Mal alimentados… Más quisieran comer la comida que hago yo.

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-Sobre las verduras que tenían ustedes en el huerto, un vecino decía: «Las riegan con agua de cloaca. Deben estar infectadas. Quien se atreva a comerlas corre el riesgo de perecer envenenado».

-¿Ah, no se pueden comer? Y cuando se echa estiércol en los huertos, ¿se pueden comer las verduras o no? ¡Qué sabrán ellos! Era agua buena.

-Le leo otro fragmento: «En una ocasión, una vecina vio a la niña entre el barro de la calle; le dio tanta lástima que hizo una tortilla, la puso en un panecillo y se la dio. Al ver su madre el bocadillo, se lo cogió, se comió la tortilla y devolvió a la niña parte del pan».

-Qué embustera. Yo me quedaba sin comer para dárselo a ellos. Qué embustera.

-«Un día, un vecino, dueño de un comercio próximo, escuchó a la niña llorando con tanta amargura que se decidió a entrar y subir al piso. Estaba la pobrecita descalza, entre los vidrios de una botella rota. Tenía cortes en los pies y no se atrevía a moverse, para no herir más. Los padres andaban por ahí, sabe Dios dónde».

-Ay, madre mía, ¡qué embustera!

-¿Usted todo esto no lo leyó en su momento?

-Noooo.

-Se contaba también que el Ayuntamiento les pintó y amuebló el piso y que ustedes lo vendieron todo: «Ahora tenían un solo colchón grande, tirado en el suelo, donde dormían todos juntos. El matrimonio se entretenía en sus cosas delante de los niños. Hay tanta porquería que revuelve el estómago».

Soledad tenía 25 años cuando le retiraron a sus hijos.
Soledad tenía 25 años cuando le retiraron a sus hijos.

-Qué embustera. Que me amueblaron el piso. Lo amueblé yo, me compré una cama yo.

-Y que los bomberos quisieron hacerse cargo de sus hijos: «El parque de bomberos de Balaguer en pleno, 15 hombres, con su jefe a la cabeza, han dirigido una instancia solicitando se les otorgue la tutela y cuidados de los tres niños hasta su mayoría de edad. Les cuidarían entre todos, aunque serían acogidos en el hogar de tres determinados bomberos, junto a sus propios hijos. Se han recibido, asimismo, numerosas llamadas telefónicas y cartas de diversos puntos de España procedentes de familias que desean adoptarles».

-No. Es que es para denunciarlo todo eso, ¿eh?

Asegura Soledad que tenían recursos suficientes para cubrir las necesidades de los niños, y que éstos estaban bien atendidos. Su marido, Juan, que antes de conocerla había sido transportista y había llegado a tener varios camiones -el negocio se hundió-, estaba empleado entonces en un aserradero. «Yo trabajaba en el campo, en almacenes de fruta, recogiendo cartones… A mis hijos no les faltaba nada, ni leche ni nada. Tenían de todo. Los llevaba al colegio en Balaguer, a las monjas. Los llevaba por la mañana y por la tarde los iba a buscar. Y al día siguiente, otra vez. Iban al colegio y todo.

-Y entonces, ¿por qué le quitaron a los niños?

-Un día vino uno con una asistenta social. Y digo: «Oye, ¿te he llamado yo a ti o qué?». «No, pero me ha dicho el Ayuntamiento que necesitas ayuda». «Escúchame, yo no necesito ayuda. Mi marido trabaja y tenemos la nevera y el congelador a tope. ¿Quieres mirar a ver cómo está la casa? Pues mira». Y subió y dijo: «Qué casa más bonita, qué limpia la tienes, con lejía y todo eso». «Claro, yo tengo que tener la casa limpia y más con hijos». Se fueron y al cabo de dos o tres días ya vinieron con la guardia urbana y todo para cogerme los niños. Con el concejal, que yo ni sabía que era el concejal [se refiere al entonces concejal de Gobernación de Balaguer, quien comandaba la intervención].

-Se contó que encontraron a los niños encerrados en jaulas.

-Estábamos en el huerto haciendo cosas y ellos estaban jugando en una jaula, estaban jugando a los conejos. Le dije a mi marido: «Déjalos, que están entretenidos y así no nos destrozan el huerto. Ellos jugaban ahí. ¿Cómo voy a encerrar a los niños en jaulas de conejos, por Dios? Cuántas cosas se han inventado.

-¿Y a dónde se llevaron los niños?

-Se los llevaron a Alpicat, allí hay un colegio que se llaman Madre Esperanza. [El Hogar Madre Esperanza, ubicado en Alpicat (Lleida) y gestionado por las Misioneras Esclavas del Inmaculado Corazón de María aún existe. Se dedica a la protección y educación de menores en situación de desamparo o riesgo].

-¿No intentó recuperarlos?

-Sí, pero en el Ayuntamiento nos dijeron que si denunciábamos íbamos a la cárcel.

-¿Y no volvieron entonces sus hijos con ustedes?

-Volvió el grande, el Jaume [así llama a Jaime], las otras dos no. Con 18 años salieron del colegio y se fueron.

El relato de Soledad coincide con lo que cuenta su hijo. A determinada edad, les dieron a elegir entre quedarse con las familias que los tenían acogidos o regresar con Soledad. Jaime, que tenía 6 años cuando fue separado de sus padres, eligió lo segundo; sus hermanas, más pequeñas, de 4 y un 1, no.

-La niñas no quieren saber nada de mí. Hace años que están en Barcelona, pero yo no las molesto para nada, ¿eh? Una vez la niña pequeña, la Joana, vino en busca mía. Vivía yo en [el barrio de] La Mariola, en Lérida. Y no la conocí, la verdad. Dice: «¿No me conoces?». «¿Cómo te voy a conocer?, ¿quién eres?». Vino con el marido y la niña. «Yo soy la Joana, tu hija». «¿Y cómo me has encontrado?». «Por la asistente social». Ella ya se fue y ya no…

-¿No ha vuelto a verla?

-No.

Después de que le retiraran la custodia de los niños, asegura Soledad, precisó de ayuda médica.

-Me quedó un daño muy fuerte. Fui a un psicólogo, pero lo dejé: «Mira, a mí no me hagas más dibujitos, no me hagas nada, que esto no se me va a quitar».

Soledad y su marido, Juan, abandonaron Balaguer y se instalaron en otra localidad cercana. Al poco -no sabe precisar la fecha-, Juan, quien ya se ha dicho que era más de cuatro décadas mayor que ella, falleció.

-¿De qué murió su marido?

-Del corazón. Le dijo el médico: «No bebas, porque a la mínima que bebas un cubata, te mueres». Yo no me lo creí y, vaya, se bebió un cubata y a la noche ya al hospital. Y allí murió.

Enseguida, Soledad inició una relación con otro hombre, de nombre Frasco, con el que tuvo otros dos hijos, Francisco y Joan.

-Se juntó conmigo y tenía 100 euros en el banco. Tenía una granja de cerdos y nos hacían trabajar mucho. Yo le decía: «No lleves a los niños, porque se van a hacer daño y vas a tener problemas conmigo. No sé si fue Juan o Francisco, uno de los dos se hizo daño y ya me oyó. Nos tenía muy amargados.

-Cuando dice nos tenía muy amargados, es a usted, a Juan a Francisco… ¿y a Jaime también?

-También, sí. Le tiraba ceniceros y todo. Madre mía. Yo me encaré con él, le saqué un cuchillo: «Me estás hartando tú a mí». Después vino la Guardia Civil y dijo: «No señor, como ella tiene los niños pequeños, el que tiene que salir de casa eres tú».

-¿Qué fue de él?

-Se murió también. De eso me enteré. Cuando se murió, el pequeño estaba en la barriga, tenía yo cinco meses de embarazo.

Empezó entonces una vida más tranquila de la que sigue disfrutando. Le sobra, dice, con los 950 euros que cobra de pensión de viudedad de su marido -con Frasco no se casó-.

-¿Qué cambiaría de su vida?

-No cambiaría nada ya, porque ya me han hecho daño. Ya se me ha quedado eso para siempre y ya está.

 

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