Cualquiera que visualice el documental de Netflix de tres capítulos sobre Jose Mourinho (ya lo resumió John Carlin la semana pasada brillantemente) podría comparar al personaje con un lobo. Garras afiladas, suprema inteligencia y una alta capacidad sensorial para saber lo que sucede en cada momento y olfatear el camino. Hay una escena en la que el de Setúbal lo muestra. Se señala los ojos y dice que son su mejor herramienta, como aquel Gran Hermano que todo lo ve en un partido de fútbol, dentro de un vestuario o en las oficinas del club. Le da igual cazar de día que de noche. Su instinto manda.
El técnico, que se abrió en el documental de Netflix para explicar su carrera, teje una estrategia infalible en el Real Madrid donde pone a los jugadores en la diana
Cualquiera que visualice el documental de Netflix de tres capítulos sobre Jose Mourinho (ya lo resumió John Carlin la semana pasada brillantemente) podría comparar al personaje con un lobo. Garras afiladas, suprema inteligencia y una alta capacidad sensorial para saber lo que sucede en cada momento y olfatear el camino. Hay una escena en la que el de Setúbal lo muestra. Se señala los ojos y dice que son su mejor herramienta, como aquel Gran Hermano que todo lo ve en un partido de fútbol, dentro de un vestuario o en las oficinas del club. Le da igual cazar de día que de noche. Su instinto manda.
Lo demostró en el Oporto y en el Inter, equipos que hizo campeones de Europa; también en el Chelsea, un escenario de máxima presión que compensó con dos Premier League, y, cómo no, en su primera etapa en el Real Madrid. Aquí se generaron (y se generan) divergencias. Para unos, Mourinho ganó muy poco y enfadó demasiado; para otros, entre ellos Florentino Pérez, sentó las bases de disciplina y competitividad que después aprovecharon Carlo Ancelotti y Zinédine Zidane para ganar seis Champions. Por eso ha vuelto.
El personaje, para ser un buen lobo, también parece solitario (sus hijos y su mujer viven en Londres), perdido en su mente laberíntica y obsesiva; siempre, con una salida. Enamorado de su profesión y de su imagen, actúa a contracorriente. The special one.
Sea como fuere su influencia en sus tres años en Madrid, Mourinho tiene clara una premisa maquiavélica: el fin justifica cualquier medio. “Cuando entro en un túnel de vestuarios ya no pienso en los que amo”, dijo. Por eso convirtió el vestuario del Madrid en una cacería en busca de un topo por filtrar una alineación, recibió una denuncia de la doctora del Chelsea por gritarle con vehemencia en público o le metió el dedo en el ojo al malogrado Tito Vilanova. “Arrepentirse no vale de nada. Lo hecho, hecho está”.
Ahora, en cambio, parece que existe una versión 2.0 del portugués. Esa piel de cordero esconde lo que él llamó su ADN, ese talante inmutable que permanece ahora dormido porque los “jugadores me protegen”. Y ahí radica la táctica ganadora del ser superior, parafraseando a Emilio Butragueño, que ahora es más Mourinho que Florentino en el Real Madrid: los futbolistas por delante de todo, como protagonistas de lo bueno y de lo malo, porque “Arbeloa y Xabi Alonso pagaron los platos rotos”. Ya preparó el terreno en caso de que se cumpla aquella dicha de que segundas partes no fueron buenas.
La primera imagen de Mourinho fue la entrevista amiga de Josep Pedrerol en El Chiringuito, donde se puede extraer esa comparativa del reino animal.
El cordero asomó para anunciar los nuevos hábitos instaurados en Valdebebas. Con un tono amable, Mourinho habló de “sentido común” cuando recalcó que los jugadores deben llegar una hora antes al entrenamiento, desayunar y comer juntos, hacer caso al nutricionista, ir al gimnasio… Y lo dijo en un tono tan pedagógico y paternal que, bajó la piel de sus palabras, dejó a la plantilla en evidencia. Era como decirle a un mecánico que lleve herramientas al trabajo. Y asomó entonces el lobo. “No ha salido el Mourinho agresivo, el comportamiento de los jugadores es intachable”.
El segundo aspecto fue ensalzar a aquellos futbolistas que estuvieron en la diana el curso pasado. De Mbappé dijo que le hace “reír en los entrenamientos de lo que bueno que es”, que es incluso “demasiado”. Y a Vinícius le echó un capote al ponerse en su bando en su habitual cruzada arbitral. “No le respetan”, sentenció. ¿Cómo contravenir a un entrenador que te protege así? Ya lo dijo John Terry: “Te hace sentir tan importante y crea unos vínculos tan fuertes que matas por él”. Mourinho ya ha empezado a meter a las ovejas en el redil. “Aquí los jugadores son buenos, muy buenos o muy muy buenos”, resumió. La unidad por encima de cualquier táctica. Y eso también llama la atención, porque el portugués podía presumir de ser un innovador (fue de los primeros en utilizar la periodización táctica de Vitor Frade), pero él prefiere contar el fútbol desde lo emocional.
Mourinho, quien mide cada palabra, en el documental se asemeja a una especie de Robert de Niro que cuenta su trayectoria volcánica, de tipo duro y ganador, aunque ahora, eso sí, lo ve todo desde la calma como Clint Eastwod en Gran Torino. Con mejor humor, de momento, porque Mourinho sigue siendo un lobo aunque haya empezado el curso con piel de cordero. Comer o ganar. Da igual el verbo.
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