Aunque afortunadamente los tiempos hacen que evolucionemos, todavía hay quien confunde con frecuencia el carácter con la agresividad. Se aplaude el gesto desafiante, la provocación o la intimidación como si fuesen muestras de personalidad, cuando el verdadero carácter no consiste en expresar todas las emociones, sino en saber cuáles merecen ser manifestadas. Tener carácter no establece que uno tenga que ser frío, ni reprimir lo que siente. Significa que debemos gobernar las respuestas. Un deportista sin emociones difícilmente alcanzará la excelencia, pero tenemos que saber que un deportista dominado por ellas, tampoco. El verdadero carácter es aquel que aparece cuando la emoción deja de dirigir la conducta y pasa a convertirse en una herramienta al servicio del rendimiento.
Aunque afortunadamente los tiempos hacen que evolucionemos, todavía hay quien confunde con frecuencia el carácter con la agresividad. Se aplaude el gesto desafiante, la provocación o la intimidación como si fuesen muestras de personalidad, cuando el verdadero carácter no consiste en expresar todas las emociones, sino en saber cuáles merecen ser manifestadas. Tener carácter no establece que uno tenga que ser frío, ni reprimir lo que siente. Significa que debemos gobernar las respuestas. Un deportista sin emociones difícilmente alcanzará la excelencia, pero tenemos que saber que un deportista dominado por ellas, tampoco. El verdadero carácter es aquel que aparece cuando la emoción deja de dirigir la conducta y pasa a convertirse en una herramienta al servicio del rendimiento.Seguir leyendo…
Aunque afortunadamente los tiempos hacen que evolucionemos, todavía hay quien confunde con frecuencia el carácter con la agresividad. Se aplaude el gesto desafiante, la provocación o la intimidación como si fuesen muestras de personalidad, cuando el verdadero carácter no consiste en expresar todas las emociones, sino en saber cuáles merecen ser manifestadas. Tener carácter no establece que uno tenga que ser frío, ni reprimir lo que siente. Significa que debemos gobernar las respuestas. Un deportista sin emociones difícilmente alcanzará la excelencia, pero tenemos que saber que un deportista dominado por ellas, tampoco. El verdadero carácter es aquel que aparece cuando la emoción deja de dirigir la conducta y pasa a convertirse en una herramienta al servicio del rendimiento.

Muchas veces se ha creído que la clave para salir victorioso consistía en correr más que el rival e intimidarle mediante la violencia o la confrontación. Durante muchos años, se confundió la intensidad con la agresividad. Pero esta idea afortunadamente pertenece a otra época. Hoy se sabe que la máxima intensidad no surge del desorden emocional, sino del dominio de uno mismo. Para competir al máximo, es necesario alcanzar la plenitud física y técnica. Sin embargo, existe un tercer pilar, mucho menos identificable aunque probablemente más decisivo: el orden. Es el orden el que sostiene la intensidad. Incluso el mejor caos es, en realidad, un caos organizado.
La máxima intensidad no surge del desorden emocional, sino del dominio de uno mismo
El PSG de Luis Enrique es el mejor ejemplo de ello. Sus jugadores parecen estar en todas las partes del campo, presionan constantemente, pero esa muestra de energía inagotable no es fruto de la improvisación. Cada futbolista es capaz de detectar dónde ha aparecido un desajuste defensivo para corregirlo, dónde el rival ha dejado un espacio vacío para aprovecharlo o qué compañero necesita una cobertura inmediata. Corren una barbaridad, desde luego, pero lo hacen con sentido y desde el orden. Sucede algo parecido con los artistas o escritores cuando afirman que la inspiración solo sirve cuando te encuentra trabajando. En el deporte ocurre exactamente igual. La intensidad suele ser aplicable de manera correcta si te encuentra ordenado. Si no existe ese orden previo, el esfuerzo se convierte en desgaste; la velocidad, en precipitación, y la agresividad, en un síntoma de impotencia.
Por eso detesto algunos comportamientos que se observan al finalizar las competiciones. No porque puedan restar méritos a una victoria, sino porque rebajan el significado de la competición. Y más cuando estás representando a una nación. El deporte ha evolucionado una barbaridad. La violencia, la humillación y la provocación ya no representan fortaleza, representan una forma anticuada de entender el éxito.
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