En Liangzhu jóvenes programadores, inversores y fundadores de startups han convertido cafeterías, librerías y pisos compartidos en un laboratorio de la nueva carrera china por la inteligencia artificial. Leer En Liangzhu jóvenes programadores, inversores y fundadores de startups han convertido cafeterías, librerías y pisos compartidos en un laboratorio de la nueva carrera china por la inteligencia artificial. Leer
La ruta hacia el nuevo Silicon Valley chino comienza bajo un tejado inmenso. Un arquitecto japonés cubrió con él las salas de lectura y exposiciones de un centro artístico bautizado con un nombre tan largo que los vecinos lo llaman simplemente el Gran Tejado. A su lado se levanta otra bonita librería, también con un nombre oficial demasiado solemne para el uso diario. Allí todos la llaman el Granero, aunque nadie termina de explicar muy bien por qué. Entre esos dos edificios, donde la gente va a leer, a pasear o a tomar café, se entiende la primera rareza de esta particular aldea tecnológica: aquí la revolución de la inteligencia artificial no empezó en un parque empresarial de torres de cristal, sino en librerías, terrazas y mesas compartidas.
Liangzhu, al sureste de China, se ha convertido en uno de esos lugares donde el gigante asiático ensaya el futuro con una mezcla muy suya de planificación oficial, entusiasmo juvenil y capitalismo acelerado. Es una aldea entre encajada entre montañas, junto a los restos de un yacimiento arqueológico de hace cinco milenios. Pero entre las ruinas de una antigua civilización y las cafeterías de diseño se mueve ahora otra tribu: programadores veinteañeros, fundadores de startups, inversores e ingenieros senior que han pasado por grandes tecnológicas.
«En las librerías y cafeterías nos reunimos a diario muchos jóvenes para desarrollar proyectos de IA», explica Lin, un programador que trabaja con dos amigos en un agente de IA para consultas médicas. En una mesa cercana, entre portátiles, cafés fríos y cables de carga, su colega Min cuenta que este año han lanzado los «jueves locos del código», una iniciativa que está teniendo mucho éxito. «Todo comenzó como una cita semanal para compartir ideas entre ingenieros de grandes empresas tecnológicas. Pero ahora aparecen emprendedores de muchas ciudades con ganas de desarrollar nuevas aplicaciones».
El último pelotazo que ha salido de este ecosistema va sobre adivinación. Se llama FateTell y es una aplicación que interpreta el bazi, un sistema chino de lectura del destino basado en la fecha y la hora de nacimiento. En Liangzhu, el futuro puede llegar envuelto en una superstición milenaria y escrito con código de última generación.
Otro de los puntos de reunión habitual es el jardín de un adosado propiedad de Tao Fangbo, fundador de la tecnológica Mindverse. Una vez al mes organiza allí un Demo Day: centenares de eruditos de la IA se juntan para mostrar prototipos mientras grupos de inversores escuchan con atención, toman notas y buscan el próximo proyecto que pueda escalar.
«Como el gobierno local ha visto que de aquí salen empresas exitosas, ha comenzado a financiar programas de emprendimiento en Liangzhu, con subvenciones para el alquiler de coworkings o pisos compartidos», cuenta Lissa, una ingeniera de Shanghái que se ha mudado a uno de esos apartamentos para emprendedores.
«Son casas que funcionan como incubadoras de talento. Durante seis meses convivimos y trabajamos cuatro jóvenes técnicos para levantar una empresa relacionada con la IA. Después vamos rotando a otros pisos y mezclándonos con nuevos equipos», añade. Lissa paga 1.200 yuanes al mes, unos 150 euros, por su habitación. Otro joven recién llegado a uno de estos pisos, Chen, presume de haber lanzado ocho programas de IA en el último año y medio. «El que más éxito ha tenido es un asistente para personas mayores que ya están utilizando un par de empresas para entrenar a robots de ayuda en residencias», explica.
Durante décadas, el sueño de estos ambiciosos ingenieros pasaba por cruzar el Pacífico y probar suerte en California. Pero los investigadores chinos más brillantes ya no miran al Silicon Valley original con la misma fascinación. La mayoría prefiere ahora desarrollar su carrera en lugares como Liangzhu, atraídos por un circuito tecnológico que ofrece grandes proyectos, salarios competitivos y empresas capaces de disputar a las estadounidenses el liderazgo del sector.
Esa tendencia ha permitido que China adelante a EEUU como principal destino laboral del talento mundial de élite en IA, según un estudio reciente del centro de análisis Carnegie Endowment for International Peace. Los datos señalan que el país asiático emplea al 41% de los investigadores más destacados del mundo, frente al 34% que trabaja en EEUU. El vuelco ha sido rápido. En 2022, Estados Unidos todavía concentraba al 46% de estos especialistas, mientras que China reunía al 27%.
«China ha construido una industria nacional de IA formidable, donde las remuneraciones son ya bastante comparables a las de Silicon Valley», explica Damien Ma, coautor del informe. «Al mismo tiempo, el endurecimiento de las restricciones migratorias y de visados en EEUU reduce el atractivo de emprender allí una carrera profesional».
A casi una hora en coche de Liangzhu aparece la otra escala de la revolución tecnológica china. Hangzhou, la ciudad donde nació Alibaba, se ha convertido en una de las capitales de la nueva carrera por la IA y la robótica. De aquí salió el fenómeno DeepSeek, que el año pasado sacudió a la industria con un modelo de razonamiento cuyos parámetros podían descargarse y adaptarse. Su irrupción cuestionó una idea muy instalada en Washington: que solo los laboratorios estadounidenses, con presupuestos gigantescos y acceso privilegiado a los chips más avanzados, podían producir sistemas competitivos.
En Hangzhou también nació Unitree, el mayor fabricante mundial de robots humanoides, que debutó en agosto en la Bolsa de Shanghái con una subida del 629%. El gran escaparate popular de la compañía llegó en las últimas galas del Año Nuevo chino, el programa televisivo más visto del país. Sus androides aparecieron en pantalla con exhibiciones de artes marciales que se hicieron virales en medio mundo. En una China obsesionada con demostrar que ya no solo fabrica para otros, los robots de Unitree se convirtieron en una postal perfecta.
El salto de Unitree tiene además una fuerte carga simbólica porque llega cuando la robótica y la IA se han convertido en uno de los principales frentes de la competición tecnológica entre China y Estados Unidos. El AI Index de Stanford situó en apenas el 2,7% la diferencia entre los mejores modelos de IA de ambos países en marzo de 2026. EEUU conserva ventajas en modelos punteros, chips avanzados y centros de datos. China destaca por la investigación, las patentes, los modelos abiertos y el despliegue de robots industriales.
El Gobierno de Xi Jinping considera la IA una prioridad estratégica y una herramienta para reducir la dependencia tecnológica del exterior y ganar productividad. El plan oficial es que, para 2030, China sea el gran centro mundial de innovación en inteligencia artificial. Xi ha pedido modelos abiertos y aplicaciones para todos los sectores, pero también que los sistemas permanezcan «bajo control humano».
Ahí se abre una de las brechas más reveladoras entre las dos superpotencias. En Silicon Valley, el temor que más ha calado en los últimos meses es el de una IA tan avanzada que pueda escapar al control humano y desencadenar ciberataques o guerras automatizadas. En Pekín, ese escenario apocalíptico se recibe con bastante escepticismo. «Para el aparato chino, la idea de que el Partido Comunista pueda perder el control sobre esta tecnología resulta inconcebible», resume con franqueza un ex asesor tecnológico del principal órgano consultivo del régimen. «China ya ha demostrado que puede controlar internet, vigilar a cientos de millones de ciudadanos o paralizar ciudades enteras si considera que la estabilidad está en juego».
Esa diferencia de enfoque explica por qué muchas de las últimas advertencias lanzadas desde Washington se leen en Pekín con suspicacia. Varios observadores chinos interpretan los llamamientos occidentales a frenar o regular la IA como una forma de «marketing del miedo»: una narrativa útil para que las grandes empresas estadounidenses justifiquen nuevas restricciones tecnológicas contra sus rivales chinos. «Seguimos viendo la IA como una tecnología en una fase muy temprana. El foco está claramente en la oportunidad y la innovación», sostiene Jie Cai, investigador de seguridad de la IA en la Universidad de Tsinghua (Pekín). «Para muchos actores del sector, el riesgo existencial sigue pareciendo una prioridad muy lejana».
Pero el escepticismo no significa indiferencia. Las autoridades chinas están endureciendo sus normas sobre IA y publican de forma recurrente nuevas directrices de seguridad. China cuenta además con algunas de las reglas más estrictas del mundo para controlar la IA generativa: los contenidos creados por algoritmos deben etiquetarse, los modelos tienen que registrarse y las empresas necesitan aprobación oficial antes de lanzar sus sistemas al público.
«Pekín no ignora los riesgos; simplemente los encuadra de otra manera», apunta Liang Fang, responsable de seguridad y gobernanza de IA en Concordia, una consultora con sede en Pekín. «En la tradición política china la tecnología tiende a verse menos como una fuerza exterior destinada a destruir el orden social que como una herramienta que puede ponerse al servicio de los objetivos del Estado».
Matt Sheehan, investigador en Carnegie, señala que, para Xi Jinping, la IA es sobre todo un multiplicador industrial que debe aplicarse de forma ordenada a la manufactura, a la investigación científica, a la robótica, a la productividad y a la modernización del país. «Uno de los grandes planes de China se llama precisamente IA+, una fórmula que resume esa ambición de insertar algoritmos en todos los sectores de la economía».
Las diferencias entre Washington y Pekín no impidieron que, tras la cumbre de finales de septiembre entre Donald Trump y Xi Jinping, las superpotencias anunciaran la creación de un canal específico para gestionar incidentes relacionados con la IA. El mecanismo servirá para discutir riesgos y beneficios asociados a esta tecnología, además de acelerar las comunicaciones militares en situaciones de crisis. Pero Trump dejó claro los límites de ese entendimiento: «Estados Unidos no va a frenar. Quieren detener nuestro progreso porque llevamos una gran ventaja sobre China y vamos a mantenerla así».
En Hangzhou, lejos de las declaraciones solemnes de Washington, la IA ya ha salido de la pantalla. Paseando junto al turístico Lago del Oeste, escenario de pinturas y poemas desde hace siglos, un agente de tráfico puede tener brazos articulados y no necesitar descanso. La ciudad ha desplegado 15 robots para dirigir la circulación, advertir a ciclistas y peatones y orientar a turistas. También hay restaurantes atendidos por una decena de robots dotados con IA y centros de exhibiciones donde estas máquinas ensayan tareas que hace poco parecían reservadas a la ciencia ficción: humanoides que patrullan calles, reparten paquetes, atienden en supermercados o ayudan durante una consulta médica. Aquí la IA adquiere piernas, brazos y tareas concretas.
Pero la ciudad no solo está llenando sus calles de robots: también prepara a la siguiente generación que deberá programarlos. Las escuelas han incorporado este curso clases obligatorias de IA con el propósito de formar una cantera de talento para el sector. En los dos primeros cursos de primaria, los niños aprenden a reconocer usos cotidianos de la IA, con herramientas como DeepSeek, y a utilizarla de forma responsable.
«Se trata de entender qué puede hacer la tecnología y dónde conviene poner límites», explica Li Wei, responsable de enseñanza de tecnología de la información del Instituto de Investigación de Educación Básica. «Es necesario tomar la alfabetización en IA como eje y buscar que los estudiantes dominen la tecnología y respeten al mismo tiempo las normas éticas».
En tercero y cuarto de primaria, los alumnos ya empiezan a crear proyectos sencillos con herramientas de IA. Aprenden a combinar texto, imágenes y audio para resolver tareas escolares y explorar sus propias ideas. En quinto y sexto, el programa se adentra en los fundamentos: modelos básicos y algoritmos. La apuesta se vuelve más técnica en secundaria, cuando comienza el entrenamiento de modelos de lenguaje y diseño de interfaces antes de cerrar el recorrido con un proyecto final: desarrollar su propio chatbot.
El futuro tecnológico chino, contado desde Liangzhu y Hangzhou, parece que por ahora sortea del pánico a que una máquina pase por encima de sus creadores. Aquí, donde los niños estudian algoritmos desde muy pequeños, la revolución de la IA puede arrancar en una librería con un portátil abierto, un café sobre la mesa y el Partido Comunista mirando de cerca.
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