La vista es la función de los ojos, pero la visión es la función del corazón
“Confío en él: sé que no chocará”, dice Marta Rosàs Gil-Vernet, estrella de la doma adaptada con un 77% de discapacidad visual
La vista es la función de los ojos, pero la visión es la función del corazón
Hellen Keller
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Me dice Marta Rosàs Gil-Vernet (24):
–¿Que cómo me apaño cuando monto a caballo? Pues el caballo me ayuda. Vamos a ver, si fuera en bicicleta, dependería completamente de mí misma, y por eso no puedo hacerlo. Y tampoco puedo conducir. Y si voy al super, la cosa se complica: no distingo el producto o la fecha de caducidad. Es aquello en lo que usted no piensa porque no tiene esta discapacidad… Pero el caballo me ayuda.
–¿De qué manera?
–Barbacon (su caballo actual, un precioso alazán de siete años que viene de Alemania) es mis ojos. Sé que no se chocará ni se tirará. Mi confianza en él es absoluta. En la pista somos uno.
Y me pide disculpas; tiene frío:
–¿Le importa si voy a por el anorak?
–Vaya, vaya…
Y se levanta y echa a correr unos pasos más allá, hasta las cuadras, para recoger el anorak que cuelga de un perchero.
Estamos a la intemperie, en la hípica Can Vilardebò, en Lliçà de Vall, y es mediodía pero a la sombra empieza a refrescar. Mientras corre, la observo. Marta Rosàs Gil-Vernet trisca por el lugar como un cervatillo, y la gracilidad de sus movimientos me confunde.
Me pregunto:
–¿Realmente, ella no ve?
Tengo un resto visual. Si no está usted muy cerca, no le distingo la cara; uso estrategias que ni sé explicar”
Jordi y Ana, sus padres, nos acompañan en la charla y al verme observando a la hija me observan a mí. Me dicen:
–Parece mentira, ¿verdad?
–Lo parece.
–Así es la discapacidad invisible: la gente pone en duda tu discapacidad porque no se ve –me dice Ana.
–Y me genera una gran sensación de impotencia –dice ahora Marta Rosàs Gil-Vernet: se ha puesto el anorak en un pispás y ha vuelto a sentarse a mi lado–: a veces, cuando le digo a alguien que apenas veo nada, muchos dudan. Me ven moviéndome por ahí, y no lo entienden.
(…)
Marta Rosàs Gil-Vernet tenía diez años cuando le diagnosticaron la enfermedad de Stardgardt, una degeneración macular que reduce progresivamente la vista y que también ha afectado a Jana, su hermana, dos años menor.
– Por suerte –dice, enfatizando el concepto suerte–, yo era una cría y he sabido ir adaptándome. Antes de que todo esto empezara, recuerdo que podía leer pero no mucho. Luego, la visión ha ido debilitándose. Ahora tengo una reducción del 77% sensorial. Puedo leer en un iPad, por ejemplo, pero debo ampliar mucho el zoom.

–¿Y a mí me distingue?
–Tengo un resto visual. Si no está usted muy cerca, no le distingo la cara. La visión periférica funciona más o menos. Tengo una independencia relativamente alta. Identifico una estación de tren por el entorno. Uso estrategias que ni sé explicarle. Ahora bien, para subirme al avión o al AVE, me tienen que ayudar.
Los padres la traen y la llevan, de su casa en Sant Cugat hasta esta hípica coqueta del Vallès Oriental.
Desde &Rosàs Agency, su agencia de publicidad, el padre planea proyectos que impulsen el recorrido como amazona de su hija. Una canción, una frase, una idea… La hípica sale por un pico aunque nada hace más feliz a la hija.
(Por cierto, en este 2026 se ha proclamado campeona de España de doma adaptada y en el horizonte se perfila su sueño paralímpico, quizás en Brisbane 2032).
Si Marta Rosàs Gil-Vernet es amazona, eso es cosa del padre.
De crío, Jordi Rosàs se calzaba un gorro de cowboy y se sentaba en un Bambi de juguete en el jardín de la abuela en Cardedeu, y por eso a él y a sus tres hermanos les compraron a Sahib, “un caballo que tenía un ojo de cada color y estaba loco”, y luego, a Jana, “que era más normal”.
Marta es amazona y también psicóloga y tiene un master en Recursos Humanos y por las tardes es técnica en la unidad de apoyo en Ilunion, y asiente con la cabeza mientras escucha la historia del padre.
Luego aparece Cristina Wagemans, que es su entrenadora y un chute de energía, y le pregunto cómo dirige a su pupila:
–Al principio me asusté. No sabía cómo gestionar esta situación. Pero ahora, a veces me olvido. Durante la sesión, le hago un gesto a Marta, le digo: ‘Pero mírame’. Y ella me lo recuerda: ‘Es que no te veo’. He aprendido mucho de ella, todos lo hacemos. Antes no podía haber más de dos o tres caballos a la vez en la pista. Ahora, se apaña con los que halla, ocho, nueve…
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