La literalidad nos asfixia. Ensancha nuestra estupidez al tiempo que estrangula nuestra inteligencia. El burro de hoy es aquel que solo atiende al significado literal de las palabras. Un ser incapaz de observar en ellas la capa de intencionalidad con la que vienen revestidas por quien las pronuncia. El tonto vive encadenado al significado unívoco de cada vocablo. En su cerebro no hay lugar para la interpretación del contexto. Tampoco para los dobles sentidos, la intención irónica, la metáfora, ni nada que lo obligue a pensar. Para él todo empieza y acaba en el significado literal que el diccionario atribuye a cada término.
La literalidad nos asfixia. Ensancha nuestra estupidez al tiempo que estrangula nuestra inteligencia. El burro de hoy es aquel que solo atiende al significado literal de las palabras. Un ser incapaz de observar en ellas la capa de intencionalidad con la que vienen revestidas por quien las pronuncia. El tonto vive encadenado al significado unívoco de cada vocablo. En su cerebro no hay lugar para la interpretación del contexto. Tampoco para los dobles sentidos, la intención irónica, la metáfora, ni nada que lo obligue a pensar. Para él todo empieza y acaba en el significado literal que el diccionario atribuye a cada término.Seguir leyendo…
La literalidad nos asfixia. Ensancha nuestra estupidez al tiempo que estrangula nuestra inteligencia. El burro de hoy es aquel que solo atiende al significado literal de las palabras. Un ser incapaz de observar en ellas la capa de intencionalidad con la que vienen revestidas por quien las pronuncia. El tonto vive encadenado al significado unívoco de cada vocablo. En su cerebro no hay lugar para la interpretación del contexto. Tampoco para los dobles sentidos, la intención irónica, la metáfora, ni nada que lo obligue a pensar. Para él todo empieza y acaba en el significado literal que el diccionario atribuye a cada término.
Quienes peor lo pasan con estos tipos son aquellos que intentan mantener en pie la sana tradición de practicar un humor inteligente y cómplice, pues es imposible practicarlo ante mentes holgazanas o limitadas, o ambas cosas a la vez. Viene todo esto a cuenta de las disculpas de Rodri por haberse referido a los jugadores del Valencia como “muy malos” el domingo pasado, estando ya en el banquillo tras haber sido sustituido en el partido del Barça en Mestalla.
Rodri expresa simplemente con elocuencia lo que todo aficionado al fútbol pensaba si estaba viendo el partido
El mediocentro blaugrana no daba crédito al mal juego del equipo ché y así se lo hacía notar a su compañero Pau Cubarsí: “Son muy flojos… muy malos, tío”.
Al día siguiente, El día después (Movistar), emitía un vídeo de factura humorística, en el que la voz en off emulaba la de Rodri y reproducía los comentarios ya reseñados. Se activó de inmediato la polémica. Hasta el punto de que las disculpas del jugador del Barça acabaron siendo inevitables, tanto ante las cámaras como a través de una llamada al capitán valencianista, Gayà.
En realidad no había nada de lo que disculparse. El contexto deja claro que su intención no fue hiriente. Tampoco humillante o irrespetuosa. Rodri expresa simplemente con elocuencia lo que todo aficionado al fútbol pensaba si estaba viendo el partido. Un comentario natural, sin saña. A medio camino entre la sorpresa y la tristeza de ver a un histórico de la liga reducido a cenizas futbolísticas por su directiva. El trato de las imágenes por parte del programa tampoco fue tendencioso, pues únicamente pretendía arrancar una sonrisa. Pero enseguida tomaron el control de la conversación pública los militantes de la literalidad. ¡Ha insultado a los jugadores valencianistas! ¡Que lo fusilen! ¿Quién se ha creído Rodri que es? Y como los tontos, de un tiempo a esta parte, han aprendido a actuar en manada y gritan mucho, Rodri acabó pidiendo perdón. ¿Por qué? Por nada, en realidad. Y así es como la tiranía de la literalidad asesina la diversión. Hasta que todos acabemos con un bozal en la boca para evitar el riesgo de ser malinterpretados o sacados de contexto.
No hay tonto más tonto que el que no quiere entender. Pero no paran de ganar terreno a pesar de sus limitaciones cognitivas. Hasta que nos prohíban hablar y sobre todo reír. En este caso sí literalmente.
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