SaludCuando una persona supera un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), es común creer que el proceso de recuperación ha terminado. Sin embargo, tener el alta médica no significa que el organismo haya recuperado toda su funcionalidad: el cuerpo necesita tiempo para recuperarse y, en algunos casos, las secuelas posteriores a un TCA pueden mantenerse durante décadas.
El cuerpo puede seguir sufriendo las consecuencias de un TCA durante décadas, según especialistas del Hospital Clínic Barcelona
Cuando una persona supera un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), es común creer que el proceso de recuperación ha terminado. Sin embargo, tener el alta médica no significa que el organismo haya recuperado toda su funcionalidad: el cuerpo necesita tiempo para recuperarse y, en algunos casos, las secuelas posteriores a un TCA pueden mantenerse durante décadas.
Especialistas del Hospital Clínic Barcelona explican que los TCA afectan prácticamente a todos los órganos del cuerpo. La desnutrición, los desequilibrios hormonales y las conductas purgativas someten al organismo a un estrés continuo que puede dejar secuelas incluso años después de haber superado el trastorno. De hecho, un estudio publicado en BMJ Medicine señala que algunas de estas secuelas pueden mantenerse hasta diez años después del diagnóstico.
Durante el primer año después del diagnóstico, las personas con TCA tienen un mayor riesgo de experimentar complicaciones como diabetes, insuficiencia renal, osteoporosis o enfermedades cardiovasculares. En algunos casos, estas alteraciones pueden persistir a pesar de la recuperación clínica, lo que hace imprescindible un seguimiento médico prolongado.
La doctora Teia Plana, del Servicio de Psiquiatría Infantil y Juvenil del Hospital Clínic Barcelona, destaca las principales secuelas físicas que pueden persistir a largo plazo tras una TCA:
1. Complicaciones cardiovasculares
El corazón es uno de los órganos más afectados durante un TCA. Al no tener energía, el cuerpo activa mecanismos para conservarla: disminuye el ritmo cardíaco por debajo de lo normal (bradicardia) y produce una hipotensión arterial mantenida. Al recuperar el peso y el estado nutricional, estas alteraciones suelen mejorar o desaparecer. Sin embargo, el estudio de BMJ Medicine demuestra que cinco años después de un diagnóstico de TCA, el riesgo de insuficiencia cardíaca es 1,8 veces superior al de la población general.
Durante la fase activa del TCA, las personas con conductas purgativas (vómitos o uso de laxantes) tienen un mayor riesgo de sufrir arritmias graves, relacionadas con la pérdida de potasio. Cuando estas conductas desaparecen, el riesgo se reduce, aunque persiste la probabilidad elevada de sufrir daños cardiovasculares.
2. Secuelas óseas
Los huesos son una de las partes más perjudicadas del cuerpo durante un TCA. Especialmente si la enfermedad sucede durante la adolescencia, las secuelas suelen ser más persistentes, crónicas e incluso irreversibles. La inanición y la alteración en la producción de hormonas sexuales (estrógenos y testosterona), a causa de la pérdida de peso, favorecen una descalcificación rápida que debilita la estructura ósea.
A largo plazo, el riesgo de desarrollar osteoporosis de los pacientes de TCA es 6,1 veces superior (cinco años después de recibir el primer diagnóstico) y el riesgo de sufrir fracturas es hasta 7 veces superior respecto a una persona que no haya pasado un TCA. Por eso, las personas siguen necesitando seguimiento reumatológico mucho tiempo después de haberse recuperado del TCA por osteoporosis residual.
3. Secuelas en el sistema renal
Los riñones son otro órgano afectado: la deshidratación crónica, los vómitos o el abuso de diuréticos los someten a un estrés continuo que los coloca en un alto riesgo de fallo orgánico. Además, las dietas bajas en proteínas reducen el flujo de plasma sanguíneo al riñón, lo que disminuye su capacidad de filtración.
Durante el primer año de TCA, las personas con este trastorno tienen seis veces más probabilidades que la población general de sufrir insuficiencia renal, y cinco años después del diagnóstico el riesgo sigue siendo 2,2 veces superior al resto de la población.
4. Alteraciones metabólicas, hepáticas y endocrinas
Las TCA también afectan al funcionamiento del metabolismo y del sistema endocrino. El riesgo de desarrollar patología hepática es casi siete veces mayor durante el primer año, y se mantiene más elevado que la media durante los siguientes cinco. Los TCA aumentan también la probabilidad de desarrollar diabetes hasta diez años después del alta médica. Las alteraciones en el ciclo menstrual, por su parte, se pueden prolongar durante años, incluso cuando la persona ha restablecido el peso previo a la enfermedad.
Según un estudio publicado en 2025 en la revista BMJ Medicine, algunas de estas complicaciones pueden persistir durante mucho tiempo después del diagnóstico.
5. Secuelas digestivas, gastrointestinales y bucodentales
Los TCA también afectan considerablemente al sistema digestivo. El estómago se atrofia y reduce su movimiento, lo que genera estreñimiento e inflamación crónica. Los vómitos repetidos exponen al esófago a un exceso de ácido gástrico y provocan úlceras y reflujo. También causan la erosión del esmalte dental, lo que aumenta el riesgo de infecciones y caries, y producen sequedad bucal por deshidratación.
Superar un trastorno de la conducta alimentaria no garantiza que todas sus consecuencias físicas desaparezcan. Por eso, los especialistas del Hospital Clínic Barcelona insisten en la importancia de mantener un seguimiento a largo plazo y un abordaje multidisciplinar que permita detectar las secuelas persistentes.
